MÁSCARAS by Pedro Martínez de Lahidalga

el

Cuando quise quitarme la máscara,

estaba pegada a la cara.

Cuando me la quité y me miré al espejo,

ya había envejecido

(Fernando Pessoa. Tabaquería, fragmento)

 

Hace ya algunos años, jugando sin juguetes con una sobrinita muy espabilada de poco más de cinco años, no se me ocurrió otra idea mejor que colocarme una máscara de tigre que había en la casa y sin previo aviso, por observar su reacción, dar un salto hacia ella al tiempo que ensayaba un amenazante rugido que más bien acabó resultando gruñido; cuál fue mi sorpresa al ver que, lejos de asustarse, se vino hacia mí para preguntarme si estábamos jugando a los gatitos. Salvadas las distancias, algo parecido a lo que le sucedió a aquél periodista sueco cuando llegó a titular la noticia del intento de golpe de estado del 23-F diciendo que en España un torero con pistola había asaltado el Congreso. Ambos episodios contienen en sí la misma escisión metafísica entre significante y significado, ese nudo gordiano de toda interacción social simbólica en la comunicación interpersonal. Para el caso, tigre-gato o tricornio-montera no dejan de ser sino los objetos significantes -referentes- cuyos significados pueden diferir en función del receptor de turno, descolocando así al respetable.

 La realidad es que en nuestra vida diaria transitamos normalmente disfrazados con alguna careta que en raras ocasiones es la misma, cambia de acuerdo a los distintos roles que vamos desempeñando en la vida (hermano, amante, padre, profesional…). Sí, los demás casi siempre nos ven tras una máscara salvo cuando el dolor, la bronca o la devastadora gratitud nos desnuda el alma, por decirlo con Sábato. En la Grecia Clásica los griegos se ponían la máscara (prósopon, los “portadores de la careta”) para subirse al escenario a expresar su mensaje y hacerse oír, por lo que los romanos pasaron a llamarla personae (de personare, “para que resuene”) y de ahí surgió nuestra palabra “persona”(máscara) que viene a expresar la singularidad de cada uno de nosotros como individuos. Por si el personal referido no se encontrara ya de por sí suficientemente camuflado, para acabar de arreglarlo, con esto de la pandemia llevamos un tiempo (y el que te rondaré, morena) embozados tras unas mascarillas para salir a la calle.

 Así es que, entre unas cosas u otras (camuflajes, uniformes, disfraces, boinas, velos islámicos, embozos, máscaras… y ahora las mascarillas), se nos está complicando de tal forma eso que los modernos llaman -llamamos- la semiótica de la comunicación que se hace necesario, a más de urgente, ir repensando las teorías de los clásicos del ramo (Saussure, Vygotski, Piaget, Lotman… y toda esa basca) que hoy se nos revelan poco menos que obsoletas. No obstante, algo ya se olía nuestro querido y recordado Umberto Eco cuando decía que los signos están hechos básicamente para mentir, pero el camuflaje nos obliga a reconsiderar el problema de cómo se manifiestan ciertas señales para aparentar que se pretende otra cosa; teorizaba así en torno a las máscaras de la mentira, de los confusos límites que separaban -y separan- la verdad de esa ficcionada posverdad discursiva hoy simbolizada por estos nuestros nuevos e influyentes lechuguinos u otros petimetres foráneos parecidos, cuyas engañosas proclamas son profusamente amplificadas en los medios y otras redes para consumo, uso y disfrute de la sufrida concurrencia.

 A lo que íbamos. Si con la propia dificultad interpretativa que entraña cualquier comunicación simbólica no tuviésemos ya bastante, la generalización sine die del uso de las mascarillas (dejando aparte el que a los feos nos pueda favorecer) ha venido a borrar de un plumazo una buena parte de lo singular del personaje que afanosamente habíamos construido en nuestra particular e intransferible careta (afeites y maquillajes, barbas o bigotes, depilaciones, cirugías, pintalabios…) erigida como muestra y representación de nosotros mismos. Por añadidura y para rematar la faena, con ellas se nos ha venido a clausurar la auténtica, si no única, ventana inspiradora de la comunicación, la vía genuina de ese enorme flujo de poder y persuasión que es la sonrisa.

 Contrarrestar tal cúmulo de contratiempos va a requerir toneladas de psicología aplicada u otra disciplina parecida si, como es mi caso, careces por completo de dotes para las artes adivinatorias o cualesquiera otras variantes de la intuición. Sin salirnos del ámbito psicológico encontramos una corriente (la llamada escuela de la Gestalt, conocida también como psicología de la forma) que ahonda en el análisis de la percepción multiestable en la configuración subjetiva de los objetos y cuyo axioma “el todo es más que la suma de sus partes” nos puede venir al pelo para desatascar semejante atolladero. Contiene una serie de principios (de similitud, proximidad, simetría, continuidad, cierre… así como el llamado de “pregnancia” o de buena forma) coincidentes en el sentido de que nuestro cerebro tiende a asociar o completar elementos desconectados o incompletos con formas ya conocidas y, en general, más bellas. En definitiva, el mismo o parecido fenómeno al que, años ha, experimentábamos cuando nuestra imaginación suplantaba las rayadas imágenes de un partido de fútbol, si no de una película X, que veíamos (por decirlo así) codificadas en los canales de la televisiones de pago.

 A los incrédulos sólo nos quedaría por aprovechar un último cartucho, consistente en realizar un ímprobo esfuerzo por agudizar la capacidad de los otros sentidos que, en alguna medida, mitiguen o compensen tamaño cúmulo de trabas e inconvenientes comunicativos. Pongamos por caso: seguir el rastro de un perfume desplegando la finura de olfato de un perdiguero burgalés, aguzar las orejas como cérvidos muy atentos a las posibles insinuaciones o requerimientos sugeridos en los propios fonemas emitidos por esas maravillosas desconocidas, otro sí llegar a degustar desde el fondo del paladar el sutil efluvio emanado por un beso lanzado a distancia, como el que saborea un manjar muy exquisito… y en ese plan. Todo ello, una vez desechada rotunda y categóricamente (por políticamente incorrecta) la malintencionada posibilidad de manejar el lúbrico sentido del tacto con el que regodearnos en tocamientos de reconocimiento al personal mientras, con el disimulo, les vamos palpando las kokotxas.

 Metafóricamente, hace unos días en el Capitolio pudimos ver en vivo y en directo a unos estrambóticos asaltantes cuya representación simbólica, vista desde aquí tal que a la manera del citado periodista sueco, más pareciera la chirigota de el Bizcocho escenificando “Los que nunca se han llevado un babuchazo” en los ensayos previos a los carnavales de Cádiz que un grupo de sediciosos intentando dar un golpe de Estado. Pero no nos llevemos a engaño si, como Eco advirtiera, las leyes de la comunicación son las leyes de la cultura, habremos de concluir que la nuestra se encuentra, por ésta y otras recurrentes razones, en riesgo de franca decadencia.

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