Unidimensión por Camino Jeremías

Homero hablaba del cielo como una gran bóveda celeste. Tal vez, la distancia fatal recorrida por un yunque en caída libre desde el cielo durante nueve días, explique lo que admiró a Aristóteles, motivando sus reflexiones que ha dejado pasmado a tanto académico del S.XX. Una distancia de tiempo que hace eternos e incorruptibles a los astros, en su andar prolijo e incambiable, mientras que a los terrestres los hace mortales y corruptibles, tan equívocos en su andar, tan naturalmente dificultados para seguir rectamente, envueltos en azares e incertidumbres.

Esa bóveda celeste, cuna aristotélica de todas las contemplaciones, maravillas y admiraciones, ya no existe. Mirar al cielo es mirar una pantalla de la soledad, tanto como el reflejo de la individualidad. Un enorme espejo proyector, la luz inapagable de la ciudad incandescente, la imagen en flujo perpetuo de las películas, la teoría newtoniana de la indistinguibilidad de los espacios, el espanto abstracto de lo inconmensurable según el cálculo. Hoy sería un error creer que todo ello es una cosa que media entre dos lados, entre dos extremos.

Aunque, tal parece que si el recuerdo de Homero, Hesíodo y Aristóteles se antojara una perspectiva histórica, entonces el pasado nos resarciría de aquel error, y así detrás de la pantalla se hallaría otra cosa, como encubierta. La bóveda celeste se restituiría ante aquel que quiera ver y estudiar el pasado, el origen, el principio de las cosas. En ese caso, aparecería la pregunta venenosa de nuestra época, indolente: la historia, ¿para qué sirve? La interrogación muestra un aspecto inmediato que no nos puede persuadir de que habla sólo de una cuestión técnica o práctica, sino que pregunta por otra cosa más: ¿cuál es el sentido de la historia (para nosotros y en sí misma)? Aún más, ¿qué es la historia, si no el retrato hollywoodense, o la breve producción audiovisual youtubera (dinámica y rebosante de imágenes, emocionante, cautivadora), o el texto desconectado de todo sentido excepto del link de google y las pages que llenan la web, o el best seller del afamado o la conferencia y la obra del erudito reputado?, ¿dónde está la historia sino en el artificio de la sensación y las infinitas explicaciones para un presente desinteresado de sí mismo? La historia es una pantalla más, es un aparato que simula la profundidad del tiempo. Tal es uno de los mejores productos de la postmodernidad.

El cielo y la historia han desaparecido en la pantalla. Y la pantalla es lo primero que se muestra, es lo primero que somos, pero es lo primero que se nos escapa en la comprensión. Si es una tecnología, a duras penas captamos lo que es lo técnico, y prontamente cavilamos entre lo que hacemos voluntariamente y la independencia de los desarrollos técnicos, entre la definición delimitada de un sistema (que engrana lo cultural y lo material) y el inabarcable desenvolvimiento en continuo crecimiento, desbordante. La técnica nos define y definimos la técnica, y en ese juego de espejos se diluye el sentido de lo primordial. La técnica es el principio que no es principio, o que es muchos principios, un fundamento que no fundamenta. Que es el otro gran producto de la postmodernidad.

Acaso la única tesis aceptable para el presente sea la siguiente: todo es pantalla. Y la pantalla es más que un dispositivo, es también lo que dispone, lo que configura u ordena el espacio y el tiempo; en una palabra, es determinante. El modo en que esto se lleva a cabo es mediante la datificación. Nada está a salvo de enviar datos; incluso la nada, vieja extrañeza filosófica, es el dato empty, tan lejano del kénon democriteano. No hay cuerpo sin movimiento, y no hay movimiento que no envíe un dato, para que luego pueda ser procesado. Alfa centauri contemplada por telescopios, lo mismo que el cuerpo que la medicina monitorea en sus estudios, lo mismo que las especies animales que se quieren preservar, lo mismo que el evento que el periodismo alerta en la emisión en directo o publica en su página web, lo mismo que un acto político cuya eficacia se mide en datos económicos, todo eso y más, son aparatos de emisión de datos que se comunican con aparatos de recepción de datos. Lo mismo se mide con lo mismo. Tal es la tecnología de la información, cuyo desenvolvimiento, sin embargo, es paradójico: campo desprendido de la tendencia esencial de la ciencia moderna, en su afán de registrar descriptivamente y explicarlo todo, que se desliga de la explicación determinista pero no del registro. Tecnología de la información que es, por ello mismo, una forma de la postmodernidad.

Así, si antes resultaba clara la técnica porque en ella se reconocía el principio de lo artificial, contraponiéndose al principio natural, ya hoy eso quedó caduco, porque no hay nada que la técnica no alcance. La técnica no se confronta con lo natural, porque en ella está contenido lo natural, ella es lo natural. El dominio preconizado por los primeros filósofos modernos, ha llegado a un alcance tal que superó su opuesto, para eliminarse en la indiferencia, en la indistinción. Y como se reinventa la historia para simular la lejanía temporal de un presente apelmazado, así también se reinventa la naturaleza, para generar un desapego espacial, una falsa perspectiva, dos lugares ficticios: las reservas ecológicas, el turismo, la experiencia de “desconexión de la habitualidad”, las reacciones del cuerpo manifestando malestar o bienestar, y actualmente, la pandemia como la contraposición a lo propiamente humano (es decir, no negando el Sars-Covid-19 sino señalando el tratamiento cultural). En el fondo, es el artificio de la otredad, como si fuese la inercia del ser propio de las cosas antes de quedar aniquiladas en lo que eran. El imperio de la igualdad, en la expresión de Byung-Chul Han retomando la de Baudrillard.

Igualdad y mismidad son totalmente distintas. Esta necesita de la otredad, tanto como el ser del no ser, como lo determinado de lo indeterminado. Hay geometría en ello, porque hay una relación de ajustamiento, de armonización. En cambio, aquel es netamente aritmético, reducido este al sentido de la contabilidad. Uno es igual a uno, y uno no se ajusta a uno, sino que se agolpa, se amontona, se arroja sobre uno: uno al lado de uno. Uno contándose al lado de uno. Cuenta. Como la experiencia de la vida en fotografías: un rejunte de momentos.

Todo está apelmazado en un tiempo y en un espacio, como el individuo en la masa. Como el 5G, que avanza con fuerza irrefrenable detrás del espectáculo de la disputa geopolítica yanqui-china. Una única dimensión, cuya mejor manifestación es la cuadrilla monskeana de satélites, en un movimiento perfectamente calculado, que marcha no sólo homogeneizando los lugares, sino mapeando la faz terrestre y a todos por igual. Cosa celebrada como progreso basado en la igualdad de los espacios, en la igualdad de los pueblos, porque iguales se tienen sus individuos: una ciudad es cualquier ciudad. Y se genera esa falsa sensación de control: el registro que aquí se tiene, es más semejante a una nueva instauración de la realidad, que no reconoce la oposición control-liberación; habría que buscar una nueva palabra para ello.

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