Del sedentarismo al gimnasio by Ana de Lacalle

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A medida que las formas de vida se han hecho más sedentarias como consecuencia del desarrollo de la tecnología, la necesidad de hacer ejercicio físico ha surgido como una nueva oportunidad para el mercado.

Entendamos que en sociedades anteriores –y no muy lejanas- la vida cotidiana comportaba un esfuerzo físico para realizar los quehaceres que a cada individuo le correspondían. Las industrias y sectores productivos realizaban sus tareas de manera menos tecnificada, más manual y con más exigencia, por lo general de ejercicio físico. Las tareas de la casa, de igual forma debían realizarse manualmente cuando no se contaba con lavadoras, comidas pre-cocinadas, aspiradoras y otros artefactos fruto de la tecnología. La salida de los colegios se alargaba con un buen rato de juego en las calles y plazas públicas por lo que los niños practicaban juegos que implicaban correr, saltar y dinamizar su cuerpo y gastar energías. Además, el uso del automóvil no era tan generalizado, por lo que el trasporte público y los desplazamientos a pie se usaban mayoritariamente y con mucha naturalidad.

Hoy, en contrapartida, las comodidades que la tecnología ha reportado, las formas de ocio y en general la revolución en las costumbres y modos de vida han hecho del sedentarismo no una elección sino la inercia a la que  lleva la cotidianidad en muchos casos. Así, se ha constatado que este exceso de inmovilismo comporta problemas para la salud y desde el ámbito sanitario se anima a los individuos a hacer ejercicio si su cotidianidad no se lo exige. Además, teniendo en cuenta que la moda y el patrón de belleza que impera es el de la suma delgadez, hay parte de la población que se autoimpone este ejercicio para rebajar y controlar su peso corporal y sentirse en línea con lo aceptado socialmente.

Lo sorprendente de la situación es pasar por las vidrieras de un gimnasio –algo de mal gusto quizás- y observar cómo un conjunto disciplinado de jóvenes se someten a la exigencia de unos aparatos que te obligan a hacer ejercicio sin más propósito que ese. Es decir, quien practica un deporte se esfuerza y hacer ejercicio mientras disfruta del deporte o quien sube montañas se cansa y hace mucho esfuerzo porque sentirá que ha alcanzado un logro al llegar a la cima  y poder contemplar el mundo desde allí, ese sonido que parece silencio pero de facto no lo es; quien, como decía, realiza actividad física como medio y no como fin tiene una motivación alta que le llevará a intensificar el esfuerzo y la voluntad. Aquí incluiría quien hace un determinado nivel de ejercicio pautado medicamente por motivos de salud. Pero debe preocuparnos los que se proponen fines nocivos que nunca tienen límite, como en algunos casos es adelgazar, y acaban obsesionados con el gimnasio o presos de éste por el desarrollo de un cuerpo más esbelto y musculado. Son de alguna manera individuos que hacen ejercicio para luchar contra el sentimiento de culpa de no ser como deberían ser.

Y aquí, retomo el primer párrafo del artículo, ante estas necesidades emergentes el mercado se apiada de los individuos, les perfora el nervio de la saciedad y les ofrece productos que puedan calmar esa carencia cada vez más aguda. Maneras diversas de realizar ejercicio en casa, en gimnasios, mientras lees, mientras duermes, mientras,…Lo patético es que finalmente la mayoría de consumidores no tenían esa necesidad o bien  podían satisfacerla por sí mismos sin necesidad de consumir nada. Pero, el dios capital se cruza en nuestro camino y nos convence de que sí, que tenemos la necesidad y que por supuesto la mejor manera de subsanarla es consumiendo lo que ha pensado para nosotros.

Este no es más que otro ejemplo de cómo el desarrollo científico y tecnológico, en contra de lo que alguien podría imaginar, extiende el mercado como una enredadera poderosa y su despliegue no sirve siempre al bien colectivo, sino a exigencias del mercado, que es el peaje que paga la ciencia por ser financiada para menesteres aparentemente no crematísticos.

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