Pandemia – 02: Salud y mercado negro.

Era previsible, por pura lógica, que un mercado cautivo (inerme) y ansioso como la Humanidad entera, se lanzase como un náufrago a su salvavidas de la vacuna contra el COVID19, sobre todo, cuando desde los poderes públicos, instituciones científicas y, por supuesto, las propias farmacéuticas, se ha estado insistiendo machaconamente en ello, día y noche. El mensaje era muy simple: “albricias, ya tenemos la salvación; ahora, tonto el que no se vacune”. El primer objetivo de las compañías fabricantes de las vacunas, se había conseguido: convencer al mundo de su necesidad. Lo que todo buen vendedor debe hacer. Ha sido algo así como cuando Bill Gates convenció al mundo entero de que los ordenadores personales, sólo podían funcionar con Windows. Los fabricase quien los fabricase. El lavado de cerebro consistió en repetir un mantra sin demasiadas explicaciones: “las vacunas, todas, son buenas y curan el COVID19”. Sin más más ni más menos.

La vacunación ¿inmuniza de por vida? No se sabe. ¿Inmuniza al 100% a todos? Depende de cuál sea la vacuna y la edad del paciente. ¿Una sola dosis o dos? Pues en principio dos, pero luego vamos a experimentar con sólo una. ¿Es aplicable a todos los seres humanos? Depende de la edad, de otras sintomatologías, etc. O sea, ni idea.

La segunda fase consistió en sentarse en una mesa (o en varias) para empezar a llenarse los bolsillos. Si en el planeta somos unos 7 mil millones de seres humanos, pues echa cuentas del número de dosis necesarias.

Después de la firma de los contratos con las empresas, pronto comenzaron a surgir los evidentes problemas que ocasiona el tener que elevar a la enésima potencia y en un brevísimo espacio de tiempo, la capacidad productiva de los laboratorios: las fechas de entrega y las cantidades acordadas, tenían que sufrir un ligero ajuste. O sea, que vamos a entregar menos dosis de las que hemos firmado y, además, más tarde de lo acordado. Es decir, se acaba de crear una demanda que está por encima de la capacidad de producción. Como consecuencia, o sube el precio del producto, o se establece un mercado negro para poder acceder por otras vías alternativas al bien escaso.

Mientras este proceso seguía su curso, en paralelo, iban apareciendo las llamadas variantes del virus, variantes que van recibiendo su correspondiente bautismo en función del lugar donde se detectan por primera vez: la británica, la surafricana, brasileña, californiana, etc. Y claro, entonces comienzan a surgir algunas preguntas, como, por ejemplo: ¿un vacunado puede contagiar a otros? Afirmativo.  ¿Todas las vacunas son efectivas contra todas las variantes? Dicen que sí (pero yo no me lo creo). ¿Eso quiere decir que a lo mejor vamos a tener que estar en un proceso de vacunación perpetuo para cubrir todas las posibles mutaciones? No es descartable. ¿Las nuevas vacunas contra las nuevas variantes, significan nuevos contratos? Entra dentro de lo razonable.

Cada día, a medida que se van obteniendo más datos acerca de los vacunados, de los efectos secundarios y demás, van apareciendo nuevas sugerencias, propuestas, dudas y teorías que, en el fondo, demuestran que estamos siendo tratados como conejillos de indias. La penúltima apunta a que “parece ser” que el virus tiene especial predilección por el grupo sanguíneo A. Estaremos atentos a lo que nos depare el futuro inmediato. ¿Hay efectos secundarios? Pues a medida que el número de vacunados va pasando de unos pocos miles a millones, ya han aparecido los primeros fallecimientos por trombosis con la vacuna de AstraZeneca.

Así las cosas, y asumiendo que ya hay un mercado negro de facto, en situaciones como esta, quien triunfa es el que tiene más dinero. Tengamos en cuenta que estamos hablando, además, de salvar vidas.

En la época de los nazis, los judíos que disponían de obras de arte, joyas, empresas o bancos, podían negociar su huida con los gerifaltes nazis como Goebbels o el propio Hitler, que enviaban a sus esbirros para hacerse con un patrimonio conseguido a base de expoliarles. Ellos pudieron comprar sus pasaportes a EEUU o Londres, mientras los demás terminaron en Auschwitz.

Y con las vacunas, ha sucedido lo mismo. Se comenta que Israel ha comprado las vacunas a un precio mayor que el que ha pagado la Unión Europea y ese es el motivo por el que se ha retrasado tanto el número de dosis como la fecha de entrega. Da igual cuál sea el motivo. En Israel se ha vacunado completamente al 40% de la población, entre otras razones porque han diseñado una estrategia encaminada a convertir cualquier lugar que pueda albergar una mesa, una silla y una jeringa, como centro de vacunación, incluyendo el coche o un bar.

