Dossier el idioma español: Acentos by Carlos Usín

Empezaré por confesar mi más entusiasta querencia por los acentos. El español tiene infinidad de acentos no sólo dentro de España. El gallego me lleva a mi más lejana (y corta) infancia, allá en los largos veranos de la costa de A Mariña, en Lugo, en el Cantábrico. Allí pasaba todo el verano y cuando regresaba a Madrid, lo hacía con acento gallego. Que era el que tiene la familia que tengo por esos lares. Más tarde fue el mallorquín y el catalán los que ocuparon gran parte de mi vida. Eso fue hasta que me divorcié. También he compartido parte de mi tiempo con el valenciano. Y a pesar de que mi apellido es de origen vasco, mi único amigo de Donosti, no tiene acento. Me encanta el acento canario, que es el más parecido a muchos de los que disfrutan por Hispanoamérica. Y desde hace algunos años, convivo con el malagueño, que es diferente del cordobés, del granadino, del sevillano o el gaditano.

Me encanta hablar con mi amiga Mercedes, mejicana tapatía (Guadalajara, Jalisco), descendiente de asturianos. Me encanta escuchar su marcado acento y sobre todo sus expresiones. “Lo pasamos padre”, es decir que lo pasó estupendamente, que se divirtió mucho.

Mi amigo Rafa, venezolano, de padre vasco y madre austríaca, compartimos trabajo en Madrid y después migró a Suiza. Cuando hablábamos, su acento me recordaba remotamente al que tenía un tío mío (hermano del gallego) que en su día emigró a Venezuela, cuando allí se podía vivir y muy bien. Por Navidades, a veces, enviaba unas cintas magnetofónicas y un armatoste de aparato para poder montarlas y escuchar sus disertaciones, sus soliloquios, lanzados a un micrófono para paliar algo la soledad y la distancia. Así nos acostumbramos a escuchar “carro” por coche y algunas cosas más que ahora no recuerdo.

Alfonso, un compañero de trabajo, también era venezolano, hijo de españoles. Un carácter efervescente, dinámico y cercano. Siempre nos hizo mucha gracia la forma de pedir “un conlechito” que no era otra cosa que un café con leche en taza pequeña. A partir de ese día, le llamamos “el conlechito”. Imposible olvidar el día que celebramos el cumpleaños de un compañero y en mitad del pub, cuando levantamos las cervezas para brindar, se arrancó él solo, con su voz de tenor, y nos brindó su “cumpleaños feliz”, PERO A PLENO PULMÓN, con lo cual, el resto de los parroquianos nos miraban como si fuéramos unos alborotadores. En cierta ocasión recuerdo que hablamos de Venezuela, de Caracas, de mi tío el emigrante y me sorprendió cuando me decía que no iba a la playa, y cuando le pregunté la razón, su respuesta fue: “es que no tengo plan”. Me costó trabajo entender que “plan” se refería a pareja femenina, una acepción ya en desuso en España, pero que, en tiempos, fue bastante común, aunque con cierta carga peyorativa.

A los argentinos les sucede lo mismo que a los gallegos: jamás pierden su acento, por más que vivan siglos en tierra ajena a las que los vio nacer. Pero el caso de Lidia, era aún más acusado.

Ella es porteña y recién (término muy usado allá) llegada a España, fue a unos grandes almacenes en busca de “una poshera”. La dependienta, confundida, la mandó al supermercado a comprar pollos, hasta que se aclaró el entuerto y descubrieron ambas, que aquí en España, una pollera es una falda. Lidia se sorprendió aún más cuando la chica le dijo “¿es usted argentina?” a lo que Lidia respondió “¿y usted cómo lo sabe?”. Contado con su marcadísimo acento, tiene mucha más gracia. Experiencias parecidas tuvo en el mercado y en diferentes tiendas. Las mismas carnes se cortan de forma diferente y tienen distintos nombres. Ella me enseñó que un “kilombo” era un follón, un lío tremendo; que “no me cierra” significa que no me cuadra, no me encaja.

Mares es un amigo y vecino de la urbanización. Normalmente conocido como “el de Luxemburgo”, tiene un inconfundible acento alemán, lo cual, unido al tono y al volumen que suele usar en su comunicación verbal, hace que impresione y acojone a más de uno. Y la verdad, es que es un tipo encantador y servicial. Siempre dispuesto a ayudar y a colaborar con la comunidad, donde ha llegado a plantar árboles y plantas, pagados de su bolsillo, simplemente porque consideró que así estaba mejor.

El chileno es un acento que suelo identificar bastante bien. Será por los muchos compañeros de trabajo que he tenido que vinieron de allá. Una de ellas nos dejó descolocados cuando, a la hora de comer, nos preguntó al resto, todos hombres, “¿dónde puedo tirar una polla”? Enseguida nos dimos cuenta de que algo andaba mal y después de unos segundos de silencio, terminamos por descubrir que en Chile se llama polla a la lotería.

Aunque, tal vez, lo más chocante es cuando alguien me dice: “tú no eres de aquí, ¿verdad?” o directamente “tú eres de Madrid”. Y entonces descubro que los de Madrid, según dicen, también tenemos acento.

Hace unos años había un programa de televisión en el que los extranjeros que llevaban tiempo viviendo en España, contaban las anécdotas que les habían ocurrido cuando llegaron y se toparon con todo nuevo para ellos. Personas que ya estaban integradas totalmente con nosotros, hablando español perfectamente, pero que cuando llegaron de Senegal, de Holanda o de cualquier otro país, se toparon con la diferencia cultural, aparte la del idioma. Era un programa fantástico y muy divertido en el que podías ver cómo nos veían “ellos”.

Y los que vinieron del otro lado del Atlántico, también tuvieron que aprender otro idioma. Somos hermanos separados por un charco…y un idioma. Un idioma que se enriquece cada día y que cada día, hablan más y más personas.

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