SOBREPROTECCIÓN: EL SELF INMADURO III

By Ana P. Vives Link al blog

SOBREPROTECCIÓN: EL SELF INMADURO III

El ser humano llega al mundo con un gran potencial de desarrollo bajo el brazo pero sus crías son más inmaduras e indefensas que las de la mayoría de las especies, esto es debido en gran parte a que su corteza cerebral todavía es bastante incipiente en el momento del nacimiento. Solamente las porciones inferiores del sistema nervioso (la médula espinal y el tronco del cerebro) están bien desarrolladas, mientras que las regiones superiores (el sistema límbico y la corteza cerebral) siguen siendo bastante primitivas. Este hecho ocasiona que para la supervivencia se necesite durante un periodo prolongado en el tiempo de cuidados y atención continuada, haciendo a los bebés humanos tremendamente dependientes de la figura de un otro para seguir con vida.

La mente inmadura del recién nacido necesitará estimulación afectiva de sus cuidadores a largo plazo para que las neuronas se conecten entre sí y formen estructuras neuronales de las que puedan emerger las capacidades cognitivas y emocionales características del ser humano.

Esto significa crear una unión afectiva fuerte, relevante y estrecha, quedando consolidado de esta forma un vínculo con los adultos cuidadores al que llamamos apego, donde todas las necesidades serán cubiertas y el bebé se sentirá a salvo para desarrollarse sanamente. Si los niños no reciben en los primeros años de vida estos cuidados fundamentales, el miedo, el estrés y la ansiedad pondrán al niño en un nivel de sufrimiento tan insoportable que puede comprometer seriamente su vida. Si el niño sobrevive, las secuelas de las primeras improntas negativas le acompañaran en todo su periodo de crecimiento, ocasionándole dificultades para el óptimo desarrollo de su Self.

Los hallazgos producidos por las investigaciones sobre el cerebro indican como la crianza es crucial para el proceso del aprendizaje y están empezando a dar indicaciones acerca de los ambientes apropiados para éste.

Hemos visto como los procesos de falta de apego en los primeros años de vida producen la activación prolongada de hormonas del estrés que están relacionadas con la disminución de las conexiones neuronales en el cerebro pero ¿que sucede si nos vamos al otro extremo de lo que podemos aportar a un niño en su crianza como es la excesiva sobreprotección? En un nivel de educación óptimo y saludable, los progenitores deben dejar paulatinamente espacio al hijo a medida que va creciendo, para que éste vaya desarrollando sus capacidades yoicas adaptativas y además permitir que se dé la diferenciación madre-hijo para propiciar una sana separación y por consiguiente, el logro de una meta más del desarrollo en el niño. Éste es un paso difícil para algunas progenitoras que no logran disolver totalmente su relación simbiótica, hecho que dificulta enormemente la individuación y la maduración psíquica y emocional del hijo, ello es debido a la propia personalidad dependiente y al papel que cumplen las necesidades inconscientes psicológicas de la madre.

La sobreprotección puede desembocar en el estilo educativo sobreprotector que conducirá paulatinamente a una limitación de la autonomía del niño y generará una dependencia desadaptativa para él.

Si no se fomenta un comportamiento autónomo, se está predisponiendo a la aparición en el niño de una dependencia excesiva, donde éste buscará constantemente seguridad en los otros, hecho que producirá serias dificultades para el desarrollo de un buen nivel de autoestima. Vemos también que la protección excesiva puede desencadenar problemas a nivel cognitivo y conductual, como miedos excesivos, timidez o problemas de autocontrol con la agresividad, debido a la baja tolerancia a la frustración. Los padres sienten que deben proteger a toda costa a sus hijos de todos los peligros que puedan existir, aunque esto no sea posible, el hecho de esta supervigilancia, impide que el niño se convierta en un adulto capaz de actuar por sí solo, donde pueda aprender a desenvolverse por sí mismo a través de sus propias experiencias, en un nivel de riesgo tolerable y creando sus propias estrategias de actuación.

El niño debe tener la oportunidad de aprender mediante el ensayo-error, que es una de las formas más educativas que existen, para conseguir construir buenas estrategias de afrontamientos en las contingencias futuras y aprender a transformar las amenazas en desafíos, a través de un enfoque positivo, donde los errores representen para el niño tesoros de conocimiento para la autosuperación.

Para poder elaborar un modelo educativo óptimo, los padres primero deben aprender a despojarse de sus propias expectativas de como debería ser su hijo y aprender a entender, respetar y potenciar la naturaleza esencial del mismo, solo así se podrán desarrollar humanos que puedan explorar y desplegar libremente su propio potencial innato y consolidar una sólida autoestima, basada en un buen autoconocimiento y autoaceptación de sus propias cualidades intrínsecas que son en definitiva las que los hace seres únicos. Concluyendo, el proceso de maduración es  una necesidad psíquica y emocional que puede verse truncada con un modelo educativo demasiado sobreprotector y convertirá al niño en un adulto con serios problemas de identidad y una inmadurez permanente.

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