VÉRTIGO by Pedro Martínez de Lahidalga

 “La expansión del universo y la contracción del átomo son expresiones equivalentes” (Arthur S. Eddington)

 En las largas y cálidas noches estrelladas de verano, tumbado en una hamaca de algún jardín de ese sur borgiano al que siempre retorno, observo cómo la bóveda celeste enciende puntualmente sus luces relampagueantes para permitirme contemplar la armonía de unas constelaciones resueltas en un equilibrio algebraico. Permanezco largo tiempo con la mirada absorta frente a ese cosmograma indescifrable, como un náufrago en su salvavidas ante la carta náutica, presto a principiar una larga travesía por mi propio océano interior. Siento el afán metafísico por experimentar la mística de una contemplación pura, en un vano intento por abstraerme de las leyes físicas pues el subconsciente no me deja olvidar que navego sobre la superficie de un planeta que gira a treinta kilómetros por segundo sobre su eje de rotación al tiempo que se traslada alrededor del Sol que, a su vez, circula desplazándose en espiral en torno a la galaxia. Una Vía Láctea en constante aproximación a la cercana Andrómeda con el ineludible destino de devorarse entre sí mientras, en ese su fatal periplo, ambas se encaminan inexorablemente al suicidio dentro de un Grupo Local de galaxias inmersas en el cúmulo de Virgo, inconteniblemente impelidas hacia ese enorme e inalcanzable ente gravitatorio que los astrónomos denominan Gran Atractor. Experimento, en definitiva, la breve y minutísima visión que le es permitida a este insignificante náufrago atrapado en el bucle de ese proceso físico irreversible que ya va por los catorce mil millones de años en expansión.

 Percibo así el firmamento visible con esa sensación de inmensidad a la vez que de extraña cercanía, ya que me penetra con toda su belleza inhalado a través de los sentidos al paso de una brisa marina muy perfumada por los aromas de tomillo, espliego y romero de los arriates, unida a la penetrante y fresca fragancia a menta de la hierbabuena que llega aventada desde los barrancos; la misma brisa acerca un vibrato de ecos lejanos producido por el chirriar de las chicharras estridulando su canción del verano desde las copas de los numerosos pinos, sabinas y enebros que dan espesura a las breñas que bordean al acantilado, en un runrún de fondo contrapunteado por el inconfundible y bien templado cucú salmodiado por el esquivo cuco. Abandonado al trance, con los ojos entornados, sin esforzarme en escuchar oigo los silentes y armoniosos sonidos de la naturaleza mientras respiro profundamente esa atmósfera tan densa, ese vaho templado que va alimentando las más recónditas estructuras de mi cerebro y que termina condensando en una especie de embelesamiento que me deja amodorrado.

 Transido de distancia ante ese pretendido viaje por el universo observable, embriagado por un sopor púrpura cuyas emanaciones activan en el cerebro recónditos automatismos que, a modo de baipases situados en la intimidad de las células de mi propio ser, disparan secretos mecanismos que hacen desviar con un simple gesto esa astral mirada exterior hasta revertirla ciento ochenta grados –un cambio de sentido sobre la única dirección posible- convirtiéndola en su contraria o, por mejor decir, su complementaria. Una misma e introspectiva visión interior y microscópica que contiene, con distinta gradación, presuntas simetrías en sus correspondencias siderales ya que, entre los electrones y el núcleo de los átomos que conforman cada molécula de nuestras células, existe proporcionalmente más distancia que de la tierra a la luna. Una muestra de los abstrusos enigmas por descubrir que esconde este universo inverso en las abisales profundidades del organismo a cuyo través la energía de fondo, esas partículas radiactivas provenientes del espacio, nos traspasa sin dejar rastro al encontrarnos prácticamente vacíos, ello a pesar de estar constituidos por la suma nada despreciable de ¡diez mil cuatrillones! de esos minúsculos átomos que modelan nuestro cuerpo.

 Así, de la misma forma en que Gulliver es un gigante al llegar a Liliput y se convierte en un enano en Brobdingnag, yo me siento simultáneamente enano y gigante soñando al mismo tiempo con esos dos mundos a mi derredor -uno de escala astronómica, el otro infinitesimal- tan diferentes y a la vez tan contagiados de intuidas similitudes, sentidos como reflejos de una misma realidad paralela observada desde esa doble aunque limitada mirada antropocéntrica que lleva a presentir al sistema solar como un átomo de otro universo repetido a una escala de exponencial proporción y, en sentido contrario, a barruntar inciertos o desconocidos universos en todos y cada uno de nuestros innumerables átomos (el cabalístico “como es arriba, es abajo; como es abajo es arriba” de Hermes), en un paralelismo poético desmantelado por la ciencia hace ya tiempo. Aún así, inconscientemente, me viene a la memoria la vieja y querida representación del átomo en el llamado modelo planetario de Bohr, con los electrones a modo de satélites girando alrededor del núcleo, ello a pesar de saberla superada por la nueva visión del modelo probabilístico de volúmenes determinados por una fórmula –la ecuación de Schrödinger- que se corresponden con las regiones orbitales en que pueden encontrarse los electrones en función de su masa y energía, imágenes producidas en base a una extrapolación estadística de posibilidades y ya sin ese parecido lírico con aquellas órbitas estelares aprendidas.

 Al cabo de estas ensoñaciones me siento desadormecer de esa vaga y placentera modorra, de esa huida hacia adentro a través de los sentidos corporales utilizados como vías de conocimiento, percepciones por las que me he ido transportando en busca de ese vértice del espíritu donde confluyen con la memoria para transformarse en una vívida (y vivida, si no soñada) sensación de plenitud y bienestar, desintoxicado por un momento de la apabullante basura política y moral regurgitada por los telediarios. Algo aturdido, sin conciencia del tiempo transcurrido, despierto sobresaltado al no saber o no recordar en qué lugar me encuentro y reacciono aferrándome fuertemente con las manos a ambos lados de la inestable tumbona del jardín, en un acto reflejo por mitigar el vértigo de no encontrar un punto de apoyo. Un intenso aroma a café recién hecho que llega desde la casa me devuelve a la realidad de mi propia existencia permitiéndome aterrizar así en este mundo, mi pequeño y queridísimo mundo, el único en el que me cabe seguir intentando pertenecer a ese grupo de seres privilegiados capaces de inventarse un instante feliz.

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