Not – the big brother is watching you

el

by Jeremías Camino

En lo siguiente, me propongo indagar sobre la sentencia “The Big Brother is watching you”, para lo cual es necesario determinar su significado. Quisiera comenzar expresando una idea que luego se hará más entendible, a saber, que esta sentencia es tradicional cuando parte de una afirmación: se subtiende sobre el supuesto de que hay algo firme, que está puesto, colocado y actuante. Tal fue la apuesta de la mayor parte del S.XX y es, en algún sentido ya extraño, la de la primera veintena de este siglo. Esta apuesta se enmarcó dentro de un juego que puede ser percibido, quizás con mayor nitidez, en el movimiento político que fue designado, y se autodesignó, marxista. Si se toma al marxismo como pivote, creo que se hará más fácil llegar a la explicación de aquella idea inicial. El jugo señalado tuvo (y tiene) el carácter de una lucha establecida en lo discursivo como en lo material, que para el marxismo consistió en la continua denuncia y acusación de algo que actúa gestionando y determinando la realidad, esto es, el mundo y la percepción de lo que este mismo mundo es. Para este movimiento político, la lucha tiene un fin trascendente a esa misma realidad, a saber, instalar un nuevo mundo, de donde luchar deviene transformación. Pero, ¿por qué habría de ser transformado?, ¿por qué desear su transformación, y así, tener la voluntad de recrear un nuevo mundo?

Continuando con el hilo descriptivo anterior, se dirá que la denuncia del marxismo deja al descubierto que, esa cosa firme mentada en la sentencia tradicional, actúa en la conformación del mundo para su propia continuación. Cada parte del mundo debe colaborar, de algún modo, con esta finalidad. No sólo es la materialidad de las tecnologías, de los procesos productivos y de los estados, es también, y por sobre todo, la idea que cada uno de los individuos tiene sobre ese mismo conjunto. Esta idea no sólo debe configurar positivamente la percepción de tal mundo, sino que, mejor aún, debe ser deseada como tal. A esto se le denomina ideología, y pretende ser el firmamento que rodea el mundo instalado por aquella cosa firme. Sin embargo, el movimiento marxista del siglo XX, denunció (y denuncia) que esta misma ideología encubre un hecho fundamental: que el sostenimiento de tal cosa firme se intercambia por la alienación de los propios individuos que colaboran en su afirmamiento. La ideología, por consiguiente, revierte una situación intolerable e indeseable de alienación, por una situación deseable y óptima. Desde esta perspectiva, la cosa firme aparece en la mentalidad como ideología, que falsea la realidad, y en la personificación de la clase burguesa, que se contrapone a la clase trabajadora, como aquello que la aliena.

Ahora bien, la alienación consiste en volverse otro, para lo cual, y por lo cual, debe haber algo que es en sí mismo, un ser-propio que le pertenece. Podría decirse, de una manera figurativa, que, lo alienado, está llevado a ese estado contranaturalmente; de donde emerge espontáneamente un movimiento de restauración natural de lo propio, un retorno. A la conciencia y promoción de este movimiento, contribuye el marxismo. Pero, a la anulación de tal movimiento y, así, a sostener la situación inversa, contribuye la ideología y todo un aparataje que, justamente por ello, resulta represivo. De esta última perspectiva, derivan enseñanzas y deberes, controles y vigilancias para detener ese movimiento, conjunto que se reúne en un dispositivo al que se llama, a partir de George Orwell, Big Brother: aquello que pretende que los individuos sean determinados para la perpetuación del statu quo, que replieguen su ser hacia el conformismo, que se diluyan positivamente en lo dado, que amen lo que está, que no oigan su instinto, que obedezcan a lo que se les enseña, que no protesten, que no se quejen: que acepten. Aceptación es afirmar a lo dado, lo que implica que lo dado se afirme.

Esto está indicando que, tanto Big Brother y la ideología, como el marxismo, se apoyan sobre la misma noción de alienación, que se mantiene únicamente por la existencia recíproca de un ser-propio. La manera eminente de este ser-propio, desde el inicio de la Modernidad, ha sido la voluntad. La voluntad es el elemento principal de la autonomía. El dominio y determinación de la voluntad por algo externo, ajeno, por algo otro, es alienación, heteronomía, y es lo que quiere Big Brother. El movimiento marxista del S.XX, en una situación radicalmente ambigua, pretende la recuperación de la autonomía.

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando se instala una sospecha que recae sobre la existencia de esta voluntad? Acaso esta sospecha no sea tan novedosa, porque, en cierto modo, ya venía prefigurada en las consideraciones que Le Bon hizo en la encrucijada entre psicología y sociología, o en el pensamiento sociológico de Veblen, con su mirada enfocada en el consumo. El fenómeno de masas, al decir de Baudrillard, es la forma en que el individuo desaparece, y con él, la voluntad. La distribución de la cultura en forma mercantil y producida industrialmente, realiza, no sólo el valor contenido en cada producto entregado a la comercialización, sino, sobre todo, una estructura psicológica que promueve un deseo sin origen ni fin. En estos casos, pareciera que la voluntad se revelara como la desilusión de un potente movimiento idealista que ya, contrario a su nombre, no ilumina.

