El imperio del deseo

By Nacho Valdés

El impulso resulta irrefrenable. El objetivo es la adquisición, pues las demandas fundamentales están en apariencia satisfechas. Se inaugura la etapa del tener y el ostentar aun a costa de la ceguera colectiva impulsada por la mercadotecnia y aparatosidad del neón. La digresión se reconoce en el consumo, se evita la esencia y el meollo queda incorrupto mientras nos acercamos al establecimiento más cercano. Ni tan siquiera eso, el universo digital ha establecido una miríada de nexos invisibles interconectados con nuestro pequeño mundo. No es imprescindible salir, solo comprar para disfrutar de la individualidad conquistada.

La comunidad ha claudicado y las islas digitales por las que navegamos para el dispendio de nuestra vitalidad anquilosada entre cuatro paredes invitan al marasmo colectivo. No existe conexión entre ellas, son reductos privados y destinados a la putrefacción. Aspirábamos al todo y nos hemos contentado con la urbanización periférica. La vida se resuelve deambulando entre los pequeños problemas cotidianos que ocupan nuestra existencia. Luchas invisibles y nimias para dar sentido al espacio entre las vallas de la mancomunidad empeñada en encerrarnos en oasis escasos y ficticios de agua clorada y pistas de hormigón verde. La pugna está en el exterior, pero ya no es imprescindible dejarse ver. Resulta más sencillo el encierro en la cotidianidad amparada por el oropel. Mientras, al otro lado, sin que nos demos cuenta, la verdadera realidad sigue siendo socavada de manera sistemática por un engranaje eterno empujado por nuestra naturaleza insaciable.

Más grande, más brillante y más exclusivo, aunque esté a disposición de un público universal y global. Desde la otra esquina del mundo, auténtico, remoto y poblado por personas idénticas a nosotros, emerge el producto para satisfacción del khoros displicente para con lo perentorio. Los cantos de sirena llegan en un carguero a puerto, un poco más tarde será conducido hasta nuestra puerta y así podremos poner un ladrillo más de ignorancia. Evitamos la vida, nos alejamos de la realidad para encontrar acomodo en una prisión sin paredes, aunque con vallas y videocámaras. Nos sentimos seguros, fuera hace frío, pero solo hace falta mirar por la ventana para caer en la cuenta de que no nos perdemos absolutamente nada. Al menos es lo que creemos o lo que nos han hecho creer, ¿quién puede percibir la diferencia? La pulsión ha cambiado de dirección y lo compartido ha perdido su valía, solo queda la introspección mal comprendida y peor ejecutada a través de las redes sociales.

Empeñamos la vida en la búsqueda de lo supuestamente mejor, pero no caemos en la cuenta de lo perdido por el camino. Hemos ido derrochando los hitos alcanzados y carecemos de la altura de miras imprescindible para dar un vistazo retrospectivo y percatarnos de la desnudez en la que hemos caído. Los espacios comunes han sido aniquilados, no tienen sentido en una sociedad íntegramente conectada, aunque no se comunique. La plaza del pueblo se ha extinguido, las conversaciones se han apagado y solo queda el cacofónico silencio del estruendo digital. Enfrentamiento ridículo a pesar de su apariencia seria. La vida ha cambiado de carril, se ha sumado a la corriente virtual llegada como una tromba para desgajar todo lo superfluo y dejarnos avergonzados frente a nosotros mismos en ese reflejo pálido devuelto por un espejo agrietado. La velocidad se ha incrementado, vamos a toda máquina hacia ningún lugar y no parece que haya nadie al mando.

El eslogan y la ocurrencia tiene más peso, la reflexión no interesa. Es aburrida y monótona, aunque lo realmente destructivo se encuentre en la anomia intelectiva. La sociedad del agotamiento, construida sobre nuestra naturaleza omnímoda, autodestructiva y necesitada del consumo incesante e inmediato. No podemos esperar, no queda espacio para la cavilación pausada dado que todo es inmediato y la intelectualidad debe plegarse a este ritmo frenético y mortal. No obstante, la inteligencia ha desertado, aunque se mantiene reservada en pequeños destellos o en construcciones elaboradas, tranquilas y prolongadas en el tiempo. El que quiera puede encontrarla, solo tiene que buscar un poco mejor y rascar la superficie plateada y destellante de la fachada. No es fácil, es complejo escapar del torrente cargado de desechos contra el que impactamos. El roznido se impone, cada cual con el suyo haciendo del conjunto un sonido estridente y desafinado. Ni tan siquiera quedan facciones, solo simulacros insertos en el mismo ecosistema inventado para exprimir una sociedad desarbolada.

Damos gracias, lanzamos una plegaria en código binario y seguimos con nuestras anteojeras sin descubrir nada a nuestro paso. Solo vemos las paredes blancas, relucientes y alisadas entre las que nos hemos instalado. Es complicado llegar más allá, nos hemos emplazado cómodamente tras la doble ventana que impide que escuchemos al vecino. El ágora se ha visto desbordada y ha renunciado, en apariencia no queda nada de lo que departir a pesar del retroceso acelerado y lacerante al que nos hemos sometido. Las cuatro paredes blancas no suponen una referencia, creemos que avanzamos, pero nos sumimos en un pozo cada jornada más profundo y angosto. Sin embargo, está bien iluminado, tiene los neones necesarios para que nos rindamos ante el falso ídolo.

Compra, vende, sigue adelante y olvida el cosmos. Sabes que él haría lo mismo si estuviese en tu lugar. Aliméntate de plástico y rómpete la cabeza para no descubrir qué es lo que te sucede. Mantente respirando y compra un poco más de plástico, algún mercante traerá pacientemente el contenedor cargado por unas manos infantiles que obviamos por estar agrietadas. No lo observes, no lo estudies, no lo pienses y no te detengas ante nada. La vida es una experiencia y alguien va a ser capaz de mostrártela en formato 4K. Qué maravilla, tus propias vivencias en formato panorámico, puedes disfrutar del visionado de tu propia individualidad en un sofá de plástico reluciente. Océanos de miseria y ríos de pobreza que desembocan en el salón de tu casa para romper tu pantalla brillante. No te preocupes, continúa la marcha sin frenar, el mecanismo se mantiene siempre activo y de manera incesante reclama tu atención al tiempo que frente a ti asesinan a un anciano. No pasa nada, puedes comprar algún producto para limpiar las manchas de sangre de tus paredes blanco seda.

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