Pandemia 05 – El teletrabajo.

By Carlos Usín

Con esta entrada doy por finalizada la serie dedicada a la pandemia del coronavirus, desde diversas perspectivas.

Pandemia. Esta es una de esas palabras que, de repente, se escuchan cada día junto a pandemia, coronavirus, cierre perimetral, confinamiento y otras. Todas ellas y alguna más, se han puesto de moda y probablemente, como suele suceder cuando algo llega a instalarse en nuestras vidas, lo acogemos, nos adaptamos, pero al mismo tiempo, es probable que no nos demos cuenta de las inmensas implicaciones colaterales que tiene. Y ese, creo, es el caso del teletrabajo.

Lo primero que resulta obvio es que este nuevo concepto, que ha venido para quedarse con nosotros, lo ha hecho no como un avance en las relaciones laborales impulsado por las empresas o los sindicatos; no como un salto adelante en pos de promover la conciliación familiar; no como un deseo expreso de las empresas en proporcionar una flexibilidad en el horario. No. El teletrabajo ha aterrizado en nuestras vidas como consecuencia de una pandemia asesina que ha obligado a todo el mundo a reinventarse a marchas forzadas.

La imagen costumbrista que se ha emitido por las TV de ver a los nuevos trabajadores realizando sus tareas desde casa, puede traernos a nuestra imaginación algunas anécdotas que se han hecho famosas, de gente que sin ser consciente de su indumentaria o de las circunstancias en las que se desarrollaba la video conferencia, se ha mostrado en situaciones digamos, poco recomendables: gente que estaba en una playa mientras asistía a un pleno de un ayuntamiento, otros a los que se les olvida apagar la conexión y se lanzan a un escena tórrida con su pareja o el que simplemente se levanta y se descubre que lleva una camisa blanca impoluta con una corbata magnífica, pero lleva unos calzoncillos bóxer. Y si los lleva.

Esa es la parte anecdótica del concepto. Puede hacer que se perciba como la posibilidad de trabajar en pijama, sentado frente a la mesa del comedor o de alguna habitación de la casa donde se pueda enchufar un ordenador, tener luz natural y poder hacer videoconferencias. Y este simple hecho, trabajar desde casa, no solo ha cambiado nuestra vida, sino también el comportamiento social en general. Porque, como suele pasar con frecuencia, esta decisión tiene unas implicaciones que, como las fichas de un dominó, se contagian unas a otras.

Por ejemplo. Ya no es necesario madrugar tanto, porque las personas se ahorran el tiempo de traslado de ida y vuelta al trabajo. Les da tiempo, incluso, de poder dejar a sus hijos en el colegio e incluso de recogerlos al mediodía, con lo que, de paso, se ahorran el comedor. Un gasto menos y más contacto familiar.

Como ya no usan el coche, gastan menos gasolina, lo cual repercute positivamente en sus bolsillos y de paso en la atmósfera y en la balanza de pagos del país, que tenemos que comprar menos petróleo. Al usar menos el coche, se estropean menos, necesitan menos mantenimiento y los talleres tienen menos visitas. Mal para los talleres.

Lo mismo cabe decir de los que se trasladan en transporte público. Se ahorran el bono, ahorran tiempo y los del Metro y la EMT, tienen que reajustar tanto el número de trenes y autobuses, como su frecuencia.

Comer en casa tiene sus ventajas. Todos juntos, una experiencia nueva y además más barata que comer cada día en el bar cercano a la oficina.

Más tiempo libre significa poder distribuirlo de otra forma: más ejercicio, más tiempo con la familia, más descanso, más atención a los hijos. Descargar a los abuelos de sus obligaciones con los nietos. Sobre todo, con la amenaza del virus.

Pero al mismo tiempo, esto implica unos cambios importantes en los servicios que viven alrededor de las empresas.

Los alquileres de oficinas, se han hundido. Las empresas ya no necesitan miles de metros cuadrados para sentar a sus empleados y dotarles de una mesa, un ordenador, un teléfono y una silla ergonómica. Por lo que los fabricantes de material y mobiliario de oficina, también se han visto afectados negativamente. Antes, escaseaban esos espacios y eran carísimos. Ya no.

Los bares de la zona de las empresas, han visto reducida su presencia porque ahora los empleados comen en casa y encima, les han obligado a cerrar durante meses y a restringir el aforo y el horario.

Por otra parte, pensamos que todo el mundo puede teletrabajar, pero evidentemente no es cierto. De hecho, por mucho que se haya puesto de moda, las estadísticas nos indican que el porcentaje de personas que trabajan habitualmente desde casa, todavía es escaso.

Alrededor de un 8,3% de los ocupados en España realizan teletrabajo, ya sea de forma ocasional o más de la mitad de los días que trabajó, según los datos aportados por el INE. Esta cifra contrasta con la de 2006, cuando era el 5,2% de los trabajadores los que realizan este tipo de prácticas.

Ocupados con posibilidad de teletrabajar

Un total de 4.405.320 personas disponen de la opción de teletrabajo en España, lo que supone únicamente el 22,3% del total de población ocupada, que en 2019 ascendió a 19.779.300 personas, si bien el porcentaje varía notablemente según las distintas ocupaciones, según un análisis realizado por Randstad.

Sin embargo, estas cifras nos muestran su verdadera relevancia cuando las comparamos con las de otros países.

