Mis conversaciones privadas con Franco, de Francisco Franco Salgado-Araujo V by Nacho Valdés

No resulta extraño que la cohorte de lisonjeros rodease a Franco para conseguir su favor. Salgado-Araujo lo tenía claro y sabía de los puntos débiles del dictador. Esto, por supuesto, no pasaba desapercibido para todos los que deseaban prosperar en el franquismo con independencia de su capacidad. El 17 de noviembre de 1954 ya se habían instalado estas actitudes en la cúpula del poder.Ya sabemos que los jefes de Estado fueron siempre por parte de sus camarillas propensos a las adulaciones y halagos para satisfacer sus debilidades o vicios. El aficionado al juego, a las mujeres, al vino, etc., ya se sabe que se le dominaba por la parte más débil. Aquí la parte débil ha resultado la afición a la caza y a la pesca. Se le adula por esto y se le facilita satisfacer su afición.[1]

El esperpento llega tan lejos que se forja el mito en relación a los entretenimientos del dictador. El 2 de junio de 1958 apunta lo siguiente:

Le felicito por haber pescado cerca de sesenta salmones, algunos de catorce quilos, y me contesta:

«En efecto, he tenido mucha suerte, pues ningún pescador antes de ir yo había cogido más de trece, y algunos estaban satisfechos como si hubiesen hecho una proeza.»

Este comentario me parece algo ingenuo, pues me consta que las autoridades competentes hacen todo lo posible para que el Caudillo tenga verdadero éxito en su temporada de pesca. ¡Así se las ponían a Fernando VII![2]

Este servilismo derivó en la inmediata degeneración y corrupción de la política española. Los instrumentos de poder se ponen al servicio del régimen o, en este caso, de los gestores en los que Franco había delegado el poder mientras se ausentaba en interminables cacerías y excursiones de pesca. La verdadera autoridad se ejercía desde unos ministerios rodeados de arribistas y personajes ávidos por conseguir sus jugosas migajas.

Es evidente que esta situación afectó a la economía nacional y lastró más si cabe la posibilidad de desarrollo, pues, al fin y al cabo, todo tenía que pasar por el cuello de botella de los gerifaltes seleccionados por el dictador. Para muestra el registro del 16 de septiembre de 1954.

[…] me dijo Arburúa: «España está en disposición de poder exportar motos al extranjero, porque las hacemos muy bien». Al oír esto le dije: «no me explico que pudiendo exportar motos de fabricación nacional, importemos vespas italianas gastando en eso divisas.» El ministro me respondió que en ese asunto había intervenido el marqués de Huétor.

[…] Creo firmemente que el marqués de Huétor, por razón de su cargo, no debió intervenir en asuntos comerciales, y lo mismo ocurre con Nicolás, el hermano de S.E., pues hacen con ello mucho daño al régimen, ya que para la opinión pública lo hacen aprovechándose de su influencia oficial. Para colmo son dos señores que están en una posición de lo más esplendida y no necesitan aumentarla a costa de su buen nombre y situación.[3]

Otro componente asociado a la corrupción generalizada es el nepotismo y actitud plenipotenciaria de aquellos que ostentaban una posición prominente. Se generan puestos absurdos o directamente inútiles para alimentar a las instituciones decorativas generadas por el franquismo. Finalmente, el poder vuelve a concentrarse en los grupos cercanos a Franco haciendo imposible el desarrollo social durante más de treinta años. Así lo explicita Arias-Salgado el 19 de abril de 1955;

Les dije que mi opinión es que si las Cortes no hacen más que lo que desean los ministros, es un organismo que está de más. Que no creo que tal como se desenvuelven interiormente interpreten los deseos del Caudillo; pues me consta que éste, cuando en un consejo se presenta un proyecto de decreto que trata de un asunto importante y que es discutido por algún ministro, el Caudillo ordena que pase a las Cortes para que sea debidamente estudiado y se puedan presentar y discutir enmiendas. La realidad es muy distinta, y así se lo dije un día a Franco, pues lo que componen las comisiones son algos empleados de los ministerios, subsecretarios, directores generales y demás que deben sus cargos a los respectivos ministros, y además subordinación. No son capaces de contrariarles en lo más mínimo, así que lo que el ministro quiere es lo que vota […][4]


[1] Franco Salgado-Araujo, Francisco, Mis conversaciones privadas con Franco, Barcelona, Editorial Planeta, p. 33.

[2] Ibídem, p. 237.

[3] Ibídem, p. 18.

[4] Ibídem, p. 99

Pueden leer la continuación en el blog de nacho Valdés

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