Tiempo de silencio y su proyección actual

by Nacho Valdés

Luis Martín-Santos no llegó a los cuarenta años, pero en esta escasa existencia fue capaz de dejar como legado una de las grandes novelas españolas del siglo XX. La renovación del género gracias a este trabajo supuso una enorme influencia todavía rastreable en el presente. Con todo, la desgracia se cruzó en la existencia de este autor dejando cierta orfandad en las letras hispanas y una sensación agridulce dirigida a lo que pudo haber sido y que sin embargo se truncó de manera inesperada y luctuosa. Quizás en este punto, en la intriga del porvenir yugulado, se encuentre parte de la fascinación originada por un personaje que no llegó a ser debido a las circunstancias infortunadas de su fallecimiento.

Tiempo de silencio muestra, por medio del espejo madrileño de mediados del siglo XX, una España atrasada, triturada bajo el peso de la sinrazón militarista y anclada en la superstición pueblerina de la ignorancia. Aunque no se trate de manera directa, se deduce de esta narración el contraste entre las dos Españas convivientes a su pesar. La europeísta Barcelona, con un pie en las novedades llegadas de nuestro entorno, y la centralista Madrid dando significado al canto de resurrección y muerte que desde el Desastre se atribuía al paisaje castellano como representación de la españolidad herida de muerte debido a la deriva fatal de los acontecimientos. En la capital retratada por Martín-Santos se concentra esta espiritualidad patria que tanto daño ha hecho y cuya influencia todavía se percibe en innumerables círculos.

La metrópoli representa el receptáculo de lo excelso y arrastrado del territorio, un lugar en el que confluyen las malaventuras y las grandezas de un país devastado después del enfrentamiento cainita; todo tiene cabida. Con todo, son más las miserias que alcanzan a esta comunidad imbuida en un desarrollo y crecimiento prácticamente biológicos. Un centro ocupado por urbanitas dedicados a su cotidianidad, un emplazamiento en el que se confunde la riqueza, la bohemia, una incipiente curiosidad científica e intelectual y la bajeza moral que todo lo ensucia. A su alrededor, a modo de anillo oxidado, se hacinan innumerables hileras de chabolas, infraviviendas y desperdicios de los que vive la población emigrada del campo para hacer fortuna en la urbe. Un lugar salvaje y sin reglas donde prima la nuda supervivencia frente a los modos de vida civilizados visibles a escasos minutos de paseo. Tiempo de silencio plasma con maestría ese pozo negro de perversión y desdicha como origen de una gran parte de los barrios de la capital. A partir de este lodazal, y después de arrasar con estos asentamientos y su desdichada chusma, se proyectarían novedosos distritos y circunvalaciones para dar forma a este conglomerado desprovisto de sentido y planificación social.

La frontera no queda nítidamente marcada y se puede saltar de un universo a otro sin mayores dificultades. Algo prácticamente imposible en una doble dirección, aunque sí asequible para aquellos con el privilegio de una posición que les permitía volver a descansar al centro después de la visita a la verbena, a la taberna o al lupanar. Los desheredados, sin embargo, tienen más complicado el tránsito de la degradación a la modernidad que se levanta a ojos vista frente a la basura de inmundicia en la que habitan. La despreocupación de ciertas clases acomodadas, ociosas en su encierro dorado, empuja al descubrimiento de la otra cara de una sociedad profundamente polarizada por el hambre y la incultura.

Podría pensarse que el Madrid de Tiempo de silencio ha quedado atrás y es cosa del olvido, pero todavía es posible encontrar ese espíritu en una ciudad cargada de antagonismos y pulsiones diversas. Hace tiempo que el chabolismo fue erradicado, aunque recuerdo La Ventilla o los asentamientos de la M-40 como algo no tan lejano. A pocos kilómetros de la Puerta del Sol todavía es posible encontrar el mayor asentamiento chabolista de Europa, pero se defiende la modernidad de un ciudad atomizada y clasista capaz de ofrecer lo mejor y lo peor en pocas paradas de metro. La penuria y la jactancia se separan por escasas calles y todavía es viable hacer viajes en apariencia imposibles de un distrito a otro. De la opulencia de la Milla de oro a la marginación de Orcasitas en un trayecto alucinado en el que todavía quedan espacios literarios, cultura popular y sitios patibularios cargados por la sabiduría castiza conocedora de las verdaderas causas de esta desigualdad.

Cualquier ciudad puede convertirse en un lugar indigesto, pero Madrid oscila de manera prácticamente arbitraria a la sombra del paisaje retratado por Luis Martín-Santos. El centro histórico todavía es un espacio vedado para las clases populares que únicamente pueden disfrutarlo de manera fugaz. Sin embargo, es un emplazamiento adecuado para mostrar el poderío pecuniario de un estrato social carente de valores, aunque reconozca la enorme valía de lo financiero. De otra parte, este núcleo urbano se ha rendido a las hordas extranjeras y a la invasión de franquicias con ansia por sorber hasta el último céntimo que penetre en sus callejuelas. La periferia sigue siendo humilde, el lugar donde se permite descansar después de una jornada de esfuerzo para mantener a la plutocracia instalada en las venas madrileñas para intentar absorber su enorme vitalidad.

Madrid continúa siendo diverso, fascinante, ignorante y bohemio. Conviven los extremos más acusados en un dédalo de callejuelas intrincadas y complejas. La diversidad existencial encuentra en el crisol madrileño un espacio para la gestación de una mezcla peligrosa, aunque ineludible por su empuje. La desigualdad, la alta cultura, la dureza de la vida, la riqueza y la infelicidad se fusionan en un paisaje variopinto y cuajado por un simbolismo que Tiempo de silencio fue capaz de capturar para proyectarlo a la eternidad.

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