Aquellos viajes de antaño.

Ahora que parece que todos hemos salido del enjaulamiento como si se tratara de la salida de las 24 horas de Lemans; ahora que se acerca el verano y que parece que todas las viviendas de la playa, todos los hoteles y todos los bares, cafeterías y restaurantes va a llenarse el 100%, me han venido los recuerdos de cuando en la otra vida que tuve, esa en la que era un niño, organizábamos las vacaciones a Galicia.

En aquellos tiempos, – finales de los cincuenta, principios de los sesenta-, el veraneo para mí era exactamente eso: pasar todo el verano en Galicia, concretamente en un pueblecito de pescadores de la costa de Lugo llamado Foz.

El viaje en sí ya era toda una odisea. En el Seat 600 íbamos mis padres, mi hermano, muchas veces mi tía la soltera y el Soroyo, el gato, que desde unos días antes ya se olía que algo pasaba porque veía mucho trasiego de maletas, de bultos y un revuelo inusual.

Recuerdo que usábamos un baúl de esos de tamaño extragrande. Allí metíamos la ropa de playa, las toallas, mis gafas de bucear (muy importante), mis aletas, la ropa de vestir, los zapatos…Una vez que se había llenado, manejarlo era como mover un muerto. Luego había alguna que otra maleta más y como el Seat 600 no se caracterizaba por su amplio maletero, todo debía ir en la baca. Allí se subía todo eso y se sujetaba con unos pulpos, unas gomas elásticas que terminaban en unos ganchos que servían para sujetarlo todo a las barras de la baca.

Con el fin de ganar unos minutos a la hora de partir, a veces mi padre, ayudado por mi hermano, bajaba por la noche las maletas al coche y las subía a la baca. Y allí se quedaban, en la calle, un “cul de sac” que dicen los franceses, una calle sin salida, donde los únicos que se llegaban hasta allí eran los vecinos del único bloque de viviendas que había, que era el nuestro. A pesar de todo, mi padre – siempre previsor – daba unas palmadas para llamar al sereno. El sereno era un individuo, generalmente ex policía o algo así, encargado de mantener el orden y la seguridad por las noches, al más puro estilo toledano en una obra de Lope de Vega. Dependiendo de dónde estuviera haciendo su ronda podía tardar más o menos, pero siempre aparecía haciendo sonar su chuzo contra el suelo y gritando “¡ya va!”. Después, se le daba una propina – él también pedía su aguinaldo por Navidad – y se le solicitaba que pusiera especial cuidado en que ningún desalmado se llevara nuestras maletas o incluso el coche.

La aventura como tal comenzaba a las cuatro de la madrugada. Por delante nos esperaban seiscientos kilómetros y una larga lista de paradas, sin contar las posibles averías y el tiempo en subir todos los puertos de montaña, comenzando por el de Los Leones, justo antes de salir de Madrid. No había autopistas, ni aire acondicionado en el coche, ni radio, ni GPS. Las carreteras de entonces, daban la sensación de haber sido bombardeadas unos días antes, dada la cantidad de baches, socavones y trampas diversas para los conductores que tenían. Así es que lo de levantarse a las cuatro de la madrugada tenía su lógica.

Los problemas empezaban antes de salir de casa porque el Soroyo se metía debajo de las camas y se ponía a bufar sacando la zurda, – como Casius Clay- y arañaba a todo el que intentaba atraparlo. Todavía tengo una cicatriz en mi mano izquierda del minino. Al final era mi madre la única que se hacía con el gato y lo metía en una cesta de viaje mientras él, intentaba salir tímidamente y no dejaba de maullar. Luego, cuando ya se había tranquilizado, mi madre – que llevaba la cesta del gato a sus pies – le abría la tapa y el Soroyo comenzaba a adueñarse del espacio y vagabundear por el interior del coche. Tan pronto se tumbaba en el frontal del coche a tomar el sol, como en la parte posterior o encima de los que íbamos sentados en el asiento de atrás. Era el único que se podía estirar todo lo largo que era.

