CIVILIZACIÓN by Pedro Martínez de Lahidalga

Toda cultura lleva dentro de sí un corazón de barbarie ” (Walter Benjamin)

 No puedo evitar la tentación de imaginar como cierta la anécdota de aquél viajero que desde su asiento de ventanilla, recién acabado de embarcar, le comenta al pasajero de al lado cómo, desde la altura, las personas pareciesen hormigas, a lo que éste le replica sin disimular su asombro: es que son hormigas, aún no hemos despegado. Al poco, el avión remonta el vuelo y el interpelado se pone a observar con renovada curiosidad el panorama de aquella metrópoli que se va alejando bajo sus ojos, una jungla moviéndose en enjambre percibida como los tentáculos de un organismo superior que se dirige hacia algún recóndito atractor, tal que una plaga migratoria a punto de constituirse en marabunta. Indeliberadamente ladea la cabeza y, entornando los ojos, dirige una mirada de soslayo a aquél desconocido que, sin motivo aparente, le ha llevado a sentir por un momento el desasosiego de una cierta inquietud. Sumido en esa especie de sugestión emocional, entrecierra los ojos dispuesto a adormilarse.

 Algo parecido a lo que en la retórica de la antigua Grecia fuera la “enárgeia”, término que definía la capacidad del orador en ver más allá del momento presente, de sentir  que vivimos inmersos en un flujo en el que la larga existencia de la Tierra moldea nuestras propias vidas. Reflexión que en nada resultaría extraña si fuésemos capaces de contemplar a nuestra especie desde fuera con un cierto desapego, tal como pueda observar el entomólogo un enjambre de abejas o, desde las alturas, nuestro ensimismado pasajero da en atisbar el zafarrancho humano. Conturba el ánimo percibir tales comportamientos reproduciendo patrones que en poco se diferencian de los insectos u otras especies donde, entre otras pautas, vivir a costa de los demás es la norma, así como ocupar territorios y aniquilar a los rivales. Así, en contraposición al mito rousseauniano del buen salvaje, la única -bien que esencial- diferencia tendremos que ir a buscarla en el delgado velo de esa finísima pero sustantiva distancia que separa el salvajismo o la barbarie de la civilización, al tiempo que desentrañamos en nosotros mismos -tal como advirtiera W. Benjamin- la parte de barbarie que toda cultura encierra en su corazón.

 Así como la indagación de las especies biológicas será el objeto de la historia natural, la investigación de ese pretendido desarrollo cultural y civilizatorio constituye el tema central de la historia humana. En las culturas de la protohistoria ya se encontraban las semillas que fructificarán en lo que hoy damos en llamar civilización, cuyo origen o cuna quedará establecida -junto a la escritura- en la Mesopotamia sumeria de hace seis mil años ¡apenas setenta y cinco vidas de ochenta años! con la formación de las primeras ciudades-estado alrededor de las desembocaduras de los grandes ríos, lo que comportará en sí una especialización de la religión, la milicia, la urbe, el poder o la economía. Sin obviar que, por aquellos tiempos y con parecidas dinámicas, irán surgiendo el resto de civilizaciones prístinas –las consideradas como civilizaciones madre- en lugares como Egipto, las remotas China e India o en la Mesoamérica de los olmecas. Con una población mundial de apenas unas decenas de millones de mortales, esos primeros urbanitas ya empezaron a montar las necesarias tramoyas sociales y resto de artilugios con los que armar tamaños tinglados, eso sí, imperiosamente amalgamadas por las creencias de turno.

 Si se me permite contarlo a lo bruto, a partir de un cierto momento la Historia (perdón por la mayúscula) se ha visto sometida al equilibrio más o menos inestable de unas dinámicas en donde confluyen dos grandes corrientes de civilización, supeditadas ambas a los influjos derivados de su posición geográfica relativa: las provenientes del Levante por un lado (asiáticas y árabes) y las del Poniente (los occidentes europeos y americanos) por otro. La llamada civilización Occidental (la europea de la Grecia Clásica, Roma, el Cristianismo, el Humanismo, el Renacimiento, la Ilustración, las democracias… y todo eso) acabó por desarrollar una filosofía y unos modos de vida tendentes al progreso de la sociedad desde la libertad individual y por ella han transitado, juntas pero no revueltas, dos ramas bien diferenciadas: una, la anglosajona (de vicios privados y públicas virtudes) y otra, la latina de nuestros pecados. El otro gran grupo poco conocido corresponde a la denominada civilización Oriental, donde quedan incluidos tanto Asia (con una Rusia de tradición ortodoxa comiendo aparte) como el Oriente Medio. En Asia han coexistido culturas muy influenciadas entre sí, la hindú de la India, la sínica de China, Vietnam, Corea… o la  japonesa del archipiélago; todas ellas inspiradas en filosofías de vida más ligadas a la búsqueda del equilibrio desde el autoconocimiento y la meditación (aportaciones seculares del taoísmo, el hinduismo, budismo, confucionismo… y por ahí) e incursas en sociedades tradicionalmente muy jerarquizadas y, hasta anteayer, inmersas en profusos imperios de dinastías milenarias. En Oriente Medio, en cambio, se ha ido desarrollando esa otra rama oriental bien diferenciada compuesta por las culturas árabes, proverbialmente unidas a inaprensibles teocracias islámicas en donde la religión ha seguido (incluso contemporáneamente) manteniendo su primacía, a más de en la política, en los usos y costumbres sociales. Ésta es en síntesis la película rebobinada en formato corto, ahora toca preguntarse por lo que de verdad importa: ¿historias aparte, cómo se encuentra el patio, hoy lunes?

