La mejor inversión by Nacho Valdés

La cultura encierra una red de contenidos inmateriales de la que todos somos deudores y contribuyentes. Una intrincada red de contradicciones abstractas a partir de las cuales establecemos nuestro modo de vida. Las variantes son infinitas y han desfilado frente a nosotros a lo largo de la historia perdurando ante los avatares y los obstáculos. Es inconcebible un mundo sin este componente en el que el homo sapiens se ha sumergido hasta disimular los rastros de su animalidad radical. Frente a esta morada figurada y siempre imaginada, se encuentra una realidad hostil y despiada que llama a nuestras conciencias para demostrar nuestra atadura con el mundo biológico.

El universo cultural muestra un refugio seguro, al menos para aquellos convencidos de la necesidad de este constructo o para los adláteres de cada una de las variantes que podemos encontrar. La narrativa del acontecer histórico implica una buena muestra de las alternativas culturales que han ido emergiendo y agostándose con el devenir de los tiempos. Algunas agresivas, otras exclusivas y la mayoría, al menos en lo referido a la cotidianidad de sus protagonistas, inclusivas para cualquiera dispuesto a sumar. La adición de nuestras potencialidades, aunque también de un sinnúmero de limitaciones, cristaliza en este crisol compartido. Es por esto que implica proyección, pues el proyecto únicamente puede forjarse en el marco de este cultivo que incluye las habilidades, las técnicas y, en definitiva, la reflexión.

A la sombra de este vergel emerge y fructifica la civilización, materialización de nuestros anhelos y cavilaciones. Solo puede darse esta componenda gracias al terreno abonado por el desarrollo cultural. En caso contrario, si no se produce un enriquecimiento de nuestras posibilidades cognitivas, nos resta el vagabundear por el erial de la ignorancia. No obstante, siempre existe un trasfondo de conocimiento compartido, de expresiones libres orientadas a la alteridad para conformar un sustrato rico en posibilidades. Aquí, en esta huerta de lo intelectual, florecen las mejores naturalezas para dar respaldo a las aspiraciones mancomunadas.

Lo etéreo, aunque imprescindible, no permite la canalización de nuestras capacidades. Sí es cierto que instituye un ambiente de conexión y de agregado de energías, pero mucho talento queda rezagado o incluso imposibilitado por las barreras de la nuda existencia. Es por esto que la civilización, en su forma institucional, marca el paso para una alternativa creadora que escapa de la elemental supervivencia. Academias, institutos, centros de formación, museos, editoriales, laboratorios, teatros y bibliotecas, por poner algunos ejemplos, sacian parte de nuestra estructura civilizatoria que hace material la sutil cultura. La promoción de esta estructura física y evidente, de contenedores para creadores y formadores, involucra la alternativa de futuro más adecuada y fructuosa por conformar una estructura de caminos invisibles para guiar nuestra existencia. Sin este trazado quedaríamos abandonados a la fortuna cambiante y al talento extraviado en la conservación orgánica.

La cultura es la mejor inversión para cualquier Estado, comunidad u organización, pues maneja el capital civilizatorio y lo dirige hacia la constitución de un patrimonio compartido. Este terreno de labor presume el desarrollo interpersonal, la reunión entre individuos y la concepción de una sociedad fuerte y cohesionada. El rédito no es inmediato, desde luego. No es algo que pueda calcularse desde la fría racionalidad financiera por tratarse de algo viviente en continua transformación, pero sí puede garantizarse que termina por hacerse visible engrandeciendo la totalidad. Todos disfrutamos de este tesoro a veces oculto, aunque subyacente y accesible siempre y cuando se preserve lo compartido.

El extravío de lo público en políticas neoliberales provoca el ahorro financiero a un gran coste, pues lo humano se volatiza entre balances y beneficios. Abandonar nuestra civilización al empuje de lo privado implica un lastre al establecerse el freno de la economía financiarizada. La búsqueda de ganancias, si bien algo lícito en la estructura empresarial, no funciona de igual manera en el terreno cultural. La colaboración del empuje privado debe verse potenciado por la inversión pública para de este modo salvaguardar aquellos elementos minoritarios, si bien imprescindibles para comprendernos como conjunto y como individuos. La pérdida de caudal cultural vaticina la clausura de caminos, vías y aptitudes en el marasmo de lo financiero preocupado por el resultado mercantil. Un pueblo a espaldas de sus creadores es irremisiblemente arrastrado a una merma intelectual de tono colectivo.

Estamos obligados a respaldar nuestros logros civilizatorios, pues son los que nos van a permitir la formación de nuevos ciudadanos dispuestos a respaldar las aspiraciones compartidas. De no ser así, tendremos que conformarnos con aquello que unos pocos entiendan como viable a nivel económico. Esta disposición cercena nuestro mundo, lo hace más estrecho y evita una reflexión profunda sobre lo que significamos y lo que deseamos como agrupación. Si no nos reconocemos, de no ver intelectivamente nuestras debilidades y fortalezas, no podremos marcar el paso hacia el horizonte. La cultura genera nuestra civilización y esta habla de la civitas y, por supuesto, del ciudadano. No podemos prescindir de algo tan elemental por implicarnos como comunidad. Si queremos futuro necesitamos presente, y este pasa por la promoción de las artes, la ciencia y el pensamiento.

Blog del autor: reflexionesintempestivasblog.wordpress.com

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