Onto-ética y Filosofar by Gustavo Flores Quelopana

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Parte 01

Si la filosofía es una necesidad existencial es porque responde a la estructura onto-ética del hombre. Si el hombre en su existencia filosofa es porque contesta al llamado de su propia esencia de índole filosófica. Y si contesta a dicho llamado entonces el hombre es criatura filosófica no a partir de los griegos, sino a partir de su propia condición humana, o sea muchísimo tiempo atrás. Pero cómo respondió el hombre al llamado filosófico desde tiempos muy remotos. El hecho que la criatura humana haya contestado de distinta manera a la convocación de la filosofía no significa incurrir en un relativismo filosófico, porque histórico y relativo habrá sido la respuesta humana a la filosofía, pero su llamado es permanente e invariable. La forma de la filosofía puede variar, pero su fondo es invariable. Y ese fondo invariable que está detrás de la búsqueda de la verdad es la estimación misma de la verdad. El hombre es una criatura filosófica por excelencia porque estima y aprecia la verdad, siente la necesidad espiritual de la verdad desde el fondo de su ser, pero su respuesta es variable. Y esto se dio desde la prehistoria hasta el presente. En mi libro La Filosofía Prehistórica abordé la más remota manifestación filosófica en el homínido. Su expresión la denominé filosofía numinocrática, y quedó divida en tres periodos: pre-animista, animista y espiritualista. Y en otra obra (Teoría general de la filosofía) organicé la exposición en torno a tres teorías sobre el origen de la filosofía, a saber, la teoría restringida -su origen es Grecia-, la teoría ampliada -su origen es mítico- y la teoría ampliada -se remonta a la prehistoria-. En este sentido, se puede distinguir cinco formas que asume la respuesta histórica ante ese fondo filosófico del hombre, a saber: la forma numonicrática, la forma mitomórfica, la forma mitocrática, la forma logocrática y la forma virtual.

La primera gran forma filosófica desde la estructura onto-ética es lo numinocrático. Lo numinoso es la primera noción de lo trascendente como lucha de la Vida y la Muerte, como fondo de la Vida en lucha contra la muerte es percibido como algo numinoso, sagrado, misterioso. Se percibe el mundo en una extraña mezcla entre lo que es inmanente y lo que es trascendente, en una realidad que se presenta como numinosa. Esta idea de lo numinoso como lo sagrado en un horizonte mental de hace 2 millones de años, es que todavía no hay distinción entre un dios personal y un dios suprapersonal, ni entre lo sagrado y lo profano, ni lo sagrado y lo divino. No es una concepción animista, donde ya se tiene claro la presencia de un alma o un principio vital en todos los seres, objetos y fenómenos. Es más bien un presentimiento pre-animista de orden metafísico, donde lo numinoso se extiende misterioso sobre mundo entero. La forma numinocrática se remonta al Homo habilis. Muestra haber pensado sobre el sentido de la vida y del mundo. Son los primeros filósofos de la especie humana. Brota lo filosófico en ellos no sólo como actitud sino también como aptitud. El Homo habilis pensaba y mucho. No sólo es el primer gran inventor, sino el primer pensador. No tiene respuestas conceptuales ni complejas, pero implicaban ideas que concernían al sentido mismo de la vida. El ser un gran fabricante de herramientas es habituarse a tener el “ser a la mente”. El ente intramundano lo lleva avizorar el ente extramundano. Con él nace el ser ideal que proyectado sobre el mundo le permite un mejor dominio del mundo. Al pensar en la forma de tallar sus piedras pensaba también qué significaba morir y vivir. Con el Homo habilis brota el primer horizonte pre-animista. No sólo talló piedras, sino que elaboró un pensamiento arcaico sobre el sentido del mundo. El Homo habilis con la invención de la industria de piedra opera un descubrimiento en tres niveles: la   existencia, la verdad y lo bueno. En el orden de la razón su intelecto aprehende la importancia privilegiada de un determinado ente, a saber, la piedra cortante. En segundo término, su intelecto aprehende que conoce el ente. Y, en tercer lugar, aprehende lo que desea. Lo primero es la razón de ente, lo segundo la razón de verdadero y lo tercero la razón de lo bueno, en este caso ubicado en la cosa. Lo verdadero y lo bueno están en la realidad, los encuentra en ella. La especie homínida desde los tiempos más inmemoriales ha sentido esa dulcísima eucaristía de unidad universal que es la filosofía. Está en su ser, es su ser, como   sello indeleble de una criatura destinada a conocer y sujetar el mundo con su razón. Para conocer la