SIGLOS by Pedro Martínez de Lahidalga

¿Qué fue de King Kong, de los psicoanalistas y el jazz?

¿ Qué fue del siglo XX?

¿Qué fue del Dadá, del Big Bang y del “no pasarán”?

Ya se han quedado atrás…

¿Qué fue del siglo XX?. Estribillo (091, banda de rock español)

 El vocalista, con voz desgarrada pero con su deje de melancolía, sigue preguntándose qué fue de ello, dónde están “las guitarras eléctricas y el LSD, los uniformes fascistas y Juan XXIII, la Beatlemanía o la foto del Che / Un Rolls, un picasso, un misil nuclear, los duros de Franco, los hermanos Marx, el libro de Mao ¿recuerdas Vietnam? / El hombre en la luna y el apartheid, obreros en lucha y el gran Elmore James, la caza de brujas, la sota y el rey / Sé que E es igual a mc al cuadrado (E=mc2), sé que Minnie es la novia de Micky Mouse, sé que tú, sé que yo, estamos desesperados”, y vuelta al estribillo: “¿Qué fue de King Kong…” En fin, una foto-radiografía del siglo en cuatro líneas que no la supera ni el Nobel Günter Grass en esa su colección de cien relatos intercambiados consigo mismo que es “Mi siglo”, antes de enredarse a desgajar los episodios de su vida en “Pelando la cebolla” y acabar descubriendo su autoinculpado pecado de juventud.

 Los humanos, el rebaño humano, no soportamos el vacío y tendemos a guarecernos en una creencia, un siglo, una tribu, una generación… una cosa, un algo. No soy de los que suelen seguir estos temas pero, para el caso, coincido con mi querido y recordado Paco Umbral cuando sostiene, en su memorístico y personalísimo “Amado siglo XX”, que si has vivido unos cuantos años importantes del siglo ya puedes decir que lo has vivido entero. Lo dice en ese lenguaje cheli (mitad melancolía, mitad mala leche) con palabras que iluminan lo que no dicen y mejoran lo que ya está dicho. A él y al Günter el calendario les vino al pelo para perfilar sus libros, pero a los que hemos nacido doblado el siglo nos deja en una postura incómoda, si no grotesca, muy escorados con una pierna en el veinte y con la otra recién asomando al veintiuno, no acertando a saber bien dónde coño -con perdón- acabar colocando el asunto.

 A los españoles lo que decisivamente nos ha marcado el siglo es el recuerdo de la guerra, con independencia de que aún no hubiésemos nacido. La hoy mitificada segunda república, nacida con las buenas intenciones democráticas, culturales o de redistribución de renta, pronto derivaría en los extremismos creando una división que terminará eclosionando en la guerra civil. Dicho en corto y tal como lo explica el histórico y reputado catedrático Ramón Tamames (Cátedra “Jean Monnet” de la Unión Europea y miembro de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas) la guerra la cocinaron entre el socialista Largo Caballero -el llamado Lenin español- y un general Mola visceralmente antirrepublicano, Franco se apuntó cuando no había otra salida. Eran otros tiempos y otras circunstancias pero ese nuestro antecedente histórico, ahora redivivo, debiera servir al menos para protegernos de esos personajes públicos que hoy vemos medrar proclamando en su interés el odio y el enfrentamiento entre nosotros o nuestros vecinos, aunque de sobra sepamos que esa mezcla de simplismo, resentimiento e ignorancia siempre ha tenido su público.

 Muerto el perro se acabó la rabia y pudimos así vivir la gran esperanza de la santa Transición para, sin más averiguaciones, hacernos demócratas de toda la vida y ya luego, aún insultántemente jóvenes, pasar a ser felipistas -de Felipe González- que es el que mejor supo o pudo hilar aquel socialismo sentimental –de cañas y panas- con lo que por entonces podías conquistar casi sin querer, con solo dejar la mano tonta, a cualquiera de aquellas chicas líricas e igualmente sentimentales. Poco dura la alegría en casa del pobre y como ya lo advirtiera Erich Fromm el sentimentalismo, patología del sentimiento, es pródiga en lágrimas y estéril en acciones. Así no tardaron en aparecer, si es que alguna vez se hubieran ausentado, los peones y otras piezas de la realpolitik para despertarnos del sueño y, aunque ya éramos europeos, pudimos constatar que aquí seguían impertérritos nuestros fantasmas familiares –vuelta la burra al trigo- del golpismo patrio u otros terrorismos cerriles más o menos  tribales. Mientras, en la distancia, veíamos caer el muro y con él toda aquella teología política de engaño y miseria por la que tanto habían rezado varias generaciones de intelectuales sesentayochistas desde los altares laicos de las universidades. Para entonces a Felipe ya se le empezaban a adivinar algunas canas en las patillas e intuimos que el siglo ya no iba a dar para mucho más.

