EASO by Pedro Martínez de Lahidalga

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De una ciudad no disfrutas las siete o setenta y siete maravillas, sino la respuesta que da a una pregunta tuya ” (Italo Calvino)

 Soy de los que piensan que, en la vida -como en la literatura- hay que intentar a toda costa evitar los lugares comunes. Para el caso, librarse del cliché de lo bonita que es San Sebastián repetido por propios y extraños como una letanía que, en su machacona insistencia, termina resultando cargante. Reacción pareja al repelús que llegan a producir ciertos niños repipis (pobrecitos) cuyas madres te restriegan sin medida ni pudor lo guapos y listos que son, condenándolos sin remisión a la antipática condición de repelentes. Sea por una vez, saltando a la torera mis propios principios, me dejo llevar por el topicazo y doy en hospedarme, acompañado de mujer e hija, en el icónico Hotel de Londres (tal como Mata Hari lo hiciera con alguna frecuencia durante la Primera Gran Guerra) y donde -con el regusto añadido que presta la condición de forastero- aún nos es dado desayunar en la cama frente a un balcón abierto con vistas a ese milagro permanente de La Concha para así, entre sorbo y sorbo de café, aspirar a bocanadas la primaveral brisa de abril que penetra desde la bahía. La Bella Easo, o sea.

 Retorno cíclicamente como un visitante más a la tan cercana San Sebastián, que fuera conocida como la “pequeña París” en aquella etapa dorada de una Belle Époque tardía. La cara alegre de un tiempo feliz lleno de glamour que ocultaba -como ocurre con todas las épocas- un reverso algo menos esplendoroso. En Europa había finalizado la guerra franco-prusiana y en el París fetén, así como en Niza o Biarritz, se vive la paz desde el optimismo de una burguesía industrial cada vez más influyente y dispuesta a consolidar las libertades de su tercera república. Liberada nuestra pequeña ciudad –por entonces liberal- de la última ¿penúltima? carlistada, le llegará el rebote -versión española- de aquél Grand Tour europeo en su formato de ciudad balneario para veraneantes con posibles: nobles e ilustres -que no ilustrados- aristócratas y financieros junto a profesionales, políticos, funcionarios, banqueros, fondistas… Especie que propiciará ese ambiente social tan denostado en su tiempo por el ínclito Pío Baroja -uno de sus insignes hijos- al considerarlo propio de advenedizos y vividores (rastacueros los llama, por incultos aunque adinerados). Al fin y a la postre, cortesanos llegados al rebufo de la reina regente Mª Cristina; la misma que diese nombre al nuevo puente sobre el Urumea y más tarde al gran hotel ubicado en su desembocadura, edificado a la par que el renaciente teatro Victoria Eugenia, la venidera reina consorte y, por ende, su (de ella) nuera sobrevenida.

 Huellas de un tiempo pasado, en cualquier caso. Hoy, la primaveral mañana invita a dar un garbeo por el Paseo Nuevo y así, llegados al rompeolas, bordear la costa a mar abierto bajo las faldas del Urgull y volver por el recoleto Paseo del Muelle hasta regresar, tentempié mediante, a los recurrentes y recurridos dominios de La Concha. A mí, como a una gran mayoría de los mortales, la sola contemplación del mar -cualquier mar- me sirve como relajo del espíritu mas, en este litoral cortado de acantilados, siento que me oprime una cierta tensión que achaco a la grávida presencia telúrica que baja desde las montañas. No digamos ya cuando, doblado el cabo, te vienes a topar con la monumental Construcción Vacía de Oteiza, escultura envuelta en una buscada paradoja al proponer la ocupación de un enorme espacio vacío como si de una desocupación simbólica se tratara. Una pieza que, en su constructivismo formal, es digna de consideración pero que, conocido el chamanismo que gastaba el personaje, su contemplación nos remite sin remedio a ese pretendido significante último -tan cansino como peligroso- de querer encarnar la sacra representación de un tótem ancestral, de un alma mítica como enseña y símbolo de la tribu.

