Mejores o peores

by Nacho Valdes

Hace no demasiado ninguno esperábamos el advenimiento de una crisis como la actual, algo todavía en curso y de unas repercusiones inimaginables a día de hoy. El futuro, que parecía circunscrito a unas temáticas muy precisas, se ha visto desbordado y todo está supeditado a la consecución de una salida honrosa a la problemática presente. Las expectativas de futuro quedan íntimamente vinculadas a la pandemia, pues el trabajo, la educación, la economía, la política e incluso las relaciones interpersonales han quedado condicionadas por el desarrollo de esta crisis sanitaria. No hay más horizonte que superar las dificultades actuales dado que en buena medida el porvenir pasa por este obligado tránsito.

La inocente y descreída promesa original asumía que de esta ruina íbamos a salir mejores, pues tomaríamos conciencia de las insondables contradicciones en las que nos habíamos instalado y asumiríamos la necesidad de marcar una ruta transformadora que redundase en el conjunto comunitario.

Es decir, estábamos destinados a superar nuestras desavenencias en un mundo en el que primaría la cultura, los buenos modos en política, la humanidad en su conjunto y el cuidado medioambiental; por poner algunos ejemplos. Curiosamente, las dificultades que se habían manifestado de modo tan intempestivo se presentaron desde la dirigencia como una bendición ya que despertarían nuestras conciencias adormiladas por una deriva cuajada de incongruencias sistémicas. El desarreglo planetario nos concedía la oportunidad de marcar una nueva hoja de ruta más acorde con nuestras necesidades fundamentales en profunda conexión con nuestra humanidad.

La certeza es que no hemos ido más allá de unos cuantos aplausos a nuestros sanitarios en los balcones y ventanas. Gesto de reconocimiento, aunque totalmente estéril si no se dota a este colectivo de los medios indispensables para el desempeño de su trabajo. De otro lado, los profesores y maestros se las vieron y desearon para sacar adelante su labor con un evidente menoscabo de su influencia debido a la diversidad de recursos con los que contaban; normalmente escasos tras una década larga de recortes. Ni tan siquiera en política se ha enterrado el hacha de guerra haciendo de la crispación y la polarización la seña de identidad de nuestros representantes. Los pocos pactos que se han logrado han ido a incidir en la evidencia de unos grupos parlamentarios ocupados en su propia supervivencia más que en el bienestar colectivo. Por su parte, la empresa privada ha permitido por fin el acceso prácticamente universal al teletrabajo, pero en un escenario desregularizado que ha permitido que nuestros respectivos oficios se cuelen en nuestros hogares invadiendo el sacrosanto ámbito de la familia y el descanso. No hay división definida y esta nueva falacia empresarial ha llegado para imponer un ritmo productivo de tono universal asentado en la omnipresencia de las nuevas tecnologías. Por tanto, podríamos concluir que estamos peor que antes y no precisamente por la cuestión sanitaria a la que nos enfrentamos. Más bien, nos encontramos ante la realidad humana que busca rédito partidista ante cualquier circunstancia, por muy desagradable o compleja que resulte.

Lo que sí se puede certificar es la increíble naturaleza resiliente de los seres humanos. No en vano somos una especie omnipresente en todo el planeta y hemos llegado al punto en el que nuestra acción podría convertir el espacio que ocupamos en inhabitable. Es más, cómo va a preocuparnos una calamidad como la que nos ocupa si llevamos destruyendo sistemáticamente nuestros ecosistemas desde hace centurias. No obstante, sí es cierto que la realidad presente resulta más amenazante debido al carácter fáctico de la muerte que se presenta ante nuestra puerta. Este estímulo, si bien contundente, juega en contra de nuestra naturaleza adaptativa, pues el instinto de supervivencia se impone en la cotidianeidad. De este modo, dejamos de lado nuestro carácter impetuoso y procuramos mantener nuestra existencia a buen recaudo. Por este camino hemos ido consumiendo etapas: del susto inicial a la costumbre actual, pasando por bochornosos momentos de triunfalismo vacuo. Al final, como resulta específico en nuestra naturaleza, nos hemos adaptado y asumido las transformaciones a las que nos hemos visto sometidos.

El coronavirus campa a sus anchas mientras el sistema sanitario se resiente, pero es lo de menos, pues ya estamos totalmente habituados a su presencia. Cualquiera puede comprobarlo si se da una vuelta por alguna zona de terrazas, paseo o deporte dado que están abarrotadas y hemos naturalizado la presencia de un virus mortal con capacidad sobrada para colapsar nuestros recursos sanitarios. Lo importante es volver a nuestras rutinas con independencia de que esta estrategia sea totalmente nefasta y nos aboque a mantenernos sumidos en la incertidumbre de no ver el final. Así, se han generalizado las reuniones ilegales, los desplazamientos y hemos convertido nuestra situación en una interminable lista de sanciones, reproches y reconvenciones que no logran el efecto deseado. Cada cual está a lo suyo y no logramos ejercer una acción conjunta para revertir la deriva en la que nos hemos instalado.

Por su parte, el aparato económico ha encontrado el subterfugio perfecto para mantener la línea que habíamos marcado hace ya unas cuantas décadas. La pretensión es mantener, o más bien recuperar, el crecimiento económico, aunque con la particularidad de convertirlo en sostenible, como si es esto fuese posible. En otras palabras, en cuanto podamos volveremos a la senda marcada por un neoliberalismo que observa con ojos desorbitados la lluvia de millones anunciada desde instancias europeas. Ya comprobaremos cómo llega todo esto al individuo de a pie, pero este entramado proclive a la eliminación de trabas, impuestos y presencia estatal, está deseando las ayudas que permitirán su enriquecimiento, aunque a renglón seguido vuelvan a demandar la supresión de las propias instituciones que están prestando auxilio.

En definitiva, de esta no vamos a salir mejores, pero tampoco peores. Saldremos exactamente iguales. Ni más ni menos. Ahora bien, quizás este rebufo humanista que se intuye en el intervencionismo europeo y nacional nos permita maquillar un sistema que venía exprimiéndonos desde hace tiempo. Los poderes tácitos son demasiado poderosos e intuyo que va a ser difícil desembarazarse de ellos. En cuanto estemos vacunados en el adecuado porcentaje para alcanzar la inmunidad de rebaño volveremos a nuestras vidas regidas por un modelo productivo diseñado para agostar la vida en su sentido comunitario. Total, mientras podamos movernos sin restricciones y disfrutar de nuestros bares nos mantendremos satisfechos.

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