DROGAS by Pedro Martínez de Lahidalga

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Toda forma de adicción es mala, sin importar si el narcótico es alcohol, morfina o idealismo” (Carl Jung)

 Suena la alarma del móvil vibrando sobre la mesilla y nuestro recién desperezado amigo, tal que un autómata, lo pulsa maquinalmente dispuesto a iniciar el día enchufado a Internet. Una vez repasadas las noticias engañosamente aleatorias de los newspapers a la carta, así como esa inacabable sarta diaria de e-mails puramente comerciales, echa un vistazo de aliño a su inflado currículo del LinkedIn -por si las flais- para pasar sin demora y por su orden a enredarse, agregado a través de sus variados perfiles, entre la maraña de cotilleos más o menos morbosos y otros chismes alimentados desde unas plataformas (Facebook, Twitter, Instagram…) tan absorbentes como genuinamente adictivas. Para acabar de arreglarlo, esta mañana se ha madrugado enganchado a un interminable hilo de insustanciales guasapeos en un grupo de gamers al que se acababa de añadir, al tiempo que youtubea distraídamente tutoriales relativos a ese reciente videojuego de guerras infernales “Doom Eternal” que se ha regalado a sí mismo (treintañero él) para, transfigurado en ardiente y sanguinario guerrero, librar a la humanidad de esos diabólicos ejércitos sin salirse de su inseparable Nintendo Switch. Antes de marchar al trabajo sorbe a la remanguillé, sin apartar la vista a esas poco más de cinco pulgadas de la pantalla, el primer café del día de los siete que engulle -desde que, tiempo ha, se conjuró dejar el tabaco- durante el transcurso de su larga y tediosa jornada laboral. No desaprovecha la ocasión de socializar y chatea por esa misma vía proponiendo al grupo una quedada para la tarde del viernes, por ver de tomar juntos unas birras o, según vaya rodando la noche, lo que se tercie (mayormente cubatas personalizados, más que nada por sentirse importante). Pero eso sí, avisa: nada de drogas.

 Avisados o no, como primer corolario de esta epístola moral asaeteada de anglicismos (cual puñales clavados aposta en el cuerpo del lenguaje, a modo de puyazos tóxicos con los que introducir el tema) cabe afirmar, sin necesidad de mayores averiguaciones, que nuestro arquetípico protagonista -sin haber consumido aún mandanga alguna- ya viene colocado de casa, tempranamente enganchado por una febril -aunque inconfesada- dependencia a las redes sociales. De la misma manera convendremos en la idea de que muy pocas personas, acaso nadie, podrá -podremos- decir sinceramente que nunca jamás nos hayamos drogado, siquiera alguna vez, con sustancias legales (fármacos, alcohol, cafeína, nicotina…) o ilegales. Cosa bien distinta será -Dios nos libre- el llegar a tildar a cada quién de adicto, dependiente o, si acaso, de toxicómano. Verdad es que en buena medida, más allá de la propensión temperamental (esa predisposición emocional congénita) o -en menor medida- del carácter (vinculado éste al aprendizaje) propios de cada individuo, las referidas adicciones suelen entenderse contextualizadas en las culturas y caben manifestarse, además de como un cierto estilo o forma de vida, como un intento -a menudo desesperado- de adaptación a la sociedad en la que nos ha tocado vivir. Para el caso que nos ocupa, un frenético -si no delirante- proceder por no quedar marginados de ese ubicuo rebaño de cibernautas con los que pastar en comandita las vacuas praderas del vacío en esta era digital.

 Además del buscado efecto placebo como revulsivo contra la temida soledad, qué otra cosa pueda esconder tal incontinencia comunicativa, sino una persistente huida tras ese vertiginoso tren llamado deseo que se nos escapa a cada instante. Jinetes del espacio cabalgando en medio de una lluvia de estrellas fugaces, cual avalancha de estímulos infinitos en el marco de una sociedad (evito calificarla de posmoderna, un espejismo sin significado que ha dejado paso a la consiguiente reaparición de los fantasmas totalitarios) en la que la adicción es la manifiesta y casi única posibilidad dada (como en la Antigüedad lo fuera la esclavitud o en la Modernidad lo haya sido el progreso) donde el sistema se revela en adictivo por sí mismo. Tal estado de dependencia se acaba revelando como la única vía de adaptación o billete de ida con el que llegar a conseguir un cierto reconocimiento social en ese viaje sin retorno al este del Edén.

 En suma, consumidores consumidos por una maquinaria capaz de generar conductas y dependencias globales tanto o más estupefacientes (el referido flipe con las redes sociales u otros cuelgues similares, tal que la adicción a las parrillas de ciertas televisiones, un suponer) que los para nada desdeñables efectos producidos por el mal uso o abuso de ciertas sustancias, las así llamadas drogas. Ese phármakon griego -a la vez remedio y veneno- que, aparte de revelarse histórica y antropológicamente consustancial al hombre desde hace milenios, son en sí mismas neutras, original y moralmente neutras. Como lo dejara parafraseado el considerado padre de la toxicología (Paracelso, siglo XVI) en su famoso aforismo “dosis sola facit venenum” -solo la dosis hace el veneno- convertida en máxima de la disciplina. Lo que no son neutras son las razones de las estabuladas y mediatizada prohibiciones a la carta iniciadas como cruzadas en el primer tercio del pasado siglo y cuya doctrina -más o menos matizada- ha llegado hasta nuestros días, acarreando con ello sus consiguientes y fatales efectos en la proliferación de mafias, cárteles, crimen, corrupción y toda derivada imaginable construida mediante el prefijo “narco”: narcotráfico, narcoterrorismo, narcoeconomías, si no directamente narcoestados.

 Confieso haber pasado la vida queriendo creer que el conocimiento, fomentado por una personal independencia alentada desde el llamado libre albedrío, depararía progreso y libertad al individuo y, por ende, a la humanidad. Hoy (mimetizados en una sociedad cebada, más que alimentada, por un sopicaldo de sobre previamente saturado de publicidad, propaganda, manipulación sociopolítica y otros tóxicos aderezos) pensar en realizar ese ejercicio desde una cierta autonomía de juicio, se antoja una misión poco menos que imposible. Tengo para mí que, puestos a prohibir, habría que ir pensando en legislar como droga dura -en todo caso tóxica- las parrillas de ciertas televisiones generalistas (ahítas unas de basura intelectual y sobradas todas de manipulación social). Por no hablar de las cadenas públicas que entrañan de suyo la manipulación política, con mención especial para las autonómicas que, a más de ello, se regodean aireando sin mayor rubor sus propios efluvios y vendiéndolos, para el que se los quiera comprar (pagar las pagamos todos) como perfumes muy exclusivos, en un ejercicio de sadomasoquismo digno del “Divino Marqués”.

 Ya si eso, en un próximo artículo, con el permiso de mi admirado Antonio Escohotado, le metemos mano a toda esa otra manteca de las drogas ilegales. Más que nada por acometer un repaso crítico basado en su famosa y monumental “Historia general de las drogas” con el que hacer juntos el esfuerzo, según su propia admonición, de sustituir el “prejuicio por el juicio”. Casi nada.

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  1. María José Luque Fernández dice:

    Reblogueó esto en María José Luque Fernández escritora.

    Le gusta a 2 personas

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