El muro.

El muro.

Cuando comienzo a escribir estas líneas, es 9 de noviembre de 2021. Hoy es el santo de las Almudena y también el aniversario de la caída del muro de Berlín.

Asumo que todos conocen la historia y lo que supuso para el mundo la construcción, pero, sobre todo, la demolición del mismo, así que, no voy a entrar en detalles. Sin embargo, sí diré que ayer vi en la 2 de RTVE un documental realizado en 1987, en el que se abordaba desde diversos ángulos cómo afectó a la vida cotidiana su existencia.

Había un grupo de jóvenes que fueron condenados a varios años de cárcel por intentar huir del Berlín oriental. Se les acusó de terrorismo fronterizo o algo similar, verdaderamente, un insulto a la justicia y a la legalidad. También comentaron algunos casos curiosos de fugas, desde una joven escondida dentro de dos maletas en un tren, hasta uno que usó un globo aerostático o quienes intentaron atravesar a nado el río Spree, que atraviesa Berlín y que estaba permanentemente patrullado por gendarmes que disparaban a matar a quien lo intentara. Exactamente igual que en Bratislava, donde la otra orilla del Danubio, significaba la libertad, occidente, Austria. Y allí, los gendarmes, también disparaban a matar, tal y como se narra en el libro “Anna o cómo rasgar el telón de acero”.

El muro de Berlín se construyó para evitar que continuase la sangría de ciudadanos alemanes que se pasaban al otro lado, hartos del comunismo implantado por la URSS. Ese era el único sistema a su alcance para imponer el comunismo: fusilar a la familia del Zar Romanov y encarcelar a un país o por ser más exactos, a la mitad de Alemania y a todos los que quedaron atrapados tras el telón de acero. Por tales motivos, las autoridades del Este, cerraron el grifo de la libre circulación de personas, aunque para entonces ya se habían marchado 3.500.000 alemanes al lado occidental.

A partir de ahí las ansias de libertad inventaron las más disparatadas alternativas para escapar del “paraíso comunista”, aunque algunos de ellos, murieron tiroteados mientras se desangraban a los pies del muro que intentaron sobrepasar.

Más adelante, ante las ineludibles penurias económicas del régimen, descubrieron una nueva forma de financiarse: negociar presos políticos por dinero. Descubrieron que les resultaba mucho más beneficioso vender a “alemanes traidores” a Occidente, que mantenerlos en prisión o dedicar más hombres, más material y más recursos a intentar evitar su huida. Se calcula que, de este modo, obtuvieron más de 2.000 millones de dólares.

El documental – como ya he dicho- está realizado en 1987, es decir, tan sólo un par de años antes de la desaparición del muro. Resulta muy llamativo escuchar las opiniones de algunas personas que argumentaban que nunca sucedería lo que al fin pasó, y ello, porque en opinión del sesudo entrevistado, al mundo le daba miedo que Alemania fuera fuerte de nuevo por las experiencias anteriores. Así es que, consideraba que el muro era una forma de contener el poderío alemán y sería preferible mantenerla dividida. Otro, sin embargo, que tenía una propiedad junto al muro y que era una especie de tierra de nadie, se apropió de esa parcela y construyó un jardín para su casa donde hacían barbacoas. Ese opinaba que todo lo artificial termina por desaparecer. El muro era una obra levantada por el hombre y tarde o temprano terminaría por derruirse. La verdad es que si exceptuamos las pirámides – las de Egipto y todas las demás – no le faltaba razón.

Hoy en día, hay otros muros: el que separa poblaciones de Israel de sus vecinos árabes. O el que divide EEUU con su frontera sur para evitar el paso de inmigrantes ilegales. La razón de ser de esos muros – razones discutibles, opinables – es la de mantener un cierto grado de seguridad, de control sobre inmigrantes.

La razón que argumentaron las autoridades para levantar el muro de Berlín fue la de “proteger a sus ciudadanos del pernicioso influjo del capitalismo”. Una auténtica ironía y la expresión máxima de cinismo.

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