MADRILES by Pedro Martínez de Lahidalga

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Oyente, si tú me ayudas / con tu malicia y tu risa, / verdades diré en camisa, poco menos que desnudas ” (Quevedo)

Siempre que voy a Madrid me recuerdo como aquél estudiante que, cuando entonces, arribara a la gran ciudad advertido de un perceptible aire paleto y al que inopinadamente, casi sin querer, se le fuesen borrando -al menos a la vista- las traicioneras marcas de la boina al tiempo que se desprendían otras divisas no menos delatoras, esas que cuelgan de los propios prejuicios como si de inseparables compañeros de viaje se tratasen. Así es como, modernizado adecuadamente, al correr de los años seguí frecuentado la capital del Reino con renovado desparpajo social y también ¿porqué no decirlo? cultural. Actitud en nada parecida -más bien contraria- a ese incívico modus operandi  desplegado por la mayoría de los tantos y tan achispados turistas que, cual rebaño, vemos hoy abrevar en las numerosas tabernas que salpican las itinerantes cañadas trazadas por las turoperadoras. Heme aquí pues una vez más, sin agencia que pastoree mi gira, dispuesto a dejarme sorprender por este gran poblachón manchego (Azorín) que esconde intramuros diversos e inesperados Madriles.

 La suerte va por barrios y esta vez -siempre hay una primera vez en la vida- me ha tocado recalar en el “bajomadrid” de La Latina, junto al Rastro (ese Museo del Prado puesto al revés, al decir del inolvidable Luis Carandell) a diez minutos andando del viaducto de Segovia ¡vade retro! el mismo donde -en ese oscuro y terco afán que empuja al personal a alejarse de la realidad- tanto asomaron la gaita aquellas viejas vanguardias de entreguerras para, desde allí, intentar atisbar sus abstraídas propuestas futuristas y, ya de paso, acabar suicidándose aprovechando -en caída libre- los veintitantos metros del puente (luego, finales del pasado siglo, el Ayuntamiento puso término a ese entretenido espectáculo de desmadrado nihilismo colocando unos metacrilatos). Aparte la dificultad del plexiglás consistorial, lo cierto es que hoy la gente ya sólo se suicida -solitaria, silenciosamente- por aburrimiento, perdida toda motivación y sin mayor ceremonial. Una pena.

 Tras estas primeras consideraciones más o menos filosóficas tenidas al paso, doy en aterrizar en uno de esos tantos apartamentos turísticos de dudosa licitud municipal donde, una vez instalado, observo desde el balcón que, justo enfrente, despacha un asador de pollos de una cierta o aparente solera, evocador de aquéllos que veíamos proliferar en los felices setenta. Rejuvenecido por el recuerdo, bajo a una calle merodeada de filibusteros y al poco, en la mismísima esquina con Santa Ana, se me aparece como por ensalmo un primer e inesperado templo salvífico. Por decir, uno de esos genuinos bares de barrio cañí que aún se mantienen puros y sin modernizar, aureolados por la pátina del tiempo y cuya sola contemplación ya nos explica su propia historia: la vieja cafetera italiana de palanca junto a una plancha tostadora vintage requemada, los sospechosos jamones de confianza colgando bajo un techo solanesco, la vitrina charcutera incrustada sobre el mostrador de un mármol muy trabajado, los barriles de cobre con cardenillo rematados por unos grifos de época dispensadores de cerveza y vermú casero… componen un decorado de ambiente que escenografía el cuadro de unos parroquianos en animada tertulia con el dueño del mesón, a más de otros allegados sentados alrededor en sillas de enea. La visión, en definitiva, de ese propiciatorio lugar donde ritualizar nuestros próximos y oportunos desayunos madrileños.

 Venía pensando que, de aquellas mis primeras y ¡ay! tan lejanas escapadas, el único lugar por aquestos pagos (rastros aparte) del que creo mantener un cierto, aunque vago, recuerdo juvenil y marchoso es el del café La Bobia; un garito resuelto en plan art déco con aquel espíritu after hour tan a la moda -finales de los setenta- ubicado en uno de los tantos y descuadrados rincones en torno a la plaza de Cascorro. La tal madriguera era frecuentada en aquellos entonces por la llamada “movida” madrileña, reverso de aquel otro “movimiento” (finado de muerte natural) que recién veníamos de enterrar. Por esos alrededores andábamos cuando oigo que el establecimiento en cuestión, perdida su condición chic, habría adquirido un nuevo aire astur (fabada, cachopo, cabrales y todo esa pesca) mas, aún sabido esto, consigo evitar la nostálgica tentación de ponerme a buscarlo. Por mayor excusa, mis queridos acompañantes (mujer, hija y su novio J) llevaban toda la mañana intentando disuadirme a empellones por ir a comer en un restaurante mejicano -muy top, eso sí- asomado a la peculiar plaza para, vencidas mis reticencias, terminar degustando guacamole, nachos con queso, tacos marinos de pez mantequilla o calamar… y rematar con unas crepas de cajeta al tequila. Perdonados quedan.

