EVOCACIÓN DE UN FANTASMA by Jesús Marchante Collado                    

La arquitectura tiene una importancia de la que, normalmente, no solemos ser conscientes. Nuestra vida se desarrolla bajo unos parámetros que nos aleja del arte en general, y de la arquitectura en particular. No es ese mi caso. Quizás por ello, ciertos acontecimientos y ciertas arquitecturas rozan mi alma de una manera muy intensa.

Hace ya muchos años, viajando por Europa, tuve la inmensa fortuna de sufrir una profunda sacudida emocional provocada por un edificio. Estaba en Amsterdam y, aunque no era la primera ocasión en la que recalaba en esa ciudad, ahora se daban las condiciones de encontrarme con ciertas arquitecturas y comprender la profundidad de lo que ellas transmiten. Me encontré, de pronto, con el viejo teatro Tuschinski, reconvertido en una sala cinematográfica. El impacto, la conmoción, fue tan fuerte, que colándome literalmente empecé a recorrerlo por dentro. Nadie se interponía en mi camino; no obstante, yo me apresuraba por si, al final, alguien me impedía ver toda esa maravilla. Las alfombras bellísimas, de colores y geometrías increíbles, cubrían pasillos y corredores. Las lámparas decó, los apliques y los forjados de bronce. El lucernario del hall de entrada. Todo era demasié.

Cuando estaba a punto de abandonar el viejo cine, las puertas de la sala del patio de butacas se abrieron y las escasas personas que había en su interior comenzaron a abandonarlo. En ese momento, penetré en el patio de butacas y me quedé impresionado. Era superlativamente magnífico. El techo y las paredes estaban magistralmente decorados. Todos los acabados evidenciaban el cuidadoso trabajo con el artesonado de madera. La disposición de las luces a lo largo de las barandillas y en los techos de los palcos demostraba el increíble trabajo realizado por esos artesanos.

A la salida, en una de las paredes de la entrada, una inscripción aludía al sastre de origen judío-polaco, Abraham Tuschinski, artífice de la construcción, La fecha, 1918-1921, informaba bien a las claras de la anticipación que supuso la construcción de este Teatro. Existe en todo el recinto una mezcla de modernismo y art-decó. Sin embargo, la portentosa fachada, rematada con dos cúpulas que soportan sendas lámparas maravillosas, da fe de esa apuesta por un estilo (el decó) que aún no había tenido su puesta de largo. Eso ocurrirá algunos años más tarde, en abril de 1925, en París. En la Exposition Internationale Des Arts Décoratifs Et Industriels Modernes. Sin embargo, el teatro del viejo sastre judío (asesinado por los nazis en Auschwitz, al que durante la ocupación le cambiaron el nombre por el de Tívoli), gracias a su refinado gusto, anticipa de manera radical el nuevo estilo que daba sus primeros pasos aún no reconocidos internacionalmente.

Podría seguir hablando de otro impacto, el de la vieja estación de ferrocarril londinense de Saint Pancras. Cuando la vi por primera vez, en 1977, no se había convertido aún en lo que es en la actualidad, la estación a la que se llega, y desde la que se sale, para viajar al continente en ese tren que se sumerge bajo el mar. Entonces, el viejo edificio neogótico de ladrillo rojo, aparecía medio abandonado a su suerte; la obscuridad que la envolvía sólo era rota por las luces amarillentas de algunas bombillas dispersas. El hangar central, exuberante, se me impuso de manera absoluta. Todo el edificio, de unas dimensiones enormes, me atrapó.

Habría que decir que en ese Londres de finales de los setenta del siglo pasado, muy cercano al que nos hace recorrer Antonioni en su película de 1966, Blow-Up, las cosas eran distintas a la actualidad. Muchas entradas a las estaciones del Underground, por ejemplo, eran todavía las de principios del siglo XX. No se había producido la intervención salvaje que ha sufrido en las últimas décadas y casi todo estaba intacto, como en la época en la que vivía la familia Marx.

Pero abandonemos esas historias para adentrarnos en lo que quiero contar. En realidad, quiero escribir sobre un fantasma. Un fantasma que me ha acompañado durante muchos años y que recientemente se me ha acercado mucho, casi materialmente.

Madrid, 1969. Hace ya algunos meses que mis huesos han dado en la capital del régimen. Aprendo mecanografía y estudio contabilidad, cálculo y derecho mercantil. El objetivo no es otro que independizarme económicamente, vendiendo mi fuerza de trabajo al mejor postor del sector financiero. Lo voy a conseguir dos años después.

Madrid es una ciudad gris, no sólo porque la policía (los grises) patrulla las calles con cierta regularidad. Madrid es una ciudad gris porque sus edificios están siendo devorados por lustros de contaminación sin que nadie haga nada por, como mínimo, lavarlos. La dictadura no está demasiado interesada en ese menester. Incluso el Banco de España aparece apagado por la opacidad obscura de la polución.