Esta enorme diferencia cultural en la manera de enfocar el trabajo, va a tener en breve, un impacto en nuestra economía. Nuestro desarrollo cultural tiende a seguir los pasos ya marcados por otros países en este sentido y estoy seguro que continuaremos en esa línea. Pero hay un aspecto muy importante en todo este asunto y es que, aquellos trabajadores de todos esos países que hemos visto en la imagen superior, dado que su desempeño es indiferente del lugar de la Tierra donde se encuentren, van a preferir trabajar donde hace sol en vez de hacerlo en Rotterdam, Helsinki o París. Todos aquellos que puedan trasladarse sin más preocupación que la de encontrar un piso de alquiler, se verán tentados por nuestro clima y nuestra forma de vivir. Ahora mismo, Madrid está repleto de franceses, ansiosos de poder tomarse una cerveza en un bar.

Vienen a pasar los fines de semana y el precio del billete les resulta más barato que el taxi desde el aeropuerto al hotel.

Pero, además, a medida que la idea del teletrabajo se vaya expandiendo en nuestras empresas y entre los trabajadores, se va a producir un movimiento de regreso a la naturaleza, de redescubrir que los campos son verdes, que huele a vaca y que de noche escuchas a las ovejas en los corrales. Un retorno a los orígenes de donde salieron, hace años, los abuelos y los padres que abandonaron el campo y sus labores, y se trasladaron a las grandes ciudades en busca de un futuro mejor. El problema de la España vaciada se va a terminar a la misma velocidad que la tecnología 5G se vaya expandiendo por nuestra geografía. Y a medida que los pueblos se vayan repoblando, irán creciendo los servicios anejos: panadería, alimentación, ropa, consultorio médico, escuelas, etc.

Evidentemente, como siempre pasa, no será algo al alcance de todos. Ni siquiera los que por sus conocimientos y habilidades tecnológicas estén capacitados, podrán moverse de un país a otro. A lo mejor y con suerte, dentro de España, pero aquellos a los que les suponga más contratiempos que ventajas, estarán obligados a permanecer atados a su destino. Si la pareja trabaja, tal vez no sea fácil o compatible la movilidad geográfica. Como siempre sucede, habrá dos clases de trabajadores en función de la brecha tecnológica que haya entre ellos. Ya se ha visto durante esta pandemia, que los estudiantes no todos son iguales cuando se trata de disponer de medios tecnológicos en casa para poder asistir a las clases online. Pues con los trabajadores ocurre tres cuartas partes de lo mismo.

Las empresas, aunque tímidamente, ya han empezado a ofrecer en sus empleos y a los nuevos candidatos, la posibilidad de trabajar a distancia un cierto número de días a la semana y lo hacen como un beneficio social, de igual modo que antaño se ofrecían los cheques restaurante o el horario de verano. Incluso hay una empresa española que ha implantado la jornada de 4 días laborales.

Por otro lado, cada vez más, van a ir sustituyendo los trabajos manuales, pesados e insalubres, por robots, lo que va a aumentar el número de personas sin empleo o con un trabajo precario.

El futuro pasa por la tecnología, por convertirse en un “knowmada”, es decir, una persona que, con sus conocimientos, experiencia y habilidades, es capaz de desarrollar su trabajo en cualquier ubicación física del planeta. Sólo necesita una buena conexión a internet y un móvil.

Fue la revolución industrial la que vació los campos, los pueblos y las montañas, para trasladar a sus habitantes a las grandes ciudades. Será de nuevo la tecnología, (la 5G, el Big Data, la IA…) junto con un nuevo enfoque de la relación laboral, la que devuelva a los hijos y nietos de esos inmigrantes al lugar de origen de sus ancestros. Sólo así seremos capaces de salir rápidamente del hoyo económico profundo en el que estamos metidos.

España se convertirá en un polo extraordinariamente atractivo por su ubicación geográfica, nuestro clima, nuestro estilo de vida, nuestro inmejorable sistema de comunicaciones terrestres y movilidad (AVE, autopistas gratis, aeropuertos, etc.) y las infinitas posibilidades que ofrecen nuestros pueblos y ciudades a la hora de poder adquirir una vivienda en alquiler o en propiedad.

Alguno ya ha visto que hay un nicho de negocio y está intentando aprovecharlo.  En este enlace https://venteaviviraunpueblo.com/  los promotores de la idea, suman ayuntamientos que desean recibir a nuevos vecinos, al tiempo que informan a los urbanitas que quieren dejar la ciudad y trasladarse a un entorno más bucólico, a conocer mejor las condiciones de esos pueblos del interior.

Todo esto significará para España, miles de puestos de trabajo de personas que, trabajen para quien trabajen, gastarán su dinero en España, fijarán su residencia aquí y pagarán sus impuestos aquí. Ya no seremos aquel país que se abrió al mundo para que las grandes empresas fabricantes de coches se instalaran en Valencia, Zaragoza o Valladolid, simplemente porque teníamos mano de obra cualificada y barata. Ahora, vendrán los que diseñan esos coches a vivir en Marbella, Sevilla, Madrid, Valencia o La Coruña. Los empresarios que se pueden permitir gestionar sus negocios en la distancia. Vendrán desde San Petersburgo, Moscú, Oslo, Estocolmo.

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