Las aves Fénix achicharradas.

Ave Fénix

Desde hace décadas vivimos en España una situación que, no por cotidiana, deja de ser traumática. Me refiero a la pérdida del empleo al cumplir determinada edad, una experiencia que, estoy seguro, hemos vivido en primera persona en algún momento y de la que no nos faltan referencias de terceros.

Como si de una maldición demoníaca se tratara, llega tan fiel y puntual como el cumpleaños o la muerte, y en ocasiones, termina de esa trágica manera. Todo el mundo que has estado construyendo durante toda tu vida, se desmorona en un minuto, que es exactamente el tiempo que tardan en comunicarte en el departamento de RRHH que “te vas a desvincular de la empresa”, que ya no cuentan contigo. Las excusas ya no importan. Es un hecho y hay que afrontarlo.

A partir de ese momento la vida se desarrolla en diferentes fases. La primera es la de una cierta satisfacción porque, en el fondo, ya hacía tiempo que te estaban haciendo la vida imposible; te habían apartado a un lado y te encomendaban tareas muy por debajo de tu experiencia y habilidad, al tiempo que las más atractivas se las daban a unos recién entrados, a unos yogurines recién licenciados, sin experiencia pero que cobraban la mitad que tú.

Pero esa fase de liberación dura poco. Dura el tiempo necesario hasta que te das cuenta que tus ingresos se han convertido en cero y tus gastos siguen siendo los mismos y que hay que hacer algo para seguir comiendo todos los días.

Tal vez seas de esos afortunados que esta etapa les pilla sin hipoteca y sin hijos en la universidad, pero esos son los menos. En caso contrario, la visita al banco para renegociar la deuda se hace inevitable, aunque conlleve gastos de notaría que, por supuesto, pagas tú.

La segunda etapa consiste en levantar la cabeza, mirarse al espejo y decirte: “tío, tú vales un montón. Seguro que alguien sabrá valorar tu experiencia”. Y es entonces cuando, con la ilusión de un debutante, retomas amistades aparcadas por culpa de las obligaciones familiares y laborales, antiguos contactos, amigos de los de siempre y empresas caza talentos. Te lanzas a investigar por las redes sociales, actualizas tu CV y comienzas a dejarte ver. Vuelves a estar en el mercado. Te has propuesto salir del hoyo cuanto antes y estás dispuesto a todo. Hasta es posible que te atrevas a terminar esos estudios que dejaste a medias, o incluso, si la indemnización del despido da para ello, a iniciar un máster para terminar de adornar tu excelente historial académico y profesional.

Con el entusiasmo de un becario en busca de su primer empleo, aplicas todos tus conocimientos en la redacción de un curriculum atractivo, impactante, escueto, pero claro. Al tiempo, la economía de casa debe sufrir una serie de recortes. Tal vez ya no se necesiten dos coches y tal vez no sea buena idea usarlo tan a menudo. Hay que ahorrar gasolina. Habrá que aplicar la misma filosofía restrictiva a los móviles, a la TV por pago (ya no se podrán ver los partidos de fútbol de tu equipo) y a los productos del súper mercado. Te das de baja en el gimnasio y en el club de golf y también las actividades extraescolares de los niños, el comedor del colegio y el autocar. Ahora que tienes tiempo, pasarás más tiempo con ellos y esas tareas las puedes hacer tú, mientras tu mujer, si no se ha divorciado ya, buscará empleo en una tienda de moda como dependienta.

Decía Aristóteles Onassis: “cuando sólo te queden unas pocas monedas en el bolsillo, tíralas por las escaleras y hazlas sonar. Los vecinos pensarán que te sobra el dinero”. Con un ímpetu renovado y la responsabilidad de la familia a tus espaldas, te dedicas a extraer el máximo rendimiento de la tecnología, de los contactos, de tus amigos y familiares. Como en una partida de póker, tu cara – y tu voz – jamás deben demostrar cuáles son las cartas que tienes en tu mano.

Ahora ya entras en la tercera fase.

