PIEL by Pedro Martínez de Lahidalga

el

Nada hay más profundo que la piel ” (Paul Valéry)

 Venía de ver en el Kursaal de San Sebastián la propuesta de la artista palentina Marina Núñez bajo el sugestivo título de Sin piel, exposición concebida específicamente para la sala Kubo, que nos adentra en un universo visual desde donde llegar a cuestionar las fronteras entre la naturaleza, el artificio y el hombre -la mujer, para el caso- dejando así, como el que no quiere la cosa, difuminados los límites de la propia identidad. Cuerpos flotando en la ambigüedad de lo liminal, esa zona en la que algo deja de ser lo que es -lo que era- para transformarse en otra cosa, fluyendo a través de la parte más humana de nuestro cuerpo -la piel- esa recurrente frontera que, a la misma vez que nos aísla, nos conecta con el exterior. Mientras transito esa aparente dualidad, en mi condición de persona “profundamente superficial” (Warhol) que huye de los enredos de lo superficialmente profundo, busco la dimensión insondable en esas vibrantes experiencias corporeizadas a través de la envoltura que nos cobija: la piel.

 En el contexto de lo que nos está tocando vivir, no podremos negar que la ciencia y la tecnología influyen de manera radical en nuestra forma de entender la realidad, y más que lo van a hacer en un futuro que -en ese sentido- se vislumbra arrollador. Como reflejo de ello, el arte de los nuevos medios o Media Art (como en buena medida es el caso de la exposición referida) manifiesta esa especie de dermatología general o arte de las superficies, encarnando el cuerpo humano como un pliegue más de la propia materia-imagen en su relación directa tanto con la naturaleza como con las máquinas para, asumidas las simultáneas interacciones entre arte, ciencia y tecnología, emerger como algo nuevo y distinto; hibridación en la que nuestro substrato material no parezca gozar de una mayor entidad -posibilidad de lo real- que la virtualidad de la propia estructura simbólica que lo articula. Ante esta brusca y creciente dificultad por llegar a reconocernos en nuestro propio pellejo, no tendremos más remedio que avivar los sentidos como única arma disponible con la que intentar salvar el frágil equilibrio que configura todo organismo, en su conjunción con la fina madeja de singularidades efervescentes que conforman esa ilusión a la que inexorablemente nos aferramos -como el que se agarra a un clavo ardiendo- y que llamamos individualidad.

 Hace ya algún tiempo -en Cuerpos– dejé esbozada una visión irónica, que no frívola, sobre la fenomenología -más que sobre la ontología- del cuerpo. Era un intento (ingenuo) por superar las polarizadas concepciones puramente idealistas o materialistas tradicionales, posicionándome junto a las “modernas” tesis tendentes a integrar las experiencias corporales y/o reflexivas como lances constitutivos de una misma y única naturaleza humana: el cuerpo. Un delicado trayecto, para mí inescrutable, desde la fenomenología hasta una supuesta ontología del ser, o a la inversa. Hoy, no sé si tendría mucho sentido plantear tales disquisiciones desde tamaña grandilocuencia retórica -ya nos han dado la suficiente tabarra toda esa tropa de estructuralistas y constructivistas al uso- sólo apuntar la, para mí, sugestiva tesis de Jean-Luc Nancy (acompañado por esos nuevos realistas especulativos) que colocan las pulsiones del cuerpo, sus vibraciones, su morfología, su epidermis… como las auténticas y primitivas fuentes capaces de dotar al personal de una posición no sólo ética, sino también -y fundamentalmente- estética en la constitución de su subjetividad. Dicho en román paladino: la importancia sustancial de nuestra piel y todo lo que le cuelga en la construcción del Yo, o sea.

 En cualquier caso, filosofías y bromas aparte, hablábamos de la necesidad insoslayable de mantener bien despiertos los sentidos para poder adentrarnos con alguna salvaguardia por esos laberintos de tan profunda levedad. Ámbitos que -como ya nos avisara el gran Kundera- aún insertos en insignificantes apariencias, con el tiempo acabas descubriendo que precisamente allí, entre esos entresijos de la epidermis y no en las ampulosas elucubraciones metafísicas, es donde se esconde lo esencial de nuestra existencia. Entiendo por ello oportuno referirme aquí a “La fiesta de la insignificancia” su, por ahora, última novela (escrita desde la sabia jovialidad de sus envidiables ochenta y cinco años del momento) y donde el autor, sorteando esas trampas de la retórica o de la solemnidad, se mueve con humor por las modestas –para nada desdeñables- superficies de lo humano evitando el dominio de las grandes construcciones intelectuales, esas que -invocando la excelencia o la necesidad- terminan por justificar la barbarie. Una oda, al fin, de exaltación a la vida y a lo que en ella acontece sin mayores estridencias; una “fiesta de la insignificancia” propia de un ser humano que ama sin saber porqué, desea sin entender qué le mueve y espera sin albergar certeza alguna: tú en tu propia piel.

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