universalidad de la filosofía es preciso cercar las huellas de la criatura filosofante en su proceso de humanización y hominización. La paleoantropologia reserva la existencia de ideas trascendentes al hombre moderno, luego ha reconocido su extensión al homo sapiens neandertal. Abundan los animales que usan herramientas, pero no crean cultura. Por lo tanto, no es el bipedismo, ni el mayor tamaño del cerebro, ni la capacidad de fabricar instrumentos, ni la posesión de lenguaje gramatical, lo que lleva a la condición humana al pensar filosófico, sino su esencia onto-ética. Si hay algo de fascinante y encantador en el Homo habilis no es el de poder imaginárnoslo sentados labrando sus lascas, sino anticipando la forma a la materia. He aquí la manifestación de su espíritu intelectivo, de lo que lo lleva a la humanidad. El descubrimiento de un universal perceptual –probar el cortante-, intuitivo –seleccionar la piedra correcta- y lógico –tallar para cortar- sería lo característico del Homo habilis. Pero ser carroñero supone una distinción meridiana entre lo que está vivo y lo que no lo está, es decir lo muerto. Lo vivo y lo muerto son las dos categorías opuestas que necesita distinguir el carroñero Homo habilis. El poder que le ha conferido la piedra tallada sobre lo muerto para convertirla en medio de vida tuvo que haber labrado un ideario sobre el sentido de la vida y del mundo. El Homo habilis no era un autómata que descarnaba y deambulaba hacia su próximo carroñeo, sino que era un ser pensante. No sólo pensó en la forma de tallar sus piedras, sino también qué significaba morir y vivir. No se han hallado manifestaciones de pensamiento simbólico ni enterramientos del Homo habilis, pero eso no significa que no hayan tenido una idea de la muerte y de la vida, o que no hayan homenajeado a sus muertos. Un canto, una danza, un dibujo sobre la arena no dejan huellas, no son rastreables. Es improbable que no haya elaborado alguna idea sobre el sentido de la existencia cuando lo que caracteriza al hombre es justamente eso, pensar. Aquí hallamos cómo en la metafísica más arcaica de la humanidad la idea de la Vida debe imponerse en su lucha contra la muerte. En el Homo habilis se daría la primera noción de lo trascendente como lucha de la Vida y la Muerte. No vemos configurarse en el Homo habilis un mito sobre la Piedra, sino otro sobre un dualismo básico que gira en torno a la vida y la muerte. Ese sería el significado de dejar piedras talladas junto a osamentas. La paleoantropologia científica nos ofrece una imagen estereotipada del Homo habilis, como mero galeote del tallado pétreo, sin el más mínimo rastro de vida espiritual. La imaginación es la bisagra entre la percepción y el pensar. Y su resultado gnoseológico es el concepto-imagen, distinto al concepto lógico. Esto significa que las dos caras de la percepción están dirigidas a pensar el ser del ente intramundano que sale al encuentro no sólo como «ser a la mano» y «ser a la vista», sino como «ser a la mente» y, en consecuencia, metaempírico y universal. Por la imaginación el Homo habilis tiene el «ser a la mente» de la piedra que requiere. Aquello no está en el mundo, pero lo estará a través suyo. La importancia de la vida sobre la muerte para el Homo habilis es el fondo mismo de su mundo percibido. Ese fondo de la Vida en lucha contra la muerte es percibido como algo numinoso, sagrado, misterioso. Lo numinoso, definido por Rudolf Otto, en su libro Lo santo, como «experiencia no-racional y no-sensorial o el presentimiento cuyo centro principal e inmediato está fuera de la identidad», se presta de modo incomparable para describir la experiencia que tiene el Homo habilis de aquello invisible que debe continuar llamado Vida y Mundo. Lo numinoso es la manifestación más arcaica de lo sagrado y por eso es aplicable a la experiencia del Homo habilis. El homo habilis representa el Primer Periodo de la Edad de la Metafísica Numinocrática. No es que tuviera la idea de lo trascendente, sino que aquello que configura la idea de lo trascendente es lo numinoso en lo inmanente. Para el Homo habilis el mundo no es inmanente, tampoco trascendente, es más bien extraño y misterioso. De entre todas las cosas extrañas le concita mayor atención la Vida. El centro de su cosmos no es lo humano, ni lo inerte, sino lo vivo. Para comprender esto se requiere una paleofilosofía presidida por una hermenéutica metafísica. No se puede hablar en general de la conciencia del hombre del paleolítico sin abarcar formas de conciencia tan disímiles como las del Homo habilis, Homo erectus, Homo sapiens Neandertal y Homo sapiens sapiens. Todas ellas tienen sus matices. Identificar lo paleolítico con lo inmanente