 Doblado el calendario gregoriano y viendo por la televisión, en vivo y en directo, esa síntesis de fanatismo y miseria moral que fueron los atentados de las torres gemelas y que luego tuvimos que ver replicados aquí mismo con la movida de Atocha, pero ésta ya en diferido y con filtro, hubiese jurado que estábamos asistiendo a la inauguración del tercer milenio. Luego el tiempo nos hubo de matizar que solo lo había sido para una parte -alma incluida- de nuestra civilización, la que había quedado atrapada bajo los cascotes de la zona cero y entre los hierros retorcidos de nuestros trenes. El apretón no había sido suficiente y el alumbramiento iba a requerir de un nuevo acontecimiento a escala planetaria, que hiciera cambiar de siglo hasta a los que no les tocaba por su calendario, pues no olvidemos que los chinos (ahora modernizados) andan por el 4718 del año de la rata, los musulmanes por el 1441 del almanaque islamita, los hebreos por el 5780 de su cuenta bíblica o, en el subcontinente indio, el panchanga marca el 1942 de la era Shaka.

 Con semejantes antecedentes y con el anticiclón de las Azores imperturbable sobre Galicia, mas sin conciencia de haber estado embarazados, nos ha nacido un siglo planetario muy cabezón; bien que de parto largo y retrasado y, aún así, nos ha pillado en paños menores, por no decir en bragas. Un tercer milenio recién nacido que tiene todas las papeletas, esta vez sí, para quedar bautizado con el nombre del famoso virus que, según la teoría umbraliana y llegado a sobrevivir al acontecimiento, me incorporaría como ciudadano de pleno derecho a la centuria. Aunque he de decir que llevo un tiempo acoquinado -por no decir acojonado- pues nunca antes había sido tan consciente de cómo, en esta sociedad acostumbrada a camuflar la muerte, se llegara a perfeccionar ese disimulo de tal forma que hayamos pasado de tratarla con una elegante discreción a la más absoluta y obscena de las invisibilidades. Vamos, que en estas últimas semanas he podido constatar –no sin cierta desazón- cómo a partir de una cierta edad, la mía o poco más, a la que te descuidas te quitan del tabaco sin mayor protocolo.

 La realidad, hoy lunes, es que contemporáneos somos todos los que seguimos vivos y coleando -toco madera- sobre este bello y perro mundo, tanto si perteneces a la vetusta y silenciosa generación de la postguerra como a la neonata generación Z si no a la T , si eres un portento como si eres más torpe que un cerrojo, si eres un vago como si eres diligente, si eres un bellaco como si eres noble, si eres humilde o eres vanidoso, si guapo o feo… que de todo hay en la viña del Señor y con ello hemos de lidiar. Sin obviar que en esta ruleta de la fortuna los boletos se vienen barajando intergeneracionalmente en proporciones constantes, incluída la cosecha de gilipuertas, la única varianza la dan -como diría el otro- sus circunstancias. A esa circunstancia generacional, entendida como un compromiso dinámico entre masa e individuo, Ortega sí que le llegaría a dar una importancia decisiva en el devenir de la historia, cuando la equipara a “el gozne sobre el que ésta (la historia) ejecuta sus movimientos”, nada menos. Bueno, algo de eso hay.

 Desde hace un tiempo en los suplementos semanales, aparte del horóscopo zodiacal u otros pasatiempos, les ha dado por entretenernos poniendo nombres a las generaciones en intervalos cada vez más reducidos. Empezando por la ya citada generación silenciosa de la postguerra que ahora se nos está muriendo en masa y sin dar un ruido, haciendo honor a su nombre tanto como a su nobleza. Detrás ya venimos nosotros, estereotipados como los felices baby boomers, iniciados en el consumo, la liberación sexual y algún que otro desmadre con su pizca de idealismo. La siguiente generación o generación X son los hijos de los que en la nuestra se mantuvieron fieles a la tradición, no cogieron la racha, y se casaron pronto con la novia del pueblo -la de toda la vida- saliéndoles unos chicos contemplativos, más que nada de la televisión, y escasos de ideales. La generación Y -los famosos Millennials- ya sí son nuestros hijos, de los que nos quedamos un tiempo aprovechando el tirón, que han vivido como curas, han estudiado lo que les ha dado la gana, han viajado donde han querido y ahora se encuentran conque ese mundo que conocieron ya no existe y que, aún con la cantidad de armas de las que disponen, van a tener que espabilar lo indecible para reinventarse nuevos modos de vida. La reciente generación Z son los hijos de la X y los nietos de los compadres que comentábamos, solo entienden de Internet, de móviles y de videojuegos 3D y, eso sí, sus abuelos aseguran que son muy listos. Luego se adivina la novísima generación T, hijos de la Y… pero esto ya parece una sopa de letras, así que no sé, yo no les conozco y hoy por hoy tampoco me importa demasiado.

 Como tiendo a la abstracción, por tomar la temperatura a estas elucubraciones y tener una opinión más conectada a la tierra, más al ras de la naturaleza, le pregunto a mi mujer, sintetizando todo lo anterior, si cree que el simple primate del que partimos hasta devenir en los actuales monos cibernéticos de estas últimas generaciones se corresponden con los superhombres vaticinados por Nietzsche o que, con la que está cayendo, más bien terminemos bajo una higuera comiendo higos chumbos, como en la edad de piedra:

  • Marijose ¿tú crees que los monos cibernéticos de estas últimas generaciones se corresponden con los superhombres vaticinados por Nietzsche o que, con la que está cayendo, más bien terminemos bajo una higuera comiendo higos chumbos, como en la edad de piedra?
  • No sé, termina de fregar de una vez y dúchate ya, que tenemos que salir a comprar el pan antes de que cierren.

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