Mis conversaciones privadas con Franco, de Francisco Franco Salgado-Araujo II by Nacho Valdés

Introducción By Nacho Valdés

Mis conversaciones privadas con Franco no contiene un ápice de imaginación o deriva lírica; es el retrato parcial y ultramontano de una época y un liderazgo mantenidos en España durante casi cuarenta años. Ahora bien, aunque se trata de un texto sesgado y totalmente subjetivo, implica un valioso testimonio sobre todo un periodo. El título es explícito y describe perfectamente el objetivo del autor: realizar un camino retrospectivo por los despachos con Franco.

Es un trabajo minucioso y metódico, fruto de muchos años de dirección junto al dictador, que destila la personalidad anodina del creador. Salgado-Araujo, primo carnal de Franco y su mano derecha durante más de tres décadas, introduce al lector en un recorrido apasionante por los acontecimientos señalados, la mentalidad del régimen y el contexto convulso de los últimos años de régimen.

Los temas tratados son esenciales para comprender la España actual y, si bien quedan fuera muchos episodios importantes, los sucesos y anécdotas incluidas permiten comprender un poco mejor ese pasado gris que nos pertenece y debemos asumir.

II-

Francisco Franco Salgado-Araujo nació en Ferrol dos años antes que su primo Francisco Franco y quedó huérfano muy pronto. Esto provocó que quedase al cuidado de sus familiares. Como el segundo, también empeñó su vida en una carrera militar que, de alguna forma, según confiesa el propio autor, quedó truncada debido a su fidelidad para con el dictador. Después de participar en la Guerra del Rif, comenzó a colaborar con Franco y su proyección quedaría coartada y subsumida por la brutal lobreguez del movimiento.

El autor indica el carácter de la obra, deja claro que los comentarios y despachos incluidos son una pequeña selección de las innumerables conversaciones que mantuvo con el líder rebelde. Entiende que algunos asuntos resultan confidenciales y nos lega los considerados más insustanciales, aunque, a fin de cuentas, fundamentales para comprender el momento histórico por medio de sus actores principales. El 7 de mayo de 1965 aclara lo siguiente:

Si alguien lee estos recuerdos y apuntes de mis conversaciones con Franco, tal vez crea que apenas le veo o que despacho muy de tarde en tarde. No es así, le veo semanalmente a no ser que se ausente por algún viaje al cual yo no voy por estar en mi puesto en la secretaría militar suya. Yo no escribo en estos cuadernos siempre que despacho con él, ya que las cuestiones oficiales las considero de secreto profesional […].[1]

En el texto conviven la devoción y la admiración con la animadversión. Hay un fundamento personal e íntimo que Salgado-Araujo no se molesta en esconder dejando entrever lo que entendió como una renuncia personal por la patria. Todo es concebido desde un prisma castrense que implica el dolor y el abandono de las metas individuales para situar en un lugar primordial los objetivos del movimiento. No obstante, un evidente poso de amargura se fue sedimentando, pues no son pocos los episodios en los que el militar se confiesa a sí mismo el sufrimiento que le supone su propia situación siempre a la sombra del líder.

El 30 de septiembre de 1965 consigna el siguiente fragmento en el que aclara su absoluta devoción patriótica y el contraste con los arribistas que rodean al poder:

Con muchas prisas he acudido hoy a mi entrevista con el Caudillo […]. Le entrego un documento informativo que me había dado personalmente Girón, con la autorización de que si me parecía oportuno se lo diese al Caudillo. […] Este informe no hubiera sido entregado por otra persona que no estuviera como yo desprovisto de toda ambición material y política, y que sólo sabe servir a España, y por lo tanto al Caudillo, con toda lealtad y desinterés personal.[2]

El retrato áspero está presente en algunos pasajes en los que Salgado-Araujo se lamenta por las posibilidades perdidas. Aunque, al final, siempre se impone la resignación ante un mandato superior emanado del patriotismo desmedido y el fervor religioso. El 10 de mayo de 1955 deja un valioso testimonio de lo que podía haber sido su vida de haberse alejado de su primo. Como noción añadida es posible comprobar cómo se podía hacer carrera en el régimen de tener la voluntad y las conexiones imprescindibles para moverse en las altas esferas.

Cuántas veces me hago la consideración de que si yo hubiese pasado la vida al lado de Martín Artajo, Fernández Cuesta, etc., etc., hoy sería embajador, consejero del Reino o de centenares de empresas estatales; viviría sin la preocupación constante de cómo se defenderán los seres que tanto quiero el día que yo falte. Esto es la verdad, y al hacer este desahogo no por ello disminuye mi absoluta lealtad; pero refleja el sentir de mi corazón por la frialdad que Franco tiene por lo que le hemos prestado tantos servicios. Nada le hemos pedido, ni hemos recibido de él nunca una palabra de gratitud, nunca un gesto de simpatía. Y esto viendo medrar y prosperar a otros de los que ni siquiera se puede poner las manos en el fuego ni afirmar su lealtad. Pero así es la vida y hay que tomarla como es.[3]

El sentir mostrado en relación al carácter distante del dictador es una constante en toda la obra. El 10 de mayo de 1955 hace la siguiente observación:

Ignoro si en privado el Generalísimo ha felicitado al general Alonso Vega. Creo haber dicho en otras ocasiones que aunque se emociona a veces «más de la cuenta» (y sin venir a cuento) por motivos de escasa trascendencia, Franco es frío de carácter y necesita que alguien le anime para hacerle vibrar y que demuestre su satisfacción. Esta mañana hubiese sido de justicia que felicitase públicamente a un amigo de la infancia siempre leal colaborador suyo […].[4]

Las críticas personales se hacen extensibles a Carmen Polo, a la que acusa en numerosas ocasiones de frívola, encorsetada y de haberse dejado llevar por las ínfulas del liderazgo.

Estas reuniones en el Palacio del Pardo, si bien están muy bien organizadas, son por lo general de ambiente soso; demasiado protocolarias y aburridas. Existe como una barrera de frialdad que en justicia uno no sabe a qué atribuirla, pero que es realidad. El Caudillo es hombre muy bondadoso en el trato, pero frío, muy frío. […] Esta actitud se acentúa visiblemente estando delante de su mujer, como he podido observar infinidad de veces. Ésta es desigual, y teniendo cualidades magníficas por su bondad, religiosidad y elegancia, hay días que no se aguanta ni a sí misma. Adopta un aire de severidad y empaque absurdo.[5]

Continuará…

Notas:


[1] Franco Salgado-Araujo, Francisco, Mis conversaciones privadas con Franco, Barcelona, Editorial Planeta, 1977, p. 447.

[2] Ibídem, p. 455.

[3] Ibídem, p. 105.

[4] Ibídem, p. 105.

[5] Ibídem, p. 50.

Nota:

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