Al cabo de un tiempo, eres consciente de que ya has usado todo tu arsenal. Te has quedado sin balas, sin munición. Has hecho un curriculum magnífico. Has reflejado tus mayores logros. Te has presentado a las entrevistas con una puntualidad como un tren de cercanías español y vestido de modo impoluto. Te ha entrevistado una chica que es más joven que tu hija pequeña y a la que le has contado, por enésima vez en esa semana, toda tu vida laboral, respondiendo a las mismas preguntas que te han hecho en las 7 empresas que has visitado previamente. Te sientes como un actor interpretando su papel, sólo que al final de cada representación, normalmente no hay aplausos. Tan sólo un silencio demasiado prolongado; un mutis – que no estaba en el guión- que aturde. Y preocupa.

Y, sin embargo, no puedes rendirte. Ya sólo te queda lanzar piedras al enemigo que, cómodamente instalado en su despacho, asiste indolente y en ocasiones maniatado al devenir de los acontecimientos.

Sigues dispuesto a hacer cualquier cosa por sobrevivir. Puedes incluso vender la casa y mudarte a una más pequeña y más céntrica. Perderás comodidades y tendrás a unos extranjeros por vecinos, pero al menos tendrás un techo y comerás cada día. Ya te da igual si el trabajo que te ofrecen es de categoría similar al que tenías. Ahora ya sólo se trata de encontrar cualquier empleo que te permita seguir contribuyendo a la seguridad social y no quedarte con una pensión de inmigrante ilegal.

Y así, un día cualquiera, tú, que has sido el director financiero de una importante empresa con sede en Marbella. Tú, que disfrutabas de un magnífico coche de alta gama, de una cuenta corriente más que saneada, de las compañías femeninas más hermosas y de un chalet individual en una de las mejores zonas de esa localidad, junto a la playa de Los Monteros, te ves viviendo en una casa adosada a cincuenta kilómetros de Marbella, adonde te trasladaste porque tu nueva pareja vivía allí. Y al cabo de poco tiempo te has encontrado con que eres el padre de una niña de corta edad, que ha venido a complicar la situación sin que ella tenga la culpa de nada.

Un día ves un anuncio en el que solicitan a una persona con unos conocimientos que te recuerdan remotamente aquellos por los que un día disfrutaste de un nivel de vida envidiable y que nunca volverá. Como cada día escribes y les envías tu CV, aunque sospechas que no vas a tener demasiadas opciones estando a las puertas de cumplir los sesenta. Y como muchas veces te citan para una entrevista. Acudes a ella, como acostumbras: traje impoluto, camisa blanca, corbata perfectamente colocada y anudada. Zapatos lustrosos. Presencia impecable.

Y entonces, tú, acostumbrado a las mejores zonas y restaurantes de Marbella, te encuentras una tórrida tarde de un mes de agosto, en medio de un polígono industrial, frente a una nave cuya visión, ya de por sí, resulta deprimente. La entrevista va bien. Tú estás dispuesto a cualquier cosa, incluso a decir que hablas inglés, aunque tu nivel sea similar al de Sitting Bull. Y te contratan. Pero antes de firmar, haces una súplica: que te mantengan el mismo grado de cotización a la seguridad social que tenías en tu anterior trabajo. Y así te conceden el teórico cargo de director Administrativo, aunque tu primera tarea será archivar documentos.

Y ese día te preguntas ¿por qué? ¿Qué he hecho mal? ¿Dónde ha estado mi error? Tu error, ha sido nacer. Tu problema es tu DNI.

Hoy le he visto. Vestía un polo azul eléctrico, unos pantalones cortos de color blanco y unos zapatos deportivos sin calcetines. Era la viva imagen de un hombre derrotado. Su gesto, triste, inexpresivo, cabizbajo, reflejaba a un hombre hundido.

Muchos hombres y mujeres se han visto, a lo largo de las últimas décadas, obligados a reinventarse, no les ha quedado más remedio. La diferencia es que a unos les ha salido mejor que a otros.

Conozco a informáticos a los que les sacaron del mercado, montaron una franquicia de un bar y tuvieron suerte de regresar a la informática. Otros, se decantaron por la línea de los supermercados. Otros por organizar viajes turísticos. Otros por el apasionante mundo de las inmobiliarias.

Pero ni a todos les fue bien ni todos tuvieron la oportunidad de reinventarse. Intentaron reemprender el vuelo y algunos, terminaron estrellados contra el suelo.

Este es mi pequeño homenaje a todos ellos.

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