Si la voluntad es ilusoria, entonces resulta igualmente ilusoria la consagrada y anhelada autonomía. Pero, entonces, no autonomía, a la vez, es no heteronomía. Consiguientemente, no hay posibilidad de alienación. Esta secuencia, encadenada por la negación, concluye en la negación de la sentencia inicial: not – “The Big Brother is watching you”. He puesto la negación al inicio, para dar entender el problema que aquí se presenta: ¿qué es lo que se niega, comprendiendo aquí que la negación deniega existencia?, ¿se niega la existencia del Gran Hermano o se niega que el Gran Hermanoesté observando? Si se piensa en lo segundo, parecería que, en esta situación de no-voluntad, la necesidad de que el Gran Hermanoesté vigilando ya no es tal. Y, si no vigila, entonces, ¿para qué existiría en ese caso el Gran Hermano?

Para replantearlo en una contrastación. Cuando existe la posibilidad de que la coyuntura cambie debido a que un elemento conformante se desvíe de la meta esperada, entonces, es necesario que haya una vigilancia y una corrección constante. Frente a la posibilidad del desvío surge, entonces, y necesariamente, una amenaza continuamente acechante de la corrección y, en cierto modo también, del punitivismo. Pero, en este caso, el control y la corrección actúan por fuera, son la acción de un poder externo al elemento; su poder es tal que no aniquila al elemento, sino que lo somete. Del otro lado, están aquellos a los que se quiere someter: estos, sin duda, sienten el sometimiento como algo externo a sí mismos, no lo reconocen en su mismidad pero le obedecen. Justamente esta extrañeza es lo que no surge actualmente, a pesar de su reconocimiento: que el smartphone que los individuos poseemos, a través de sus aplicaciones, esté registrando lo que hacemos, no nos genera una oposición, un rechazo, una sensación de invasión en lo propio, sino que, simplemente, se lo dice y se sigue la vida normalmente. Cuando se hubo denunciado que hubo partidos políticos que han utilizado los análisis de datos provenientes de redes sociales para influir en el voto, ello, a pesar de la renuncia de un grupo que no es proporcionalmente numeroso, no ha generado ningún cambio relevante. Cuando ya es ampliamente sabido que los individuos, a través del ciberespacio, funcionan como meros replicadores de información, que, en medio de la autopista de la información engendra inactividad, esto no es percibido como algo inaudito, sino que está normalizado. Cuando nos embarcamos en actividades, adláteres a la principal del trabajo (como la actividad física, el aprendizaje de oficio o artes, o el simple hecho de salir a cenar algo), y se las hace por hacer, sin un motivo real o por seguir cierta tendencia externa, eso no resulta extraño, sino normalmente necesario.

¿Qué es lo que esto significa, entonces? Primeramente, que los individuos contribuyen a una situación, sin necesidad de que exista una vigilancia o control para que ello ocurra: no hay una exigencia externa. Las cosas se dan solas, normales. Segundo, que hay una observancia, pero, ¿por parte de qué?, y tan importante como ello, ¿para qué? Cada uno de los individuos, a cada una de sus actividades, las lleva a cabo consumiendo algo: se consumen productos alimentarios (dietéticos o no saludables), se consume vestimenta, se consume moda, se consumen datos del plan telefónico, videos, audios, imágenes, textos, palabras, se consume ciencia, explicaciones, ilustraciones, pedagogías y académicos entrevistados, se consumen libros y obras artísticas, se consumen novedades, se consumen ciudades turísticas, aviones, recepcionistas, habitaciones, paisajes, se consume el trabajo, la indignación, la huelga y la reconciliación, etc. Se consumen símbolos, se consume el tiempo. La observancia sólo fomenta y busca maximizar el consumo, garantizado por el querer individual que quiere ese consumo, y que, por lo tanto, ya está siempre ofertado: siempre ya hay algo para consumir, siempre será necesario consumir, siempre habrá muchos que consumirán. Hay, en este aglomerado, una tenue presencia de un engranaje, de una conexión o unificación, que, de captarse, pareciera descubrir un sentido, una totalidad. Sin embargo, sentido y totalidad se presentan tan lejanos, tan abstractos, que apenas importan la satisfacción momentánea de una explicación, cuyo efecto nada cambia, y que, de hecho, se suma a la oferta de explicaciones exhibidas en el mercado de causas (en la televisión, en internet, en la radio, en los libros, en las charlas, o en una simple transmisión).

Hay una observancia, ciertamente, pero es carente de mirada. Hay elementos poderosos que inclinan la cosas en su favor, que son los llamados poderes fácticos, pero estos aparecen como carentes de perspectivas. Y aunque estemos seguros de que todo ello trabaja en pos del capital, su referencia aparece como difusa. Exactamente igual a una palabra que no significa. Autoexplotación fue la fórmula paradójica que halló Byung-Chul Han. Hay una observancia, entonces, pero no se sabe de quién, porque es indiferente tanto el quién, como el saber y el no saber. Por ello, inversamente, pueden reinventarse continuamente candidatos y explicaciones posibles, en una algarabía frenética de candidatos, que simula una indignación y una utopía.

No hay Big Brother porque no hay necesidad de que lo haya, porque lo que podría aún llamarse voluntad es como alguien en un inmenso rosedal: agradable y hermosamente inmóvil. Aquel Big Brother vigilante y corrector no existe porque no hay una mirada, pues, parafraseando a McLuhan, la observancia es el mensaje: es decir, pura medianía, mediaticidad, servilismo. Servilismo en el sentido indefinidamente preciso de una libertad esclavizada, de un esclavo que es libre; servilismo que resuena con el capitalismo de los servicios. La voluntad ha quedado en una idealidad rezongona, en una nostalgia sintética, recordable sólo por lo que no es.

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