Amor a la libertad

By Jaime Nubiola

Desde mi juventud soy un enamorado de la libertad. Probablemente es algo que aprendí de mis padres, que siempre respetaron exquisitamente mi capacidad de llevar las riendas de mi vida aun cuando a veces pensaran que no era acertado lo que hacía. Recuerdo bien cuando, al regreso de una estancia de dos meses en Irlanda, le dije a mi padre —tenía yo 13 años— que ya fumaba; me contestó que no le parecía adecuado, pues podía perjudicar mi salud, pero que hiciera lo que quisiera.

         Traigo a colación esta anécdota —quizás hoy en día política o sanitariamente incorrecta— para recordar algo que aprendí del querido filósofo norteamericano John J. McDermott en su libro Culture and Experience: «La amenaza más peligrosa para la vida humana es la de vivir de segunda mano, la de vivir por cuenta de nuestros padres, hijos, parientes, maestros y demás dispensadores de posibilidades ya programadas». Añadía a renglón seguido: «Debemos estar precavidos acerca de lo heredado, por muy noble que sea su intención, pues es la calidad de nuestra experiencia lo que resulta decisivo». Fumé durante 25 años y dejé de fumar hace ya 30, pero de mi padre aprendí a vivir en libertad, esto es, a ser responsable de mis decisiones.

         Cuando hace años me di de alta en Facebook, entre la información personal requerida estaba entonces la de la “ideología política” y anoté «Libertarian». Siempre me ha atraído mucho la figura de los anarquistas románticos, esto es, de los que no ponen bombas y, sobre todo, defienden el amor, desde Emma Goldman y Leon Tolstoi hasta Dorothy Day. ¡Qué importante es la defensa amable de la libertad frente a la creciente opresión controladora del Estado en tantos países!

         Como pasa con otros términos —por ejemplo, «democracia»—, «libertad» es una palabra de moda: todo el mundo la usa, pero son muy pocos los que podrían definirla. Para entender qué es la libertad viene bien conocer su origen entre los griegos. Ya Aristóteles afirmaba que «el hombre libre es causa de sí mismo» y en eso se distingue de los esclavos, porque es dueño de sí mismo. No hace lo que hace porque le obliguen, ni siquiera por una fuerza instintiva interior, sino porque quiere. No basta con la simple espontaneidad, sino que es preciso un cierto dominio efectivo y consciente de la voluntad sobre sus actos. Por eso las palabras «libre» y «libertad» se emplean para significar aquellas acciones humanas que no solo carecen de coacción o determinación externas y que tampoco tienen una obligación interna o una necesidad natural, sino que, sobre todo, expresan que esa persona es dueña de sí misma: una persona libre es aquella cuya voluntad lleva las riendas de lo que hace.

         A veces se piensa en la libertad como aquella bella mujer despechugada, llevando la bandera de Francia en la mano izquierda y un fusil en la derecha, del famoso cuadro de Eugene Delacroix de La Libertad guiando al pueblo (1830). Me parece una imagen de la revolución más que de la libertad. Lo que quiero decir con esto es que la libertad se encuentra realmente en nuestra convivencia diaria y no en las barricadas o en la quema de contenedores en una algarada callejera, tal como pasa en tantas ciudades europeas por la noche. Eso es un signo de que algo va mal en la sociedad, de que los jóvenes están hartos de tanto control por parte de las autoridades y los cuerpos policiales, pero no es signo de libertad ni parte de la libertad como decían los clásicos.

         Sin embargo, —y es a lo que quiero finalmente llegar— quienes aman verdaderamente la libertad son personas amables. Mientras que la violencia es de ordinario un abuso, el respeto amable a las opiniones y a las actitudes diferentes es señal inequívoca del amor a la libertad, a la libertad de los demás y a la libertad propia. Quienes aman la libertad están persuadidos de que en todas las opiniones, particularmente en aquellas opuestas a la propia, hay elementos de verdad, hay algo de lo que podemos aprender. Aunque consideremos que están equivocados —como hizo mi padre conmigo cuando comencé a fumar— hemos de respetarles su manera de pensar. Si hacemos así, si les escuchamos amablemente, estamos afirmando que lo que nos une es mucho más que lo que nos separa. Aprenden ellos —y aprendemos nosotros— la lección del amor a la libertad, que es el mejor aglutinante en democracia para una efectiva cohesión social.

Pamplona, 5 de abril 2021.

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Valentina López Coronado dice:

    Totalmente de acuerdo.

    Le gusta a 1 persona

  2. Coincido plenamente contigo Jaime

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s