 Perturbación que, a pesar del indudable paralelismo de origen entre ambos creadores, no ocurre con El Peine del Viento de Chillida, su contrapunto al otro lado de la bahía. Aún recuerdo la fascinación que me hubo provocado -tiempo ha- en mis paseos por el lugar aprovechando las esporádicas comidas de trabajo en el cercano Club de Tenis. Esa conjunción armoniosa que transmite el lugar no se puede explicar, pues guarda para sí una cualidad de frontera abierta en su transición desde la ciudad hacia ese poderoso horizonte por descubrir. Un paraje indefinido cuyos límites improbables entre el artificio escultórico –incluida la transmutación arquitectónica de la plaza- y la propia naturaleza: las rocas, el oleaje de un mar bravío, la bruma, el viento… exigen ser interpretados libremente por el observador desde su experiencia personal e intransferible, en todo caso, única. El mediodía había dejado una mar calma que no invitaba a hacer el esfuerzo de atravesar la bahía para ritualizar la visita, así que abandonamos el entorno del puerto trocando el prometido tentempié en la Parte Vieja por un sosegado aperitivo en alguna de esas terrazas abiertas al paseo de la playa.

 Mientras trasegamos un segundo txakolí aposentados en el terrado de la antigua Real Casa de Baños vemos asomar, por entre los ralos claros de las nubes costeras, un tímido resol que atempera la fresca brisa e invita a no alejarse de ese entorno tan sugestivo. Así, desafiando una amenazante llovizna, nos disponemos a comer bajo los toldos en uno de los aterrazados cenadores de La Perla, frente al mar de Santa Clara. Sé que me lo tengo que hacer mirar, pues he de confesar que en esta ciudad doy en cometer pecado de lesa trivialidad y es que, todo lo que de ella me atrae coincide casi al dedillo con las convencionales guías para turistas que distribuyen las turoperadoras, si no con la propaganda misma de las tantas fundaciones locales u otros chiringuitos parecidos, a saber: el espectáculo de la bahía con las playas de La Concha y Ondarreta, la romántica huella aportada por la ya remota arquitectura de su particular Belle Époque (el citado hotel María Cristina o el teatro Victoria Eugenia, el antiguo Casino, el palacio de Miramar, el edificio de la Diputación Foral…) o, cómo no, el sofisticado ambiente comercial del Centro -el Ensanche del XIX- por donde pulula una burbujeante burguesía muy estilosa (ñoñostiarras creo que les llaman) sobre una bien dispuesta trama reticular de edificios residenciales que armonizan con un paisaje urbano de por sí muy equilibrado. Un planeamiento que ya en su día resolvió magistralmente esa unión de la antigua ciudad en su encuentro con la desembocadura del Urumea o, por el oeste, con el arranque de La Concha y Miramar.

 Aunque bien es verdad que la Donostia actual me viene pareciendo una ciudad más amable e igual de bella, para los que (como Bataille) hemos olido el mal, el Bulevar –la así llamada Alameda del Boulevard- marca la frontera de dos mundos distintos donde el recuerdo retrospectivo de aquél territorio comanche que hasta anteayer fuera la Parte Vieja, no deja borrar de nuestra memoria los restos más o menos incorruptos incrustados en la guarida de la serpiente. En definitiva, la huella indeleble de un pasado reciente que no debiéramos olvidar y que nos desbarató, ya para siempre, cualquier tendencia ingenua o lírica de ver y entender el mundo. La tarde va cayendo hacia el otro lado de la ría y nos avisa que es tiempo de regresar a nuestros dominios junto al mar. Atravesamos la plaza de Guipúzcoa en dirección a los emblemáticos jardines de Alderdi Eder a los que la cálida luz del crepúsculo reafirma en su apelativo -Lugar Hermoso- con un alarde de tulipanes tardíos asomando por entre los tamarindos.

El nuevo día amanece sobre un mar matizado de grises por una bruma que suaviza en plata la arquitectura del antiguo balneario, mostrando el sesgo apolíneo de ese Cantábrico vertical y gris, en contraste con el evocador y dionisíaco Mediterráneo, horizontal y azul. Como Baroja apuntara, yo también preciso de esos dos balcones para mirar al mundo, no otra es la razón por la que me siento atraído por las interpretaciones cruzadas, complementarias por tanto, de esos creadores idos y venidos de tan dispares universos. Viene al caso la representación que de este mismo mar verde-gris realizara el luminoso Sorolla o, en sentido contrario, la sensualidad que se le despierta a nuestro tantas veces tenebroso Zuloaga en las semblanzas andaluzas (como ese retrato de la Mujer de Alcalá de Guadaira) de su etapa sevillana, fusionando las distintas formas de concebir la vida y, por extensión, el mundo.

 El fin de semana llega a su fin y, como refiere nuestro citado autor de Las ciudades invisibles o Si una noche de invierno un viajero, he llegado en disfrutar de la ciudad por mí percibida, no de supuestas o reales maravillas, en función de la respuesta dada a una pregunta propia. Impresiones de esa dualidad aquí relatada y que son las que me llevo de este circunvecino lugar tan cercano y, a su vez, lejano en la memoria.

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