Una vez ya en camino se trataba de armarse de paciencia y de alimentar las ilusiones con lo que íbamos a disfrutar en Foz. A veces – más de las deseadas – el 600, a pesar de que mi padre lo había mandado a revisar antes del viaje, daba sus problemas. Que si un calentón, que si hay que parar para que se enfríe el motor un poco, que si se ha roto una correa y tenemos que ser remolcados por un camión hasta el pueblo más cercano para encontrar un taller…En fin, una odisea.

También había que parar en los bares de carretera para desayunar, comprar el pan para la comida y una gaseosa y una botella de vino. Para comer, simplemente aparcabas el coche en el lateral de la carretera procurando encontrar una sombra bajo un árbol, mantener una distancia prudente con los camiones que pasaban por allí y te disponías a matar el gusanillo. Entonces mi madre, abría una cesta de mimbre, que era la que usábamos para los pic nic, y sacaba la tortilla de patatas, los pimientos fritos, los platos de plástico, los cubiertos y todo el resto de utensilios. Para satisfacer las necesidades fisiológicas menores, el procedimiento era el mismo: coche al arcén y ¡agua va!

Después de todo tipo de vicisitudes, contratiempos y retrasos, finalmente conseguíamos llegar a Foz entre diez y doce horas después de haber salido de Madrid. A veces, incluso más. Nos salían a recibir Lucio y su mujer Clotilde, quienes alquilaban la casa de protección oficial a los veraneantes, mientras ellos se iban a vivir junto con su hija, Pilar, a una covacha, junto a las cuadras de los animales.

Clotilde era una mujer de pelo canoso, pasada de kilos y unas gafas con gruesos cristales que le hacían los ojos más grandes. Hablaba en un tono muy alto. Al andar, se balanceaba como un marinero recién llegado de altamar. El que se pasaba tiempo en la mar, pescando, era su marido, Lucio. Un hombre enjuto, de pelo ralo y lacio, de voz aguardentosa y siempre con un cigarrillo en la comisura de los labios. Cigarrillo que siempre liaba con parsimonia, como todo lo que hacía y que era el origen de una tos que le salía de la caverna de sus pulmones. Lucio me enseñaba nudos marineros y luego yo los tenía que imitar. Era como un examen.

Desde la calle, situada en un pequeño altozano, se podía ver el mar. Se escuchaba el graznido de las gaviotas y a lo lejos, a veces, podías ver la llegada de los pequeños buques pesqueros que entraban en el puerto formando una pequeña hilera.

Después de descargar el coche, organizar la ropa, distribuir las habitaciones y demás, mi padre se quedaba un par de días a descansar y regresaba a Madrid, a seguir trabajando, hasta el mes de agosto que cogía vacaciones.

De aquellos veranos recuerdo a las mujeres que iban vendiendo la fruta que cultivaban en sus huertos. Directo del productor al consumidor. O sea, precios ridículos pero que a todos hacía feliz. Ciruelas claudias dulces como la miel, melocotones con sabor a melocotón, tomates y toda clase de productos del huerto. En ocasiones mis padres llamaban a algún chiquillo de los alrededores y le encargaban que trajeran cangrejos. Y el chavalín preguntaba “¿cuántos cubos?” y al cabo de un par de horas el crío venía cargado con dos cubos a rebosar de cangrejos, que pugnaban por escapar de aquella trampa. Luego, mi padre, le daba lo que el chiquillo le había pedido y una generosa propina que venía a contrarrestar el precio y que hacía feliz al chaval y a su familia.

Siempre que podía, acompañaba a Clotilde a su huertito. Allí cultivaba berzas para alimentar a los cerdos y a la mula. Yo iba encaramado a la mula, agarrado fuertemente a la anilla que tenía la silla de montar. Aquello se movía mucho más de lo que me gustaba, pero me sentía como John Wayne. Luego, al llegar al huerto que distaba unos cientos de metros de la casa, Clotilde me bajaba y yo me empeñaba en sacar las patacas con una horquilla, pero como era un niño de ciudad, al final siempre clavaba una de las horquillas en las patatas y Clotilde me quitaba el arma de las manos porque decía que las estaba estropeando.

