PRIMAVERAL by Pedro Martínez de Lahidalga

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Pero ¿quién me ha robado el mes de abril? ” (Joaquín Sabina, El hombre del traje gris)

 Al igual que pensara Baroja -don Pío- y salvadas las distancias, yo también me resistí -y aún me sigo resistiendo- a creer que tendría que vivir como todo el mundo, pero al final no hay más remedio que transigir. En no pocos momentos de nuestra vida todos somos -o nos sentimos- como ese hombre del traje gris, envueltos en la mortecina indumentaria de lo cotidiano, cuando no de lo vulgar, mientras cultivamos por lo bajini la secreta pero vana esperanza de recuperar un improbable abril burlado con el que despertar -por siempre- en primavera.

 Cual renace la agreste naturaleza nerudiana de las tantas primaveras extinguidas que despiertan en cada primavera, así nosotros revivimos esos soñados e íntimos deseos sumidos en el eco de una inmortalidad ficticia. Balanceándonos, ora en la resistencia a abandonar las cálidas rutinas que nos permitan disfrutar del momento presente, ora en la vorágine de un constante ajetreo que nos proyecte hacia lo desconocido. Lo que ya (casi) nadie está dispuesto es a perder su tiempo esperando a Godot, sea éste un dios en su formato clásico u otra apariencia cualquiera de las tantas conjeturas de redención salvífica.

 En la archifamosa obra de Becket es la humanidad entera -no solo los personajes de la tragicomedia- la que espera a Godot,  aguardando el retorno de un pasado imaginario en forma de felicidad salvadora y plenaria que nunca regresará, puesto que nunca existió. En esta nuestra sobrevenida sociedad de la precariedad y de la incertidumbre, donde todo se reduce a una sucesión de buenos comienzos (Bauman) hemos dado en “superar” esa carga de existencialismo implícito en el teatro del absurdo -ese vivir nietzscheano “como si” tuvieses que revivir lo que ya has vivido enredado en un eterno retorno- mediante el disimulo y la virtualidad. En una recentísima puesta en escena de este clásico su director (Antonio Simón) propone una relectura de la obra que, soslayando ese original nihilismo sobrentendido, conviene en destacar -bien al contrario- la constante voluntad del hombre por superar ese vacío existencial, eso sí, enredado en su temor a perder el tren de la oportunidad, a no ser capaz de seguir el ritmo frenético de la novedad, a no aceptar las acuciantes fechas de caducidad estabuladas… al tiempo que intenta mantener viva la esperanza de no perder por el camino las propias -suyas y nuestras- querencias.

 Unos quereres humanos que, como en la naturaleza -como en la mujer- se muestran cíclicos. En La Primavera de Botticelli (el cuadro más bello del mundo, cuando la belleza fuera concebida como necesidad en toda obra de arte) tales afectos quedan representados en un mismo círculo que gira eternamente y se reinicia en la primavera: el deseo comienza atrayendo hacia sí la belleza (Cloris, la ninfa de la Tierra) que es raptada por el mundo (Céfiro) al que retorna como amor a través del placer, ya transformada en la primaveral Flora. La alegoría gira alrededor de toda esa parafernalia mitológica al uso renacentista (las Tres Gracias, Cupido, Venus, Mercurio… dioses todos ya humanizados por un suave erotismo) con los que representar ese humanismo renaciente propio de aquella renovada cosmovisión del mundo. Para el caso, la metáfora neoplatónica del amor como deseo de gozar -desde el conocimiento- de lo que se nos muestra hermoso, ello sin salir de este nuestro paraíso terrenal al que, a mí al menos, tanto cuesta renunciar.

 Perdida esa armonía en la busca del equilibrio llegan las exageraciones. Así el Barroco, donde para el caso nos topamos sin remedio con Las cuatro estaciones de Vivaldi en las que, en su manido primer concierto dedicado a La primavera, nos viene a describir (con gran brillantez y excelente factura, eso sí) una especie de vanitas o naturaleza muerta tan del gusto en las pinturas de la época: las flores, los pajaritos, el campo, la tormenta… con los que componer un paisaje musical con tal cúmulo de bucólicos topicazos que, escuchado en bucle, termina empalagando hasta al más pintado. Y eso sin haberse parado a leer los sonetos que acompañan a cada movimiento, tal que  “Llegó la primavera y de contento / las aves la saludan con su canto, / y las fuentes al son del blanco viento / con dulce murmurar fluyen en tanto”… y en ese plan. Mientras, un recurrente -por relamido- auditorio de muertos vivientes acompasa el ritmo dando palmaditas. La verdad es que esto, con otros maestros del barroco tardío (Bach o Händel, un suponer) no ocurre.

 El romanticismo domesticó lo siniestro, apagando las luces de la Ilustración y habría que esperar a los impresionistas para, con ellos, llegar a vislumbrar la primavera de la modernidad. Luego, el surgimiento del expresionismo abstracto y otras vanguardias renovaron el interés por aquéllos. No hay más que darse un garbeo por los parisinos museos de Orsay y de la Orangerie (obligada visita a las dos grandes salas ovaladas con los Nenúfares de Monet) para entender qué es lo que vieron estas vanguardias en aquellos súbitos precursores, aparte su desatención por el relato y el modelo. Los estilos artísticos, al fin y al cabo, no son sino el reflejo de la cosmovisión dominante de una época y hoy, donde todo se vende como arte, nada es arte. El arte como concepto filosófico ya no existe (quedan los artistas, el mercado o la industria del arte y el turismo de museo) por lo que, de la misma forma que ya perdimos la religión, tendremos que apañarnos a sobrevivir también sin esa otra muleta llamada Arte (perdón por la mayúscula).

 Pero estábamos hablando de sentimientos, no de filosofía. Esos sentimientos ocultos que florecen cíclicamente, mediante el goce de lo femenino, un mes cualquiera de un calendario íntimo. Ése que te permite abrir cuerpo y mente a la jubilosa fecundidad de la naturaleza, reflejado en el escueto perfil de la cintura de las muchachas o en la esbeltez de su talle, pero también en los altos tallos de los lirios que hoy despiden abril desde un rincón a la luz de mi pequeño jardín. Yo también, como nuestro ya inolvidable Battiato, “Me enamoré siguiendo el ritmo del corazón y me desperté en Primavera ”.

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