Parásitos.

PARÁSITOS, es el título de una magnífica película que obtuvo 4 Premios Oscar: Mejor película, director, película internacional y guion original.Como no quiero destriparla por si alguien quiere verla, me ceñiré a la sinopsis de la web especializada en cine: FILMAFFINITY.

Tanto Gi Taek (Song Kang-ho) como su familia están sin trabajo. Cuando su hijo mayor, Gi Woo (Choi Woo-sik), empieza a dar clases particulares en casa de Park (Lee Seon-gyun), las dos familias, que tienen mucho en común pese a pertenecer a dos mundos totalmente distintos, comienzan una interrelación de resultados imprevisibles.”

Lo más impresionante de esta película es que, si nos fijamos con un poco de atención, podemos distinguir a nuestro alrededor, en la vida real, los mismos personajes, los parásitos, que van desarrollando su rol en la película.

Esta idea de haber sido colonizados por una especie de parásitos, no solamente se da en el ambiente político, donde cada día, por desgracia, se hace más evidente las limitaciones de algunas personas que ostentan puestos inalcanzables para sus nulos méritos, a excepción de la lealtad al líder, que, por otra parte, tampoco es muy listo. Se produce, por tanto, un efecto multiplicador que termina germinando en un estado al que denomino “el imperio de los mediocres”, (ver MASTICADORESFOCUS.)

Pero como digo, no es ese el único entorno en el que se da esta proliferación de chupópteros. Desde hace ya años, me he dado cuenta que muchas empresas, de todo tipo, tamaño y condición, también se ven infectadas por esta especie. Individuos que son incapaces de aportar algo positivo, vivir de sus conocimientos. Se agrupan con el único fin de comer cada día, fingiendo que realizan un trabajo por el que debieran ser remunerados. En ocasiones, incluso, de modo incomprensible, hasta son ascendidos de categoría hasta convertirse en la mano derecha del propietario o del que detenta más poder.

Y el último descubrimiento que he hecho ha sido descorazonador. Esta especie de sanguijuelas insaciables, de ladillas molestas, nacen y se reproducen incluso en las comunidades de vecinos. Seres inferiores que, agrupados, se conjuran y confabulan cuales grupos mafiosos, para sobrevivir en un entorno hostil. Son como un cáncer, cuyas células asesinas se van reproduciendo sin control y van matando al cuerpo que las acoge.

Y para que se entienda mucho mejor, voy a poner algunos ejemplos prácticos de cómo nace y se desarrolla el concepto de parásitos en una comunidad de vecinos.

En mi comunidad hay una mayoría de extranjeros, la mayoría de ellos británicos. Muchos de ellos ni siquiera viven aquí. Bien, pues hay un grupo de 3 o 4 personas (británicos, por supuesto), que, de facto, se han hecho desde hace años con el poder absoluto de la comunidad de vecinos y no hay quien les gane una votación en ninguna junta. Se encargan – como los de la película – de alquilar las viviendas de los ausentes y proporcionarles unos ingresos. De limpiar esas casas, de solventar los problemas burocráticos, de impuestos, con las autoridades locales, con la compañía de la luz, el seguro de la casa o del coche, etc.

Uno de estos líderes al que llamaremos Fernando, heredó de su suegro una cartera de comunidades que el suegro administraba, incluyendo, obviamente, en la que residimos todos. Éste, Fernando, sabe tanto de administración de fincas como yo de los protocolos de guerra nuclear en Corea del Norte. A pesar de eso, ha ostentado durante años y años, el papel de presidente o el de administrador, apoyándose para ello en un hombre de paja, que sí ejercía oficialmente como administrador, aunque realmente sólo es abogado y tiene su oficina a 20 kilómetros, en Málaga capital, y jamás ha acudido a las juntas anuales de la comunidad, a pesar de que es obligatorio por ley. Todo lo cual nunca supuso ningún problema para que, a la hora de firmar el acta, estampara su sello y firmara sin saber lo que realmente se había acordado, porque el tal Fernando, se auto otorgaba la potestad de incluir o no, lo que le pareciera más oportuno, porque el acta de la junta, no siempre se ajustaba a lo hablado.