Me encantaba dar de comer a la mula en su establo y a los pollos a través de la reja. Lo que no me gustaba nada era cuando Clotilde cogía un pollo o una gallina, y le cortaba el pescuezo, dejando que el animal se desangrara sobre la tierra. Y ni te cuento cuando el elegido era uno de los cerdos. El escándalo que se organizaba hacía que me escondiera dentro de casa para no escuchar los alaridos del pobre animal. Por mucho que Clotilde insistía en que me debía acostumbrar, nada de nada.

Lucio, Clotilde y su hija Pilar – que era una chica de dieciocho años, preciosa, rubia, alta y con ojos azules – muchas veces me invitaban a comer con ellos, pidiendo permiso a mis padres. Yo me lo pasaba en grande con ellos. Me hablaban de los animales, del huerto, de pescar en el mar. Me enseñaban montones de cosas que no sabía ni que existían. Disfrutaba de los animales y de su compañía. Para un niño de ciudad que era tan pequeño que ni siquiera iba al colegio, aquello era todo un mundo apasionante. Siempre me inundaron de atenciones y de cariño, justo lo que yo no tenía.

Un día que comí con ellos, eran las fiestas del pueblo y de postre habían comprado un brazo de gitano. La mala suerte quiso que al pastelero del pueblo se le estropeara su trabajo, seguramente por no disponer de cámara frigorífica suficiente y el pueblo enteró se intoxicó. El pueblo entero y yo.

Yo debía tener tres o cuatro años y tenía una colitis aguda de campeonato. Con casi cuarenta de fiebre, estaba hecho fosfatina. Mi padre juraba y perjuraba que si se cruzaba con el pastelero le iba a tirar al mar, pero con las manos y los pies atados a la espalda. Y el pobre Lucio, se sentía culpable por haberme invitado a comer el dulce, y el hombre, no se separaba del umbral de la puerta de mi habitación, mientras a duras penas controlaba sus lágrimas y era mi padre quien le consolaba a él.

En la playa, además de estar dentro del agua hasta que me sacaban con los labios morados de frío, jugaba al fútbol. Un amigo del grupo era el por entonces entrenador del Lugo y yo me dedicaba a centrarle balones para que los rematara. Al final, se hacía un corro a nuestro alrededor. La gente se acercaba a ver cómo un enano que no levantaba un palmo del suelo colocaba la bola en donde había que colocarla, como si fuera un profesional.

Al llegar septiembre, tocaba regresar a Madrid, tanto por el trabajo de mi padre como por los estudios de mi hermano. Para mí aquello era terrible. Tardaría un año en volver a Foz, ir con Clotilde al huerto o dar de comer a las gallinas. Un año hasta que Lucio me enseñara nudos nuevos. Un año hasta volver a jugar al fútbol en la playa. Regresaba a Madrid negro como un tizón y mezclando palabras en gallego y con acento.

Muchos años después, ya de adulto, he visitado en un par de ocasiones Foz y a mis seres queridos allí. Fue muy emocionante comprobar la reacción de todos ellos cuando de repente, se les acerca un señor y tan sólo les dice: “soy Carlitos. De Madrid”. De repente vienen de golpe cuarenta o cincuenta años de atrás y se colocan delante de nosotros.

Foz y sus gentes, entraron en mi corazón y nunca salieron de él.

Los viajes de hoy, ya no son como los de antaño. Ya no hay Seat 600; los coches llevan música, GPS, aire acondicionado y vídeo incorporado para que los niños no se aburran. Hoy en poco más de cinco horas, atravesando montañas, túneles o puentes perfectamente asfaltados, llegas sin demora a Foz. Y si paras por el camino a tomar un café, lo haces en un área de descanso ultramoderna, con gasolinera, restaurante, cafetería, baños limpios y aire acondicionado en el interior.

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