CREDOS by Pedro Martínez de Lahidalga

«Creer es más fácil que pensar, por eso hay más creyentes» (Albert Einstein)

 Creer es un verbo que, por excesivo, siempre me ha costado conjugar. En lugar de vivir en base a creencias, entiendo más adecuado transitar a través de convicciones apoyadas en conocimientos propios y ajenos o, al menos, en razonables indicios. Cuando embarco en un vuelo, albergo fundadas esperanzas en que el avión se sustente respetando el efecto Venturi. Por el contrario, ante la posibilidad de un accidente aéreo, no llego a atisbar que el individuo sobreviva a su muerte corporal.

 Ello no obstante, la historia del género humano está plagada de todo tipo de creencias y, en no pocas ocasiones, de lo más estrafalarias o absurdas. Enternecedoras e inocentes unas, otras abracadabrantes, muchas inofensivas y algunas ciertamente peligrosas. Las hay para todos los gustos: conscientes e inconscientes, propias y heredadas, religiosas o morales, utilitarias e interesadas, relativas a nuestra propia identidad o al entorno… Opino, junto con el recordado Eduardo Punset, que debiéramos poner una especial atención en filtrar escrupulosamente todas aquellas creencias inspiradas en la memoria grupal, cavernoso origen de multitud de asociaciones infundadas.

 En su origen dichas presunciones mantienen una misma estructura como esquemas cognitivos (sistemas de relaciones entre conceptos que figuran en nuestra memoria), mas no todas las creencias comparten un mismo rango. Estaremos todos de acuerdo en que creer, digamos, en la bondad universal no conlleva la misma actitud ni los riesgos que acarrean, pongamos por caso, mantener el convencimiento de la supremacía de un grupo humano sobre otro, el llegar a considerar la homosexualidad como una aberración o el plantearse como un mandato divino el exterminio de infieles.

 Me pregunto qué poderosas razones existen para que la mayoría, si no todos los seres humanos, vivamos de alguna forma plegados a insondables creencias o, en casos extremos, a un único credo. A poco que profundicemos pronto se advierte que existen poderosos motivos de distinta índole, muy caros a la condición humana: necesidad psicológica, herramienta de organización social, pereza mental, miedo, desarrollo moral, poder e intereses… y por ahí todo seguido.

 Desde el punto de vista de la psicología del individuo a cada sujeto, ante la consciencia de la muerte y de la insoportable levedad del ser, le inspira una llamada ancestral a tener que creer en algo que le de sentido a su existencia. Independientemente de que dicha creencia lo sea a un dios o a su negación -ateismo-, a una religión, a la naturaleza, a la ciencia, a ciertos mitos o a cualquier otra causa. De todo lo imaginado por el hombre para calmar sus sufrimientos, la creencia religiosa (generada en una primera instancia por el miedo y derivada posteriormente hacia concepciones morales) ha sido la que más y mayor tiempo nos ha influído, para bien y para mal, condicionando  nuestras relaciones. A pesar de pertenecer al ámbito más íntimo de nuestra identidad, la encontramos ligada a la memoria grupal a la que antes hacíamos referencia.

 Durante la llamada revolución cognitiva, considerada así la razón antropológica en su desarrollo, manejar ideas supuso el detonante que permitió al homo sapiens acelerar su evolución, en base a la posibilidad de concitar alrededor de ciertas creencias (simples ideas acogidas con éxito) a una cantidad de individuos exponencialmente mayor que los agrupables por el reducido círculo de familiaridad de clanes tribales. Convertidas en su desarrollo en las llamadas culturas y ante las cada vez más profusas comunidades humanas, pasaron a cumplir una función instrumental decisiva como herramienta insustituible de organización y cohesión social.

 El aforismo que encabeza este artículo y que en la actualidad cabría traducirse por Consultar la Wikipedia es más fácil que estudiar, por eso hay tantos ignorantes, es tan evidente que nos da pié a considerar la pereza mental como otra de las razones seculares de la referida profusión de creyentes-ignorantes. Schopenhauer describió irónicamente la génesis de las llamadas opiniones generales o de autoridad, que aquí dejamos resumida en corto: parten de dos o tres personas que las asumieron, otros las aceptaron y a éstos se sumaron muchos a los que la pereza mental los empujaba a creer de golpe. Una vez admitida por un buen número de adeptos, los que les siguieron supusieron que su éxito se debía a la consistencia de sus argumentos y los demás aceptaron para no pasar por espíritus rebeldes en contra de opiniones ya convertidas en universalmente válidas.

 No trato de decir, y menos de convencer, a nadie de que mantener creencias sea un mal en sí mismo, faltaría más. Sí de abogar para que su asunción se realice desde posiciones de una cierta madurez intelectual, huyendo de la denominada fe del carbonero. Por lo aquí expuesto y a la vista del comportamiento infantiloide de nuestra sociedad actual, donde la reflexión y el pensamiento han sido sustituidos por la inmediatez y la emoción del dato, no ha lugar al optimismo.

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