sin ninguna clase de trascendencia aparece demasiado forzado, racionalista y secularizado. El Homo habilis percibe lo numinoso pero el mismo no es todavía configurado como el gran Espíritu en la naturaleza, no vive aun en una atmósfera animista, sino pre-animista. El Homo habilis no es un ser ontológico como el griego y medieval, ni epistemológico como el moderno. El Homo habilis es un ser vital asido por lo numinoso. Sus preocupaciones pre-animistas se refieren a lo numinoso que está en él y en el mundo. Ello no se vierte en una preocupación cosmológica ni antropológica. Por eso no es cierto que las grandes preguntas filosóficas que afectan al ser humano sólo comienzan con la escritura y el pensar conceptual-abstracto. Esta confusión conceptolátrica no entiende que el hombre de todos los tiempos, incluido el prehistórico, siempre estuvo asediado en su existencia y pensamiento por las preguntas límite del misterio del mundo. Por ende, el pensamiento humano no necesita llegar a la fase del concepto lógico para afrontar las preguntas últimas sobre el sentido del universo. Pues el pensamiento-imagen y el simbólico también lo hacen. La filosofía es una necesidad existencial que brota de su estructura onto-ética. Y las necesidades existenciales son de carácter espiritual y no biológico, teórico, psíquico o social. La filosofía prehistórica tiene como Segundo Período la llamada edad de la metafísica numinocrática animista, del homo erectus de hace 2 millones a años a 70 mil años. Con él adviene el animismo. Tres son los grandes avances de esta nueva especie hombre: cambio en la tecnología de la piedra o la llamada industria achelense, el uso del fuego y el inicio de la caza. Pero el desarrollo de nuestra estirpe no solo se caracteriza por el despliegue de la razón funcional o instrumental a través de las herramientas líticas, sino también por el avance de la razón substancial o simbólica en su vida espiritual. Por primera vez lo numinoso ve adquirir una manifestación concreta en objetos inanimados o fenómenos naturales. El antropólogo E. B. Tylor (Cultura primitiva) lo propuso como definición mínima de religión y creencia en seres sobrenaturales. Entraña la creencia en almas, fantasmas, posesión demoníaca, brujería y magia. No obstante, aquí cabe una observación. Da la impresión de que Tylor da un salto muy brusco desde el animismo a la creencia en las almas. El paso de la conciencia pre-animista –que ve lo numinoso de modo difuso en la naturaleza- a la conciencia animista –que ve lo numinoso en determinados fenómenos concretos- no implica necesariamente de golpe la concepción de la idea del alma individual, ni la creencia definida en seres sobrenaturales. Se corresponde con un estado intermedio, donde la definición mínima de religión signifique la creencia en un símbolo icónico general de relación con la naturaleza. El ser animado o inanimado del que dice descender la tribu del Homo erectus implica una relación especial con las fuerzas naturales, animales o plantas. Se trata de adoración sin religión. Todavía no aparece el brujo o chaman del que habla Claude Lévi-Strauss (El pensamiento salvaje), sino lo que se tiene es un proto-chamán o proto-brujo, que determina de modo grupal el tótem en cuestión. Incluso el dominio del fuego por el Homo erectus puede llevar a esta fuerza natural a una especie de adoración totémica singular. Lo que representa un salto mental significativo. Se trata de una filosofía numinocrática animista de primera instancia, o sea adoración sin religión, ni creencia en seres sobrenaturales, ni idea del alma individual. El animismo de primera instancia es la apertura de un mundo mágico con proto-brujos y proto-chamanes. La magia es anterior a la religión, pero no implica la existencia inmediata de magos y chamanes, y esto se puede afirmar en contra de las ideas de Frazer (La Rama Dorada). El proto-mago fue el filósofo numinocrático del Homo erectus por milenios. El animismo alumbra de inmediato no alumbra de inmediato la idea del alma y menos del alma individual. Las visiones en el sueño del hombre muerto por el Homo erectus no lo llevaría de forma inmediata a concebir la existencia del alma después de la muerte. Esta idea compleja requiere de una separación más nítida entre el mundo de lo inmanente y el mundo de lo trascendente. No aparece con el Homo erectus. Con él no finiquita la filosofía intuitiva numinocrática, la que expresa con conceptos-alegóricos y no mediante conceptos-representativos. Pero los conceptos-alegóricos son transreales, van más allá del mero sentir y es identificación del alma con las fuerzas creadoras de la vida.

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