Desvanes y buhardillas.

Hay términos que, por el simple hecho de usarlos, son evocadores por sí mismos. En cuanto los escuchamos o leemos, inmediatamente se conectan con algunos recuerdos, sensaciones, o incluso olores. Así sucede, por ejemplo, con desván, un término en desuso y con un cierto halo romántico.

Siempre que se usa ese vocablo está intrínsecamente unido a una serie de imágenes que pueden, o no, corresponderse con algunos recuerdos vividos, bien personalmente, bien en la ficción de algún libro. Hablar de un desván es recordar o imaginar una casa antigua, de un antiguo Madrid o de una antigua capital de provincia. Una casa en algún pueblo, de esas en las que, hasta hace poco, vivían los abuelos. Una casa de esas que ya sólo frecuentan los nietos nostálgicos, los que mantienen más viva en su memoria la imagen de sus abuelos. Una casa de esas en las que se refugian los que en verano no pueden disfrutar de otras vacaciones mejores o las de aquellos que deciden huir definitivamente de la cruel gran urbe.

En esos desvanes de esas casas, en esos altillos, antaño se guardaban esas cosas que ya no se iban a usar. Cosas, enseres, vestidos, recuerdos al fin, de los que uno no quería desprenderse, bien por cariño, por apego, por seguridad o, simplemente, por dejadez.

Los retratos de los familiares antepasados, que ya no encajaban con la decoración, o que, por alguna razón, habían caído en desgracia, bien en la familia, bien en el pueblo. O que, por razones políticas, no convenía exhibir, so pena de ser estigmatizados, o fusilados al amanecer.

Los vestidos y los trajes que ya habían pasado de moda pero que de todas formas nadie se atrevía a deshacerse de ellos “por si acaso”; por un por si acaso que nunca llegó.

El desván era el lugar idóneo para esas fotos que no interesaba que estuvieran a la vista porque descubrían los secretos que se querían ocultar. Porque en el fondo, los desvanes, las buhardillas y los baúles, existían para eso, para guardar secretos. Entonces, en aquellos años, cuando las señoras vestían miriñaques, pamelas, guantes hasta los codos, o mandiles, alpargatas y el pelo recogido en un moño canoso, los secretos se guardaban en el desván, o en la buhardilla, pero, en cualquier caso, en un baúl. Aunque, como siempre ha habido clases, los hay que utilizaban una caja fuerte, cuando el común de los mortales usaba un sencillo pero robusto baúl.

Luego, al introducirse en el baúl, se hacía por orden de prioridad a la hora de ocultarse a los ojos inquisidores. Al fondo de todo, en lo más recóndito del baúl, guardando un paralelismo freudiano con el lugar que ocupaban sus recuerdos, se colocaban las fotos, las cartas prohibidas. Cartas escritas por el único amor de su vida, que quedaron grabadas en el alma, y que, sin embargo, las circunstancias y el pragmatismo social, obligaron a contraer matrimonio con otra persona por intereses que nada tenían que ver con el amor. El amor, junto con las cartas, se quedaron en el baúl por siempre jamás. Guardadas allí, al abrigo de otras miradas, podrían ser releídas e incluso, si estaban perfumadas, tal vez guardaran algún retazo oloroso, por tenue que fuera, que volvería a despertar esos agradables recuerdos de la primera vez que fueron desveladas. El sentido del olfato, es el más poderoso a la hora de recordar vivencias.

Los documentos más comprometedores, aquellos que demostraban el abuso del poderoso sobre el débil, el auténtico propietario de las tierras en disputa, el verdadero heredero de los bienes, el hijo del que nunca se quiso ser responsable y de su madre, a la que se abandonó porque socialmente no interesaba. 

Las cartas de los amantes, que pretendían compensar con sus inflamadas palabras la tristeza de una vida falsa, mantenida por puro convencionalismo social.

En los baúles, de espacios amplios, de construcción robusta, en noble cuero y con refuerzos y remaches metálicos, algunos, incluso con llave, se guardaba la vida anterior, la que era secreta, la que no podía estar a la vista de todos, la que pertenecía en exclusiva al individuo, hombre o mujer; la que no podía ni debía ser compartida, ni siquiera con el cónyuge. El baúl era el último reducto de las almas compungidas. Allí quedaban encerrados para siempre los “te quiero” que nunca fueron pronunciados en voz alta, ni siquiera a las personas adecuadas; los “lo siento” que jamás se escucharon, los “perdóname” que hubieran aliviado la pesada carga del infractor.

Hoy en día las casas ya no tienen desvanes. Y si alguna tiene buhardilla, ya no tiene la misma finalidad que las antiguas. Ahora, las buhardillas, se acomodan como despacho profesional, como oficina alternativa o como espacio de ocio. Tampoco hay baúles.

