Mis conversaciones privadas con Franco, de Francisco Franco Salgado-Araujo III

By Nacho Valdés

Uno de los ingredientes que acompaña de manera transversal toda la obra es el sectarismo pétreo que, al menos Salgado-Araujo, demuestra a cada ocasión. Estaba firmemente convencido de la necesidad del golpe de Estado contra la República, pues, en caso contrario, España hubiese caído presa de la depredación comunista. La Cruzada, como acostumbra a llamar a la Guerra civil, implica un compendio de elementos nacionalistas, religiosos y conductas apolíticas que concluyen de manera indefectible en el uso de la fuerza para reconducir la situación social. En este punto es donde a mi juicio se encuentra el secreto de la pervivencia del franquismo: en la desmedida fe en las medidas tomadas y en el fácil recurso a la intimidación para defender lo que entienden como bien supremo.

Que Don Alfonso estuviera con el Alzamiento, o, mejor dicho, que lo viera con simpatía, es cosa distinta; con el Alzamiento han estado la mayoría de los españoles que no querían ver que su Patria fuese un feudo de Moscú y que aspiraban a que fuera gobernada en forma digna y no al dictado de Stalin, como pretendían los comunistas y demás compañeros de viaje.[1]

Resulta curiosa la visión que desde la propia organización se tiene del Régimen. El personalismo se mezcla con elementos católicos para ofrecer un constructo mesiánico y providente estructurado para salvar a los españoles. Se desarrolla toda una simbología épica en la que los actores se convierten en salvadores del destino colectivo. Las innumerables muertes son entendidas como necesarias en ambos sentidos: ya sea por el martirio y sacrificio hacia la causa o por la extirpación de la antiEspaña.

El resultado no es otro que la impresión de una acción beatificada orientada hacia un horizonte ignoto para el resto de mortales, aunque diáfano para los alzados que piensan haber entregado sus vidas y esfuerzos por unos valores entendidos desde su postura de superioridad. Así, no es de extrañar que se conciba el franquismo como una construcción, no solo necesaria, sino directamente generosa y bondadosa. El 31 de diciembre de 1954 el autor registra la siguiente reflexión:

Sólo un régimen despótico comunista se puede mantener algún tiempo. En España, por nuestra escasa educación política y nuestro arraigado individualismo, no es posible sostener un régimen por la fuerza. Ello lo sabe el Caudillo, y estoy seguro de que en sus planes ha de entrar el ir poco a poco concediendo libertades al pueblo español.[2]

Por encima de todo se sitúa la figura redentora de Franco. El dictador es visto por los verdaderos creyentes como el elemento clave para salvar la españolidad y el conjunto de símbolos y valores considerados fundamentales para aglutinar el sentimiento nacional. El convencimiento llega al absurdo y comprenden la historia como confluyente en la efigie bienhechora del general alzado; sin este elemento España se desmoronaría. Esto permite juzgar el sectarismo, la irracionalidad y la radicalidad de una época surcada por la oscuridad de la superstición y la fe en el personalismo más descarnado. El 9 de diciembre de 1954 el autor sostenía la siguiente opinión:

Lo malo es que con lo olvidadizos que somos los españoles, el día en que Franco falte, Dios sabe cómo quedará España, lo que podrá ocurrir, ya que la Historia demuestra que a veces se olvida el inmenso bien recibido; si hoy siendo Franco Jefe de Estado se atreven tantos que le deben su bienestar y hasta su vida, a combatirle y suspirar por una monarquía liberal que permita el libertinaje de los últimos años del reinado de Don Alfonso XIII.[3]

Otro de los ingredientes fundamentales en la estructura política de la época es la presencia e influencia de la Iglesia católica. En un régimen represor, a pesar de lo mantenido por Salgado-Araujo, la espiritualidad cristiana entroncada con el tradicionalismo tuvo un papel fundamental. No es ningún secreto la relación prioritaria establecida entre el Vaticano y Madrid, los vínculos colaterales estrecharon una simbiosis que de manera evidente permitían ganancia a todas las partes. De hecho, podría decirse que dentro del franquismo la Iglesia fue la única institución que pudo hacer sombra a Franco. Para muestra el siguiente ejemplo recogido el 8 de febrero de 1955 en el que queda manifiesta la animadversión personal de parte del alto clero para con el dictador;

El último martes, almorzando con S.E., salió a la conversación la pastoral del obispo de las Palmas, monseñor Ilundain, en la que se dice que los sindicatos no están de acuerdo con las enseñanzas sociales de la Iglesia. También se metió con unas estatuas que por lo visto existen en la entrada del estadio oficial del Partido, condenando que estuviesen muy desnudas. […]

No debe olvidarse que el obispo Ilundain es enemigo acérrimo del Generalísimo, al que hizo el desaire de no ir a esperarle cuando Franco visitó Canarias.[4]



[1] Franco Salgado-Araujo, Francisco, Mis conversaciones privadas con Franco, Barcelona, Editorial Planeta, 1977, p. 212.

[2] Ibídem, p. 63.

[3] Ibídem, p. 47.

[4] Ibídem, p. 79.

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