Efectos modernos by Camino Jeremías

By Pollock

La modernidad de la tradición cultural europea puede ser entendida como un big bang cultural, cuyas ideas, conceptos, ilusiones, fatalidades, rencores y eliminaciones, aun podrían estar con esa aceleración de expansión que las introduce en algunas producciones culturales. A despecho del anglosajón Bacon y de aquellos filósofos, pensadores, poetas, artesanos y artistas, que estuvieron en el limbo transicional previendo con singular capacidad lo que se estaba gestando, resulta que el mito fundacional reconoce a las Meditaciones Metafísicas del francés Descartes como punto de inicio. Esta aserción mítica tiende a ser verdadera justamente por el influjo que ha tenido, en sus seguidores, contestadores y detractores, en diferentes partes y momentos en la tradición cultural europea. En aquella obra, Descartes dio el paso verbal que un tiempo le sugirió hacer, y le permitió ir desde las ciencias hacia la filosofía. Y con las capacidades que compone a ésta última, produjo una serie de ideas que ya resonaban anímicamente en físicos, geómetras, mecánicos, artistas y filósofos. Algo así como un acto discursivo ante una audiencia predispuesta a escuchar esas mismas palabras que Descartes pronunciaba en su Meditaciones o bien, para deleite de los lógicamente refinados, en su Principios de Filosofía.

A través de estas obras se fue asentando a la velocidad cultural de la “luz”, la intención, o la idea, de que el pensamiento de las cosas debe ser exacto, preciso. En especial, cada palabra debía estar perfectamente delimitada en su significación y en sus diversas conexiones posibles. En la medida en que esto se alcanzara, también ocurría algo asombroso: una regularidad en las palabras conlleva, a la vez, una regularidad en el conjunto de palabras, que producía el efecto de articulación, cuyo nombre es sistematicidad. Sin duda, esto tuvo que estar acompañado por la sensación interna de agrado, que se asemeja bastante a cuando se resuelve la invalidez de un argumento por el hallazgo de una contradicción.

Ahora bien, estas ideas y sensaciones de agrado eran propias de la parte más intelectual de la sociedad, y de la atención y deseos más intelectuales de una mayoría de los individuos que la conformaban. Esto implicaba una actitud y una acción comprensiva que Heidegger nombró, desde la perspectiva metafísica, con la palabra alemana Entwerfen, que significa proyectar. En otros términos, se había vuelto hegemónico un modo de pensar, de valorar, de apreciar, de distinguir la totalidad de las cosas, entre cuyos frutos diversos cabría mencionar a Spinoza, Leibniz, Baumgarten, o Mozart, Haydn, o Newton, Faraday, Ampere, entre muchísimos otros. Esa tendencia, a la vez, buscó retener a aquellos que fueran representantes de esas ideas dominantes, aquellos que hayan contribuido en algo destacable y, por lo tanto, fueran punto de apoyo para las nuevas elucubraciones que, a la vez, sostenían esa misma tendencia. De este modo, la proyección se anticipaba a los hechos y los individuos con el criterio que ella misma ponía, y por lo cual, la totalidad de las cosas tendía a verse de una forma continua y homogénea.

Pero, para quienes hoy ya son inermes a los influjos modernos depotenciados, el resultado era completamente otro: no homogéneo, no continuo, no agradable. La cosa, en la tradición cultural europea, tiende a cambiar en aquellos años que rondan los escritos de Nietzsche. A partir de allí, eso mismo es lo que empieza a hacerse evidente: un cierto rasgo de artificialidad en esas pretensiones, concepciones e interpretaciones del proyecto moderno. En lugar de la rigurosa exactitud de la palabra y la estructuración discursiva, en lugar de las delimitaciones precisas de los fenómenos, con sus causas y consecuencias, en lugar de la fijación imperturbable de las cosas, se hacía notar un efecto que, a falta de otras denominaciones, podría describirse como un sobrepasar lo dado.

Como es sabido, esto culminó, finalmente, en una heterogeneidad que, de modo simplificado, podría pensarse como compuesto de una posición que deniega al proyecto moderno, de una posición que se asume desde el nuevo lugar que es posterior a lo moderno, de una posición aferrada a los viejos ideales, y de una posición que la asume pero con cambios. Esa es, en cierto modo, la situación actual: todas tendencias que conviven sin que ninguna logre conformar una posición hegemónica. Los resultados de esta situación cultural son los hechos que vive la sociedad hace ya unas cinco décadas. Cada quien, lo sabrá valorar.

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