La lista de acciones sospechosas de constituir alguna clase de delito o de estafa, es tan grande que sólo cabe pensar la cantidad de operaciones de las que ni siquiera tenemos constancia. Sirva como ejemplo, la última.

En octubre del año pasado (2020), en plena pandemia y sin haber querido convocar  la junta anual de vecinos amparándose en eso, en la pandemia, decidió de modo unilateral y sin preguntar a nadie, cambiar el contrato de mantenimiento de los ascensores (tenemos 21) que costó a la comunidad 3.000€. Cabe reseñar que dicho contrato expiraba el 31 de diciembre y de haberlo dejado extinguirse, habría resultado gratis. Inmediatamente después de dicho cambio, dimitió de su cargo. Pero sigue manejando los hilos, aunque ahora, en la sombra.

Otra de las parásitas, vamos a llamarla María. María tiene una empresa de limpiezas con tres personas en ella: una de esas personas es su propia hija, otra persona más, y ella misma.

La empresa la montó cuando fue seleccionada para acometer el mantenimiento de la urbanización, consistente, básicamente, en barrer las escaleras de los diferentes bloques. El presupuesto para el año 2018 para estos menesteres fue de más de 33.000€, POR UNA MEDIA JORNADA. Además, compagina sus tareas oficiales con la limpieza de una docena de casas en esta misma comunidad a nivel particular.

La casualidad quiso que fuera seleccionada para esas tareas, precisamente cuando su marido era el presidente de la comunidad.

Además de dedicarse a limpiar las escaleras, María era la presidenta de la comunidad. Al vender su piso el año pasado, evidentemente tuvo que dimitir de dicho cargo, por ley. Entonces asumió el cargo de presidente, uno de los VP nombrados en la junta anterior. A este le vamos a llamar Moriarty.

Moriarty es británico, pero de esos británicos que llevan veinte años en España y no hablan español porque no les sale del píloro. Así es que, ya tiene guasa eso de ejercer de presidente de una comunidad de vecinos sin haber sido elegido para tal puesto y, además, no hablar español.

El tal Moriarty le cogió gustillo al sillón presidencial y por más que se le insistió de modo reiterado en que era absolutamente necesario y urgente hacer una junta de la comunidad, acordar unos presupuestos y elegir una nueva junta, él se enrocó, engañó, mintió e hizo todo lo que estaba en su mano para evitar y torpedear todas las peticiones de los vecinos en ese sentido.

Mientras ejercía su cargo de manera despótica, como si se creyera Churchill, decidió contratar a un individuo, tristemente conocido en la comunidad, que se ofrecía una y otra vez como “chapuzas varias”. El problema es que esta persona es guía turístico y como chapuzas es un inútil. Todo lo cual no fue obstáculo para que Moriarty, sin consultar con nadie, ni convocar una junta de vecinos, decidiera contratarle a razón de 1.000€ al mes, lo cual es directamente ilegal.

Así es como regresamos al inicio de este post.

Con estos ejemplos tan mundanos, tan de andar por casa, he querido ilustrar la idea de que “parásitos”, la película, no aborda un asunto que nos resulte lejano, ajeno, banal o sin conexión alguna con nuestro mundo. Todo lo contrario. Tanto la película como los ejemplos que he usado (y tengo más) demuestran que los parásitos existen, estamos rodeados de ellos, viven en los centros del poder de la sociedad, en la política – ¿cuánto analfabeto funcional disfruta de un salario inapropiado para sus conocimientos y capacidades? – en las empresas de mayor renombre, en algunos ámbitos de la FF y CC de seguridad del estado.

El parásito vive de la corrupción y del engaño. ¿Cómo no vamos a sufrir un estado corrupto si la corrupción afecta a cualquier aspecto de la vida cotidiana de los españoles? ¿Alguien piensa que, con un estado de cosas como estas, un político, un empleado desleal o un comisario de policía, un concejal de urbanismo, se pueden sustraer a las tentaciones de avaricia que se les presenta cada día?

Por eso decía antes que el último descubrimiento, este de los parásitos entre los propios vecinos, era descorazonador. Es una prueba fehaciente y palpable, del nivel de degradación al que hemos llegado.

Tonto el que no robe.

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