 Como era de esperar el gallinero sigue revuelto, fluctuando tácitamente entre remedos del famoso “choque de civilizaciones” augurado por Huntington o, dialécticamente, en ese fantasmagórico diálogo o “alianza de civilizaciones” promocionado por ese conocido lumbreras junto a otros sumos sacerdotes de posverdades políticamente correctas. Pero la realidad es tozuda y resulta fácil distinguir por sus espolones a los gallos que (al menos hasta ayer por la tarde) gallean el corral de un mundo globalizado en el que se abre paso, acelerada por la pandemia, una cada vez más evidente tercera civilización (la famosa tercera ola de Toffler, coincidente con la así llamada sociedad de la información) basada, en todo caso, en la fuerza del conocimiento. Así, por el Occidente, EEUU sigue manteniendo a duras penas su predominio, acompañado de lejos por una civilizada pero menguante Europa (la de la democracia, el estado del bienestar, la tolerancia cívica, la libertad… y todo eso) a la que no terminan de crecerle los espolones; en la America latina siguen perdiendo pié (esperemos que no nos lo hagan perder a los demás) con sus experimentos colectivistas, socialismos del siglo XXI y otros peronismos. Mientras, por Oriente se pavonea un nuevo gallo de cuidado en la pujante autocracia comunista China, a punto de hacerse un hueco privilegiado en el nuevo orden mundial, pero ¡ay! ya sin el rastro de aquellas civilizaciones milenarias de sustrato humanista producto de su confucionismo ancestral, borrado a sangre y fuego durante la llamada Revolución Cultural de Mao. Luego están el resto de actores secundarios del nuevo multilateralismo, empezando por esa Rusia nostálgica de su pasado (del imperial al soviético) que va por libre picoteando todo lo que se mueve y que últimamente ha girado su mirada hacia oriente… Pero esto ya se parece más a un análisis geopolítico que al propio hecho civilizatorio que aquí nos ocupa y preocupa.

 En el caso de nuestra amada Europa, donde aún nos cabe disfrutar de las mayores cotas de libertad conocida, llevamos décadas enredados en una espiral crítica de autoinmolada desafección poco menos que suicida. Soy crítico por naturaleza y el primero en entender los conflictos como elementos de superación y mejora pero, para el caso, recurro al viejo ideal sensato “aquél no unido a destruir lo que se pretende defender” de Pierre Bordieu (antes de convertirse él mismo al naciente posmodernismo sesentayochista que hoy padecemos). En último término no debemos perder la perspectiva de que la sociedad está compuesta por individuos, unos seres que no son infinitamente cambiantes en su constitución ontológica, sino que presentan unas necesidades humanas universales integradas en su propia naturaleza. Concuerdo con Freud cuando en “El malestar de la cultura” entiende que el destino de la especie humana quedará decidido por la circunstancia de si (y hasta qué punto) el desarrollo cultural logra vencer al enfrentarse a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas de los instintos de agresión o autodestrucción.

 Resultaría fácil acabar con una frasecita lírica del Paulo Coello u otro figura parecido, pero me niego en redondo pues soy de los que piensan que el buenismo no conduce a nada o, lo que es peor, termina siendo contraproducente (sabido es que de buenas intenciones está empedrado el infierno), de igual manera que me obligo huir de ese pesimismo esencialista de un Voltaire en su rotunda afirmación de que la civilización no suprimió la barbarie, sino que la perfeccionó haciéndola más cruel. Prefiero seguir pensando que, en base al esfuerzo y la voluntad de los humanos, la cultura (la civilización) consiga superar al instinto (la barbarie).

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