La necesidad del error by Jeremías Camino

Hace poco más de un siglo, desde tierras yermas de filosofía, hubo uno que, con la fuerza del vacío que inunda la vida productiva, llegó a una idea. En verdad, es mejor decir que es la idea la que acudió a su encuentro, ya que él realizó una travesía dentro de los límites de su campo. Esto se hizo evidente porque zarpó hacia las aguas del subjetivismo, ponderando los diversos puntos desde donde su centro se revelaba, para determinar concluyentemente que su barco surcaba un mar ilusorio.

La pregunta que le inquietó luego, podría pensarse lícitamente como una reversión. Pues, su intento no fue descartar lo ilusorio, sino entender cómo surge y está presente en diferentes grados, entre los cuales el subjetivismo es la más perfecta y seductora elaboración.

En ese sentido, si era tradicional explicar por qué Descartes fue un grande, para aquel la explicación consistió en determinar por qué fue tan poco grandioso, por qué la escolástica lo superaba con creces (en un tono típicamente filosófico, esto es, agonal y hermenéutico).

Lo curioso, a mi entender, es que uno y otro dieron con el concepto del yo conducidos por los mismos carriles. Si la diferencia es, filosóficamente dicho, axiológica, lo que compartían se puede comprender porque la carretera de su viaje tiene los mismos lindes y el mismo suelo. Ambos llegaron al yo a través del error. Pero, Descartes lo sustancializó para evitar que el yo sea él mismo un error y, a la vez, para colocarlo como el origen de todo lo razonable, mientras que el otro lo planteó como una hipótesis razonable, que es la cualidad (dirá) de todo aquello que puede sostenerse sensatamente, aunque, como toda hipótesis (al igual que todo lo que es pensado como realmente verdadero) es inexistente.

Este atado de palabra demuestra la tesis siguiente: el error conduce necesariamente al yo. Se da así una finalización al irritable estado de hesitación, lo que reporta una complacencia, una felicidad. Pero, de entre las cosas perecederas, la felicidad es las más evanescente, ya que surge una pregunta más: ¿por qué el error conduce necesariamente al yo?, ¿de qué modo debe comprenderse al yo y al error para que estén vinculados? La respuesta no es evidente, porque, como toda metafísica, es inmediatamente confusa. No obstante, la respuesta es tradicionalmente sabida (lo que es tanto una ventaja como una desventaja). Lo que sustenta al yo y al error es la razón, y aquí especialmente, la razón en sentido predominantemente lógico.

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