LA SALUD MENTAL: LA GRAN OLVIDADA DEL SISTEMA SANITARIO por Ana de Lacalle.

Estos últimos días he visionado un par de documentales complementarios —aunque rodados y producidos de forma independiente— que exigen una reflexión seria por nuestra parte. El primero, titulado Criando a un asesino en masa, expone la reacción y el análisis, tras años de la tragedia, de los padres de niños o adolescentes que perpetraron diversos asesinatos en centros escolares. El segundo, Un hijo peligroso, muestra la lucha de familias que reclaman ayuda para que sus hijos reciban un tratamiento debido a su conducta agresiva y al miedo que expresan sus progenitores de que, si su hijo no recibe el apoyo preciso, pueda acabar cometiendo una atrocidad.

Son por tanto las caras de una única moneda: la encarecida demanda de asistencia por problemas de salud mental de muchos padres, que constatan la incapacidad de su hijo de contener y controlar la rabia y la ira que sienten, y que los desborda; y la asimilación, incredulidad y horror de familias que, sin haber percibido señal alguna previa de trastornos mentales en sus hijos, ven como se acaba su vida el día que la tragedia ha tenido lugar: su hijo ha cometido asesinatos en masa en un centro escolar.

Cabe decir que, ambos documentales están rodados en distintos estados de los EE. UU., pero que pueden ser una advertencia para todos, teniendo en cuenta que de manera puntual ya han tenido lugar en algún otro país y seguramente irán aumentando en los próximos años.

Ante esta realidad, es urgente actuar con agilidad y otorgar la importancia que tiene al tratamiento de la salud mental de niños y adolescentes. Curiosamente, el primer documental presenta a padres que aún no pueden creerse lo que su hijo llegó a hacer; aunque según se profundiza en la personalidad y la conducta de estos críos se constata que todos —al menos los casos que se tratan en el documental— habían sido víctimas de una forma u otra de acoso y maltrato por parte de sus iguales, lo que conocemos normalmente como bulling, pero que no se produce exclusivamente en el marco escolar. Eran chicos introvertidos, que acostumbraban a buscar el aislamiento y que se hallaban inmersos en una soledad que les torturaba mentalmente con las imágenes reiteradas de los abusos sufridos. Nadie se apercibió del insoportable sufrimiento de estos, o nadie le dio la importancia que ciertamente tenía, y el daño mental que estaba causando en el niño o adolescente. Los padres tienden a culparse, aunque tal vez hay una corresponsabilidad por parte de los distintos espacios en los que se desarrollaba la vida del futuro asesino: la escuela, el club de deporte y ocio y obviamente la familia. Estos críos cumplen hoy condenas en cárceles para el resto de sus vidas, y no se ha considerado que una conducta tan agresiva y súbita responda a un problema de salud mental que debería ser tratado en un centro adecuado. Que nadie lo hubiese imaginado no implica que no subyazca una causa que haga comprensible esa acción disruptiva. Aunque una vez llevada a cabo la masacre, obviamente a nadie le importa ya el porqué, y se despacha el problema, un problema social grave, atribuyéndolo a las famosas psicopatías, o inclusive a la maldad del individuo.

Como contrapunto, hallamos la historia previa en el documental Un hijo peligroso. El drama, la angustia, la impotencia de familias que se ven desatendidas por el sistema cuando demandan atención psiquiátrica y psicológicas para niños que muestran conductas altamente agresivas hacia los otros o hacia sí mismos. Además, todas las familias expresan su temor a que su hijo pueda acabar cometiendo un asesinato en masa y, por ende, están rogando una atención médica que evite el riesgo de una tragedia irreparable. El caso más escalofriante que se explica es el de un Senador que llevó a su hijo de urgencias por la noche porque se dio cuenta de que no estaba bien —esto tras intentos de tratamientos intensivos que ayudaran al chaval—. En urgencias, después de seis horas de espera, le dijeron al padre que su hijo estaba médicamente para ser ingresado pero que no había camas disponibles. Así es que, volvieron a casa, se supone que con algún tipo de tratamiento de choque para detener la crisis. A la mañana siguiente el chaval de veinticuatro años apuñaló a su padre y se suicidó.

Tras la descripción del contenido de sendos documentales, considero relevante y urgente que los ciudadanos reclamemos una atención de las enfermedades mentales mucho más adecuada de lo que en estos momentos ofrece el sistema público de salud, en España y deduzco que en muchos países. Un trastorno grave exige un tratamiento intensivo que no proporciona ni de lejos el sistema sanitario, y no, por supuesto porque como ya he mencionado la mayoría de los enfermos mentales sean un peligro, al revés, insisto, la mayoría NO lo son pero su padecimiento y exclusión del sistema es inhumano.  Esto responde a diversos factores:

  • Por un lado, la desinstitucionalización de los enfermos mentales que pasó hace años de un extremo a otro, porque no todo enfermo mental requiere un ingreso por presentar conductas de riesgo, siendo más exactos, la mayoría pueden beneficiarse de servicios de día, terapias intensivas y seguimiento psiquiátrico, eso sí ajustado a la gravedad del trastorno; pero es cierto que toda crisis psiquiátrica aguda debe ser atendida en una institución que durante un periodo breve desarrolle con el paciente un tratamiento más intenso. Obviamente, ya no hablamos de los antiguos manicomios, ni de los métodos altamente agresivo e inhumanos que durante siglos se usaron en esos centros. En ese sentido el segundo documental expone formas de internamiento y de trabajo no invasivas para las personas.
  • Por otro lado, el coste que tiene para las arcas públicas esta atención sanitaria y las prioridades políticas de lo gobiernos y de los lobbies que los controlan.
  • Una última causa de esta desatención, entre otras no mencionadas, es el menosprecio social de las enfermedades mentales, tal vez por una inconsciencia de cómo estas alteran sustancialmente la vida del individuo, si no recibe la ayuda necesaria, así de cómo acaba afectando a la salud mental de todo su entorno familiar, con lo que los problemas se multiplican.

Quizás, en el fondo de esta dejadez sanitaria encontramos también un ninguneo y una invisibilidad de un problema sanitario social que llevaría, a su vez, a plantearnos en qué tipo de sociedad vivimos y qué forma de vida es esta que mata mentalmente a muchos individuos. Recordemos que el suicidio es la primera causa de muerte no natural en España, y muchos otros países, por encima de los accidentes de tráfico de los que tenemos noticias semanales.

Os invito a ver los documentales y a pensar que, si hasta ahora ha sido así, nos encontramos ante el reto de cómo evolucionará la salud mental en niños y jóvenes tras esta pandemia[1] que nos ha entrecortado la respiración a todos. Hay datos ya escalofriantes de cómo han aumentado las consultas relativas a la salud mental desde el inicio de la pandemia. Pero esto no es algo que pasará con la misma pandemia —cuando sea que toque a su fin—sino que tendrá secuelas importantes y más agudas en determinadas franjas de edad.

La salud mental de los ciudadanos es un síntoma muy significativo de la calidad de vida —y no me refiero únicamente a la estabilidad económica, sino al grado de vinculación de unos individuos con otros, los afectos y el sentirse inmersos en una comunidad, en unión con otros— que una determinada estructura y organización social proporciona a los individuos, y es obvio que una cultura enferma solo puede producir cada vez más individuos enfermos de dolor y sufrimiento.


[1] https://www.isglobal.org/-/-es-la-salud-mental-la-pandemia-despues-de-la-covid-19-

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