 Tengo por añeja tradición reservar las noches de la villa para acudir al teatro. En cualquier caso, espectáculos que siempre procuro ajenos a los tan convencionales circuitos más o menos oficiales u oficiosos que por aquí proliferan. El último que recuerdo fue “La vuelta de Nora”, que ya dejara glosado en Portazos -con la proverbial Aitana Sánchez-Gijón como Nora- en aquella versión de Andrés Lima representada en el Bellas Artes. Un teatro que, dicho sea de paso, hace ya demasiados años que me viene resultando de lo más oficialista -o sea, aburrido- que se despacha en estos tiempos ya de por sí tan políticamente correctos. Sin embargo esta noche, no sé porqué, será porque al llegar a la bocacha del alternativo teatro de Las Aguas (en la calle del mismo nombre) nos espera una ecléctica fauna pululando por los sótanos de la cueva-bar, o será por la expresión de sorpresa que vengo a observar en mis acompañantes nada más acercarnos al garito, lo cierto es que se me viene el flash de que igual esta vez me he pasado de moderno. Antes de entrar, mientras atravesábamos una especie de túnel del tiempo, mi hija me espeta: -Papá, creo que esta vez te has pasado de moderno.

Para el caso, al final solo se trataba de uno de esos espectáculos canalla (en el buen sentido) de cabaret burlesque en plan underground que se vale de la parodia y la exageración para ridiculizar cualquier tema, glorificando lo socialmente inaceptable o denigrando lo convencionalmente dignificado a través de un erotismo irónico e insinuante, no tanto de la sexualidad. Ahora bien, había que verlo desde esta perspectiva a la que nos obligaban nuestros cuerpos aposentados en primerísima fila con el vilo de sus cuatro almas de cántaro vírgenes en la materia (la burlesca) tan propiciatorias para que Regina Noctis, la dominante maestra de ceremonias junto al resto de su elenco de compactas -por macizas- musas (más o menos difusas) supieran, visto el lote que les había tocado en suerte, que les esperaba una de esas noches fáciles de lidiar para toreras (o toreres) curtidas en tantas y tan expuestas plazas. En definitiva, un divertimento alocado y sin mayores entresijos con el que pasar el rato para, devueltos a sus dueñas los guantes o resto de prendas y adminículos enredados alrededor de nuestras cabezas, irnos a tomar relajadamente uno mojitos.

 Pasan los días y, aunque en esta corta estancia para nada sea necesario salir de este carismático barrio isabelino (pues aquí puedes deambular perdido durante un buen tiempo entre su caótico y tentador microcosmos) nos aventuramos rumbo a las cavas y la antigua morería, más que nada por volver a contemplar la torre mudéjar de la iglesia de San Pedro el Viejo, uno de esos contados tesoros que, tras la esbeltez volumétrica, de una sobriedad y armonía muy moduladas, esconde el secreto de su desconcertante y abrumadora belleza. En la cercana plaza de la Paja, desde la atalaya que ofrecen los recoletos y terraplenados jardines neoclásicos del Príncipe colgados sobre esa aludida calle Segovia, faldas de la Almudena, pareciese que fuera a asomar bajo sus enrejados ese arroyo primigenio que diera origen a la villa. No es el caso así que, antes de tener que salir poco menos que huyendo ante el riesgo cierto de terminar confundidos por guiris, tomamos la cerveza penúltima (con su parte proporcional de tapa) en el Pez Tortilla de Cava Baja, una de las incontables terrazas de estos turísticos lugares.

 Al fin y a la postre, al barrio le hemos dado un cumplido repaso gastronómico: los cafés artesanales para muy cafeteros disfrutados en el Café del Art, en la propia Plaza de Cascorro; los chipirones a la parrilla degustados en los salones de la planta alta del glamuroso restaurante El Imparcial, en Duque de Alba; los logrados noodles del argentino Toga en Juanelo; los menús del pequeño café Jauja, en Encomienda… En todo ello, más en su paisaje y en su paisanaje, he creído ver alguna forma de nueva “movida”, un viejo-nuevo espíritu en este Madriz abierto y liberal (no tanto del Madrid más monumental y turístico) que estuviera reinventándose en una especie de “removida postcovid”, por decirlo así. Mañana nos vamos, hoy toca bajar al asador vecino a por dos pollos para cenar tranquilamente en el apartamento y rematar la faena brindando con cava por este tolerante y democrático Madriz, uno de los más queridos de los tantos Madriles posibles.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Carlos Usín dice:

    Tus andanzas por el barrio donde nací, me han traído recuerdos, sobre todo, de mi infancia. Nacía al lado de la Basílica de San Francisco el Grande, adonde cada domingo iba a misa con mis padres para, después, comprar el periódico en el quiosco de enfrente y tomar el aperitivo en la Puerta de Toledo.
    La call del Humilladero y adyacentes, me vieron crecer mientras compraba un cuarto de barra de hielo para meter en la nevera (que no firgorífico), aceitunas, o castañas en invierno.
    A la Cava Baja, acompañaba a mi tío cuando iba a comprar madera de balsa para fabricar sus aviones de aeromodelismo. Y enfrente del Mercado de la Cebada (hoy centro comercial), donde acompañaba a mi madre a su peregrinar por los puestos, comprábamos en la papelería Matesanz, 100 cuartillas, porque entonces, no había blocs.
    Aunque con el devenir de los años y las circunstancias, Madrid se ha convertido en una extraña.
    Enhorabuena por tus escritos, que sigo con interés.
    Un saludo cordial.
    Carlos

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    1. elmonocalvo dice:

      Resulta estimulante el comentario, dado tu conocimiento tan directo del barrio. En mi caso solo he tratado de plasmar la percepción personal y del todo subjetiva experimentada en una visita relámpago.
      Eres muy amable y vengo a decirte que el interés es mutuo.
      Un saludo
      Pedro

      Le gusta a 2 personas

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