Mis conversaciones privadas con Franco, de Francisco Franco Salgado-Araujo IV by Nacho Valdés

El franquismo supuso algo más que Franco y sus acólitos, pues se tuvo que generar un andamiaje ideológico para mantener esta construcción durante casi cuatro décadas. Si bien en su última etapa el régimen caminaba prácticamente por inercia hacia su disolución, en los primeros tiempos fue imprescindible darle un impulso que consintiese con el despegue de esta estructura vertical y autoritaria. Resultó imprescindible incluir una serie de ingredientes que permitiesen aunar las tendencias violentas, represoras y autoritarias del tradicionalismo reaccionario. Este es un mérito de Franco; incorporar las voluntades en una construcción populista y sostener coactivamente cualquier muestra de disensión. Para este propósito el dictador se valió de todos los elementos a su disposición tal y como queda claro con un apunte del 20 de noviembre de 1954.

Fuimos a El Escorial esta mañana con motivo del aniversario de la muerte de José Antonio. No cabe duda de que este gran mártir de la Cruzada era un idealista, una gran patriota con todas las virtudes de nuestra raza, valentía y caballerosidad. A mi juicio no estuvo acertado con los postulados del Movimiento, que no ha sabido digerir la masa. Hoy se ha convertido en una nube de funcionarios con puesto oficial del Estado, de la provincia, de los sindicatos. Un sinfín de burócratas con un sinfín de sueldos. El Generalísimo vestía de falangista, cosa que hace tiempo no hacía; sin duda para animar a los del partido, que están pensando en lo que pasará mañana.[1]

La estructura política en España se organizó, como ha quedado dicho, en torno a Franco y sus designios. De este modo, el empeño del general se concentró en estar cerca del dictador en todo momento. A lo largo de la obra son numerosos los ejemplos en los que el general Salgado-Araujo deja patente su descontento con el arribismo y el nepotismo instalado en todas las estructuras del poder. El 5 de octubre de 1954 hacía mención a Serrano Suñer, uno de los hombres fuertes del franquismo durante su primera etapa.

Hubo desgraciadamente en esta época algunos nombramientos poco afortunados, que han perjudicado al Régimen y por consiguiente al Caudillo. Serrano procedía con poca reflexión y escasa experiencia debido a su juventud, fue demasiado rápido su encumbramiento político debido tan sólo a su parentesco, que indudablemente explotó desde el primer momento.[2]

Un tema que aparece de manera recurrente es el tratado por Berlanga de manera magistral en La escopeta nacional. Lo que parecía una leyenda es para el autor una triste realidad connatural al franquismo durante toda su existencia: las cacerías de Franco donde iban todos aquellos que pretendía medrar. Esto incluye, claro está, a ministros y miembros del gobierno, pero también empresarios, aristócratas y demás ralea que envolvía este embrollo político y social. El 23 de octubre de 1954 realizaba una crítica a esta práctica.

Hoy el Caudillo se ha ido de cacería, y así lo hará mientras dure la temporada los sábados, domingos y lunes.  Con S.E. van a las cacerías ministros y subsecretarios. Discrepo de estas salidas o vacaciones semanales, que bien estarían si sólo fueren el domingo. Pero esto me parece demasiado. Los martes y miércoles audiencias, los jueves credenciales, el viernes consejo de ministros y el sábado se va. Resulta que no le queda ni un día para el estudio de problemas […][3]

            Estas prácticas incidían de manera directa en la política aplicada de manera cotidiana, pues, para el autor, las prolongadas ausencias dejaban el gobierno en manos ajenas. Francisco Franco acaba por convertirse en una figura distante que, solo en momentos excepcionales, se inmiscuye en la gestión habitual. De este modo, todo queda a disposición de ministros y demás individuos enraizados con el poder. Según Salgado-Araujo, esto es terreno abonado para el intrusismo y para diletantismo practicado por los favoritos. El 5 de agosto de 1955, con ocasión de las vacaciones de verano, el autor señala con acritud la situación señalada.

En Biarritz estuve sentado con el padre Bulart en un café y se acercó a saludarnos Serrano Suñer, que se fue pronto. Con este motivo me dijo el padre Bulart que la señora del Caudillo no podía ver a Serrano Suñer y que le tenía un odio inmenso. También contó que el cardenal primado, doctor Pla y Deniel, decía que a su juicio el Caudillo tenía poco tiempo para dedicarlo a sus grandes problemas como Jefe de Estado y de gobierno, y sus asuntos oficiales; y que éstos están en manos de los jefes de los ministerios y así andan las cosas, que podrían estar mucho mejor si el Caudillo se ocupase directamente de ellas. Que tampoco los ministros se distinguen por ser demasiado trabajadores. Lo malo es, le digo yo, que los españoles no tenemos dictadura de Franco, aunque esto sea la apariencia, y sí la de sus ministros, lo cual es el colmo.[4] 


[1] Franco Salgado-Araujo, Francisco, Mis conversaciones privadas con Franco, Barcelona, Editorial Planeta, p. 36.

[2] Ibídem, p. 13.

[3] Ibídem, p. 23.

[4] Ibídem, p. 130.

Blog de Nacho Valdés

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