Pero eso no quiere decir que no haya cosas que ocultar, sentimientos ocultos, fotos indiscretas, vestidos y ropa pasada de moda. Simplemente, se ha cambiado el lugar donde esconder lo que antes se escondía en los baúles. Ahora, el baúl ha sido sustituido por el sótano, un espacio mucho más amplio, que en la mayoría de los casos recibe el nombre mucho más apropiado de trastero. Porque es allí donde se almacenan todas las cosas que, o son directamente inservibles, – o sea, trastos – o se usan muy de tarde en tarde.

Hoy, en los trasteros, también se pueden guardar las fotos antiguas, son esas que era preciso revelar en una tienda y luego se colocaban con primor en un álbum, usando el DYMO para dejar constancia del lugar y la fecha. Pero poco a poco van perdiendo los colores originales, difuminándose, como si en algún momento del futuro, no fuera a quedar más que un papel en blanco.

Se guardan los juguetes de los niños que, al crecer, han quedado obsoletos, anacrónicos o rotos.

Las bicicletas que, por falta de tiempo, o de ganas, o de fuerzas, ya no se usan, pero que teniendo en cuenta lo que costaron, da remordimiento desprenderse de ellas.

La barbacoa, que sólo se usa un par de veces y en verano, porque desde la última vez que el vecino llamó a la policía, se te han quitado las ganas de invitar a tus amigos, al mismo tiempo que sientes unas ansias irrefrenables, de asesinar al cretino del vecino y después, asarlo a la parrilla.

Al no disponer de los desvanes y los baúles, se ha perdido ese romanticismo que llevaban anexo. Esos baúles, al abrirlos, desvelaban la vida secreta, olvidada, de los otros. Era como abrir la tumba de un faraón, descubrir sus tesoros, conocer lo que sintieron, a quién amaron, quién los amó, de qué eran propietarios. Y sentir ese olor, mezcla de extraños perfumes, que han perdurado en el tiempo, compartiendo la inmortalidad con la humedad y el abandono. Y con ello, nos han hurtado esa sempiterna ambición de voyeurs, de espías, de cotillas de la vida de los demás.

Hoy, las fotos secretas, los documentos comprometedores, se guardan en un pendrive, en un CD, en el móvil, en WhatsApp, o en la nube, con diferentes métodos de seguridad añadidos. Y los muy, muy secretos, en la caja de seguridad de un banco. Hoy, esas fotos, nunca pierden sus colores, pero han perdido cierto carácter. Y desde luego, esas fotos, no huelen como las que se aguardaban en los baúles.

Hoy, en contraposición al interés de nuestros antepasados por mantenerse casi anónimos, casi invisibles, existe una hiper exposición de la vida privada que se refleja en las redes sociales, en donde se comparte, con mayor o menor intensidad y detalle, las vicisitudes diarias de cada uno. Las vacaciones, los amigos, los amigovios, los amantes, los regalos, los viajes, las comidas, las parejas, los “estorbajos”.

Hoy, el Gran Hermano, es Google, que todo lo ve, todo lo sabe y nada se guarda…para los demás. Él es quien nos espía a todos, quien guarda toda la información y quien comparte la que le interesa con quien le interesa, cuando le interesa.

El desván, la buhardilla y el baúl, son de otra época; de una época en la que los condicionamientos sociales, donde la presión del “qué dirán”, atenazaba, esclavizaba, a los seres humanos, fundamentalmente, a la mujer, que siempre fue la parte más débil de la ecuación.

Ya no hay desvanes. Las buhardillas, ya no son lo que eran. Ya no se fabrican baúles como los de antes ni se usan para lo mismo que antes. Los baúles ya sólo los usan las compañías de teatro y se fabricaron en otro siglo. Hoy, los baúles sólo interesan para desvelar a cuánto asciende la herencia del abuelo, el valor de la casa del pueblo que se va a liquidar y repartir entre los carroñeros herederos y tal vez, algún secreto más o menos inconfesable.

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Es verdad Carlos, añoro esos desvanes, se puede husmear recuerdos e historias. hace poco me llegó una foto de una prima de argentina pues vendían la casa de una tia. Alli estaba la maleta que usó mi Nona para viajar a aquel país en 1890.Saludos Juan
    Nota: Ayer limpiamos el nuestro, el cuartucho de la terraza, esta lleno y sigue al 90% ¡Es imposible dominarlo!

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  2. Ana Piera dice:

    Muy buen artículo. En casa tenemos un baúl del abuelo catalán, ahí solían guardar de todo. Hoy lo hemos conservado como recuerdo y sirve para guardar sábanas y almohadas. Aún conserva un olor especial. Mucha nostalgia en esta entrada Carlos, me ha gustado mucho. Saludos.

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  3. Carlos Usín dice:

    Gracias, Ana. Me alegro que te haya gustado. Nostalgia es la palabra que mejor define la relación entre los baúles y nosotros.
    Un saludo.

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