Democracia y libertad en el neoliberalismo por Camino Jeremías

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La defensa del neoliberalismo por quienes tienen un pensamiento tal, es poco convincente, aunque debe ser atendible en la medida en que es una manifestación hegemónica. Los que, de estos, desempeñan alguna representación de una parte de la sociedad, ofrecen un discurso en el que, cada vez que lo pronuncian, aparecen ciertas palabras y afirmaciones, que terminan por estar impresas en ese conjunto al que representan. En principio, esta influencia no merece otra explicación más que la teoría emotivista del significado de Stevenson, ampliada y supeditada, fundamentalmente, a la coyuntura actual.

El argumento de tal discurso, tiende a obviar un traspaso. A los que más suele oírse, suelen decir que ha sido un beneficio salir de la proyección estatal por la que toda actividad estaba siempre dentro de su dominio. Y vinculan liberación de tales controles con la palabra liberad. Es claro que ellos sólo tienen en cuenta la agencialidad económica; pero resulta que, en ese sentido, no es cierto que el control estatal al que refieren no permitiera, en su momento y hoy, la libre empresa ni las grandes ganancias. Como tampoco es cierto que en el neoliberalismo no haya una planificación estatal.

Lo que ha ocurrido en algunas partes del mundo, es que, en un determinado momento del S.XX, se impuso la interpretación de que la presión fiscal y el control monetario eran causantes de ciertos factores negativos para la economía, como la inflación y el estancamiento, y se propuso simplemente como solución restringirlo. Sin embargo, de hecho, ni la eliminación de la intervención estatal que se pretende es posible sin un cambio radical de la sociedad, ni tampoco es realmente deseable (ya que, sin la regulación estatal la economía, o bien sería imposible, o bien reduciría drásticamente las posibilidades de negocios rentables y los márgenes de ganancia). En ese sentido, el discurso economicista es pura propaganda a favor de ciertos grupos económicos y en momentos específicos.

Pero, en medio de esa exposición mediática, vino a colarse la palabra libertad. Y tal parece que, dependiendo de quién la diga y en qué nación, esa palabra suele vincularse a republicanismo o democracia. En Argentina, por ejemplo, el representante de la oposición al gobierno actual, asociado al neoliberalismo (no por sus “ideas” sino por su accionar en tanto individuo particular), se la pasa relacionando libertad y república, como si supiera realmente de lo que habla. Y eso genera una ola de replicación por medios de comunicación y en las diversas formas de expresión de los individuos. El problema central está en que no se percibe la necesidad de que la palabra libertad, así como república y democracia, se hagan concepto. Esto es, que debe ser pensado qué es la libertad, qué es la democracia, qué es la república y cuál es la relación entre ellos.

No haré ese ejercicio aquí. Sólo quisiera señalar algunos puntos para motivar la reflexión, según considero apropiado. Desde un punto de vista de vista metafísico, el más importante hasta el inicio de nuestras décadas, la Modernidad nació con la equivalencia entre libertad y sujeto. Pero, ¿qué significaba que el sujeto es inherentemente libre? El filósofo Descartes lo halló en relación al problema fundamental del ser de las cosas a través de la pregunta por lo verdadero y lo falso, lo que fue retomado dignamente por la fenomenología existencialista de Sartre, al poner la libertad entre el ser y la nada. Desde un punto de vista político moderno, esto es, desde la organización social y el uso legítimo del poder, el individuo era innatamente libre. El problema, para plantearlo radicalmente con de la Boétie, sería: ¿cuál es el motivo para que uno se someta voluntariamente a lo que otro decide? La posible respuesta, con Hobbes y Locke, ha sido la de postular una ley interna, que regiría la asociación entre individuos libres, siempre que pudieran instaurar un poder central. Pero fue Kant, filósofo que ha pensado la Modernidad en su esencia y fundamento, quien encontró la relación estrecha y necesaria entre libertad y ley, que es la razón. Kant fue categórico: sin la razón, la libertad pasa a ser voluntad regida por sensaciones y emociones, infundada, voluble, circunstancial, singularísima. Y ese es el problema: reventada la razón, aujourd’hui, por ser un proyecto de antaño que condenó a la sociedad a la administración comercial de la cultura, o, en el decir de Nietzsche, a la décadence, o apocada la razón por la burla de una ironía implacable contra la que nada puede, o autoengañada en su autoempoderamiento frente a un poder oculto que le domina y se expresa a través de ella, ¿qué ocurre con la libertad?, ¿qué queda de ella?

Por otro lado, no existe una relación esencial entre libertad y democracia. Esto se puede evidenciar en dos pensadores modernos de la política. Hobbes, por un lado, sostuvo que los individuos, basados en su libertad, podían construir una monarquía absoluta. Se dijo alguna vez que ese acto fundacional era el único acto político y racional (es decir, libre) de los individuos hobbesianos, que luego se dedicarían a hacer su vida privada. Rousseau, en cambio, predeterminó la democracia: teniendo a Roma como modelo, cada individuo daba su contribución política en ejercicio pleno de su libertad en los momentos precisos en que se debatían las leyes para el Soberano (i.e. el pueblo). Después, cada uno viviría su privacidad sujetado a la ley. Por contraste, los países democráticos actualmente tienen todos (si no me equivoco en esto) una representación parlamentaria, de modo tal que los ciudadanos no tienen un real momento en el que hagan un acto político que exprese su libertad. Cada uno de ellos se dedica a hacer su vida privada, a votar y a asentir (excepto en las manifestaciones callejeras, y de estas, no todas).

Por eso, creo que cuando se enjuicia negativamente algún acto de alguien o de un grupo o de otra nación, y se justifica con la sola mención de la democracia y la libertad, se ve que la necesidad no radica en el argumento, en los conceptos. Su vinculación es externa a estos, descubriéndose una intención de un tipo muy diferente: o bien, la condescendencia (consciente o no) con algún poder fáctico, o bien según la idiosincrasia.

Finalmente, la relación entre república y libertad requiere de nuevas y diferentes consideraciones. En verdad, lo que hace ser a la república moderna es un asunto de la “psicología”, lo que complejiza el análisis: aquí es necesario pensar sobre la relación entre las partes, sobre cómo se logra su armonía y sobre cómo eso influye en la libertad o viceversa. ¿Hay libertad en lo inarmónico, en el desarreglo?, ¿cómo debería ser la armonía para garantizar la libertad?, ¿es la armonía anterior a la libertad o es esta primera, o bien, no hay una sin la otra?

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