 Y es gris porque la mayoría de las gentes que la habitan también son grises. Cosas de la victoria principal de la dictadura: la destrucción de la memoria colectiva.

En el verano, la ciudad languidece. Aunque ahora sé perfectamente que casi nadie podía permitirse eso que de manera rimbombante se venía llamando período vacacional (vacaciones, simplemente), lo cierto es que cuando hago el recorrido diario desde la calle Espronceda hasta el final de la calle María de Molina, apenas veo tráfico y pocos deambulan por las calles de la ciudad. Recuerdo que las matriculas de los coches no llegaban al millón. Y los diseños todavía no habían devenido en la estética horrorosa de los actuales. No obstante (todo un misterio), la población desaparecía bajo el asfalto, a pesar de que el slogan del mayo francés, Sous les pavés, la plage!, aquí no hubiera surtido ningún efecto.

La arquitectura todavía no me había calado los huesos. Era difícil, con mis apenas quince años y la escasa información y difusión cultural que tenía lugar en aquella sociedad tan cerrada y estulta. Eso sucederá algunos pocos años después, cuando mi amigo José Ángel decide matricularse en la Escuela Superior de Arquitectura. A partir de ese hecho, llegan a mi escasa biblioteca de entonces los primeros libros sobre esta materia. El primero, y decisivo, La Historia de la Arquitectura Moderna, de Leonardo Benevolo. “El Benevolo”, como lo denominaban los estudiantes en la Escuela. Después vendrán, A.C./G.A.T.E.P.A.C 1931-1937, Le Corbusier, Frank Lloyd Wright, La Bahuaus, Adolf Loos, Eric Mendelsohn, Mies Van der Rohe, Aldo Rosi, y su Arquitectura de la Ciudad, Melnikov y los rusos, etc.

Son años en los que descubro algunas cosas que creía desaparecidas. Viviendo en el Paseo de las Delicias, esquina a la calle Ancora, frente a la vieja parada de metro de Palos de Moguer. La misma, en la que en un escuálido puesto de periódicos que allí había, al levantarme (el 20 de noviembre de 1975) para ir a trabajar, me encuentro con la imagen del dictador en las primeras páginas de la prensa. Franco había muerto. Pero la sorpresa nada tiene que ver con ese esperado, y deseado, acontecimiento, sino con el descubrimiento de la Estación de las Delicias.

Sabía por mi padre, que había utilizado en alguna ocasión la estación, de su existencia. Por eso, también sabía que hacía algún tiempo que había dejado de estar en funcionamiento, que estaba cerrada. ¿Pero seguiría en pie?

Lo que yo ignoraba, entonces, es que había sido cerrada viviendo ya en Madrid. Interesante coincidencia para lo que va a venir después, aunque con consecuencias mucho menos positivas, como veremos.

Una tarde otoñal, decido descender por el viejo Paseo de las Delicias en dirección a Legazpi. Sé que en la misma línea 3 de la que forma parte Palos de Moguer, existe una estación con el nombre de Delicias. Sin embargo, no sé a ciencia cierta cuál es el punto donde podría haber estado situada la antigua estación. En un cierto momento, casi a la altura de la entrada de la boca de metro de dicha estación, alzo mi vista y veo lo que parecen ser los restos en hierro forjado de los pebeteros situados en lo que queda de lo que pudo haber sido la puerta de entrada al recinto de la estación. El suelo está adoquinado. Dirijo mi vista hacia abajo pero no logro divisar resto alguno de la estación. Mis temores aumentan, supongo que lo único que queda es lo que acabo de describir y lo que intuyo unos metros más adelante de lo que pudo haber sido la vieja valla con zócalos de cerámica que aún dejan traslucir sus dibujos talaveranos azulados.

A pesar de que ya me embarga un cierto desasosiego, decido emprender la bajada de esa cuesta adoquinada al final de la cual diviso un horripilante edificio de hormigón que debe de ser de la empresa R.E.N.F.E. Se adivinan oficinas o algo parecido.

De pronto, nada más dar la vuelta a esa irrelevante construcción, sucede el milagro. La magia hace emerger de las profundidades de la historia una especie de estructura obscura, negruzca, cuya marquesina de cristales opacos ennegrecidos dotan a todo el conjunto de una extraña y particular belleza. Sí, ahí está, ante mis ojos, la vieja Estación de las Delicias. Abandonada, dejada de la mano de Dios, pero en pie. A salvo. Un escalofrío y una extraña emoción recorren todo mi cuerpo. Tengo la sensación de haber penetrado por el agujero de Alicia y haberme situado en otra dimensión.

Me quedo muchos minutos, casi hasta el anochecer, recorriendo una y otra vez esa estructura que atraviesa mi espíritu. Está cerrada a cal y canto y no puedo penetrar en su interior para poder situarme en los andenes y visualizar el hangar. Oteo, en la lejanía, algún vigilante, con su correspondiente perro guardián, que deben haber notado mi presencia. En ese momento, decido volver sobre mis pasos hacia mi residencia, una habitación alquilada en una vivienda particular donde vive una pareja con su hijo pequeño. Es algo habitual en el Madrid de ese período. Pensiones, residencias, cuartos, etc.

