La vida no es bella -el anticoach-

el

by Ana de Lacalle

Hace años tuve la ocasión de ver la renombrada película y a mi juicio recomendable “La vida es bella”. En aquel momento no recuerdo qué me indujo a visionarla, porque el título debía repelerme tanto como lo hace ahora, por frívolo, falseador y de cuento de hadas. El caso es que acudí y me sentí vapuleada por el romanticismo, la certeza de lo que debe ser hecho, la entrega y el amor de un padre que no ve el límite para darle lo mejor que tiene, y lo que no tiene, e inventa a su hijo. Quizás con el propósito de que en el interior de su pequeño se construya una visión benévola de la vida que le permita querer vivir, sin lo cual la existencia es una condena a muerte. La posibilidad de que su niño pudiera atisbar el horror en el que se encontraban hizo que el protagonista, rebosando de creatividad y sentido del humor, transformara la realidad en que vivían en una simple competición de equipos, sin más trascendencia que ganar un tanque. Un juego de niños.

Acabado el film te bullen cuestiones sobre si hay que educar a los niños ocultándoles la realidad y haciéndoles vivir en un mundo edulcorado. Pero, evidentemente no era una realidad cualquiera la que manejaba el hábil protagonista. Su decisión hay que ubicarla en la responsabilidad que tenemos los padres de posibilitar que nuestros hijos crezcan con una estructura de la personalidad sólida y evitar, ahora sí, esas experiencias que no son apropiadas y si devastadoras para un crecimiento estructurador.

Personalmente, me conmovió el amor y la entrega absoluta que realiza de su vida el padre para bien y beneficio de su hijo. Todos o muchos podemos haber vivido experiencias traumáticas que nos hayan hecho palpar el lado más oscuro de la vida, pero amar a nuestros hijos nos exige ser quizás capaces de mostrarles ese lado benévolo que a lo mejor nos es inédito. Tenemos la presencia de nuestros hijos para nutrirnos e intuir algo de ese amor que se nos ha negado.

Desearía que mis hijos, ya algo crecidos hoy, puedan sentir que de pequeños ganaron un tanque.

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