Y dado que hay gente poderosa que dispone del dinero suficiente, los avispados de siempre se han dicho: no puedo evitarlo, voy a aprovecharme de ello. Y así han surgido los paquetes de turismo-vacunación y Dubai se ha erigido como el destino preferido.

Aquí, en España, como siempre nos la cogemos con papel de fumar, hemos puesto toda clase de trabas, obstáculos, impedimentos y argumentos estúpidos, a la hora de cómo, cuándo, dónde y quién debía inyectar las vacunas y a quién había que hacerlo.

El gobierno de España se jactó que las vacunas se aplicarían EXCLUSIVAMENTE en los Centros de Salud y por personal sanitario cualificado. Nada de admitir la sugerencia de las compañías privadas de seguros, las farmacias o el propio ejército. Sólo la sanidad pública y con los sanitarios públicos. Los mismos que se llevan quejando de estar al borde del colapso desde que todo esto empezó, se han empecinado en negarse a recibir ayuda. Se sugirió que se podía hacer en las farmacias. Durante dos meses se negó tal posibilidad para finalmente y después de sesudos estudios, aceptar pulpo como animal de compañía.

Y al tiempo que todas estas cortapisas veían la luz, el entonces ministro de Sanidad, Salvador Illa (mira que llamarse Salvador alguien involucrado en la muerte de cien mil personas) prometía que para el verano estaría vacunada el 70% de la población española. Claro que lo dijo el 28 de diciembre, día de las inocentadas.

Y en medio de todo este caos de vacunas que no llegan; que llegan pero no se distribuyen o no en la cantidad necesaria; de vacunas que se quedan “colgando” porque ya no se pueden guardar y hay que gastarlas pero no se sabe a quién ponerlas; de planes y estrategias que cambian sobre la marcha a medida que se van descubriendo datos que así lo aconsejan; de improvisación tras improvisación; de viajes a países exóticos donde además de hacer turismo te vacunan en tu habitación del hotel por la módica cantidad de 30.000 euros, aparecen los típicos listos, esa fauna de la que en España abunda tanto: los políticos, que tienen que meter la mano en todos los bolsillos y vacunarse antes que nadie. Son los “vacunajetas”, que más parece el título de una película de Pajares y Esteso. Y da igual el partido político: consejeros, alcaldes, diputados, amigos que pasaban por allí, militares e incluso obispos, han perdido el culo por ser vacunados antes que nadie. Que llama la atención que un obispo tenga reparos al momento de encontrarse con su jefe máximo.

Pero lo más llamativo es que, tras el primer impacto de sorpresa al conocerse la noticia, no se ha vuelto a incidir en ello. Da igual si el sorprendido en “colarse” ha dimitido de su cargo por decencia, ha pedido perdón por honestidad o sigue en su puesto como si nada hubiera pasado.

Pero el caso es que, en el mundo se ha abierto un mercado negro sobre un producto destinado en principio a salvar vidas y los que tengan dinero llegarán antes. Se vacunará antes un ciudadano de Luxemburgo o de Lérida, que otro de Bangladesh o Adis Abeba. Y seguro que esto mismo sucede a otra escala, probablemente, en EEUU o en Latinoamérica.

Las desigualdades socio-económicas de la población, afectan en proporción directa a sus posibilidades de sobrevivir al contagio del COVID19. Es cierto que también forman parte de la ecuación otros factores, pero hasta el momento, no se ha conocido ningún gobernante del mundo entero, ni político de nivel en Europa, que haya fallecido por coronavirus. Y para muestra, nuestro propio gobierno en el que, tras el 8-M del pasado año, hubo varios miembros infectados, entre ellos, la actual ministra de Sanidad. Ninguno ha muerto. Ni Donald Trump, ni Bolsonaro, ni Putin, ni Boris Johnson. 

Parece evidente que aquellos que disfrutan de una posición privilegiada, van a disponer de más medios para luchar contra el coronavirus que el común de los mortales, que estamos obligados a seguir unas pautas, esperar un tiempo y vacunarnos (o no) con la vacuna que otros han decidido sin consultarnos. Siempre ha habido clases y siempre las habrá. Hasta los comunistas más acérrimos disfrutaban de sus “dachas” en el Mar Negro. Del mismo modo que siempre ha habido gobiernos como Israel que vela por toda su población y toma todas las medidas necesarias para vacunar cuanto antes a todos, o países como Dubai que no tiene reparos en convertirse en un paraíso vacunador. Los hay que disfrutan de los paraísos fiscales. Por qué no hacerlo de los paraísos de vacunación.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Ana Piera dice:

    Qué miedo, qué triste…

    Le gusta a 1 persona

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