 Una tarde primaveral cualquiera, unos tres años antes. En las escaleras interiores de la Biblioteca Nacional he quedado con algunos amigos y alguna amiga. Cuando estamos ya todos, departimos sobre algunas cosas, como por ejemplo que no es lícito en tiempos de dictadura permitirse el lujo de escribir poemas de amor o pintar cuadros de una cierta belleza. Sólo es legítimo el arte militante, lo otro puede esperar. Bueno, ahora puede parecer extraño, pero entonces no lo era en absoluto. Aunque yo tratara de rebelarme contra esa opinión que manifestaba alguno de mis amigos y que, a mi juicio (tal vez porque había leído el Manifiesto por un arte revolucionario independiente que habían firmado en 1938, en México, Trotsky, Breton y Rivera), cercenaba la libertad que necesita para su expresión el arte.

Estamos al lado, a escasos metros. Se trataría tan solo de comenzar a subir la ligera pendiente de la calle Villanueva, que bordea la biblioteca hasta convertirse en el Museo Arqueológico Nacional, y encontrarse con la primera calle enfrente de los muros de la Biblioteca, la calle del Cid. Y toparse de lleno con él. Sí, de encontrarse con ese enorme y extraño caserío racionalista de cuyo techo emergen las estructuras rompedoras de las cubiertas hexagonales de un ingeniero magistral. El arquitecto es Secundino Zuazo; el ingeniero de tan singulares cubiertas y estructuras es Eduardo Torroja.

Estoy aludiendo al Frontón Recoletos, edificio de 1935 (sólo cinco meses supusieron su realización) e inaugurado en marzo de 1936, a escasos meses del golpe de estado de julio de 1936. Ahora, en mi cabeza (lo he pensado cientos de veces) creo que en alguna de las ocasiones que recalamos mis amigos y yo en la Biblioteca Nacional, he debido vislumbrar, al menos, la fachada que ocupaba la calle de Villanueva. Aunque estoy también seguro de que nunca he avanzando, en aquel período, hasta calle del Cid, casi llegando ya a la calle de Serrano, donde estaba la fachada principal del Frontón. Pero era 1971 o 1972, y yo poco o nada sabía de arquitectura. Nadie me había hablado (mi amigo aún no estudiaba arquitectura) ni de la Estación de las Delicias, ni de la Casa de las Flores, también de Zuazo, ni mucho menos del Frontón Recoletos.

Por eso la rabia y el desaliento me atenazan siempre que atravieso el Paseo de la Castellana y me encamino por la calle de Villanueva y llego hasta la calle del Cid para descubrir, siempre con horror, que el ejemplo más importante de la arquitectura española del siglo XX no existe. No estará nunca más. En su lugar, un complejo de apartamentos anodinos surgidos de la estulta especulación de la dictadura que apoyaron los alcaldes franquistas Carlos Arias Navarro y Miguel Ángel García Lomas. El Frontón fue derribado en 1973. Si hubiera aguantado tan solo tres años más, tal vez se hubiera salvado. Fue mala suerte que le tocara resistir en ese último período de la dictadura donde se ejecutaba a militantes antifascistas y se volaban edificios como el Mercado de Olavide de Francisco Javier Ferrero, obra de 1934. Incluso el viaducto de la calle de Bailén, obra de 1932 del mismo arquitecto, estuvo en un tris de ser también echado abajo. La dictadura franquista no sólo no respetaba la vida de muchas personas, tampoco respetaba el patrimonio histórico del siglo XX.

Me obsesiona ese Frontón desde hace mucho tiempo. Y lo que más me fastidia, y hace que se me salten las lágrimas, es saber que durante algún tiempo viví bastante cerca, en la calle de San Marcos, cerca de la calle del Barquillo, a un tiro de piedra, como quien dice, del Frontón. He merodeado por sus alrededores y estando ahí, a pocos metros, nunca me acerqué hasta sus inmediaciones. Ese pensamiento me destruye. Cinco años, nada menos que cinco años, para haber tenido el privilegio y la satisfacción de encontrarme con él. Pero es como si hubiese estado en la otra punta del globo. Sin ninguna posibilidad de descubrir esas estructuras innovadoras de Torroja y poder sentir la luz indirecta que entraba por esos dos enormes lucernarios de estructura hexagonal. Así son las cosas, a veces.

Y su recuerdo, casi real, de algo que hubiese experimentado, me persigue como un fantasma que quiere hacerse realidad. Fantaseo con la posibilidad de que algún filántropo despistado decida reconstruirlo en algún solar municipal. Lo de la reconstrucción no sería algo excepcional o raro. Ya se ha hecho en otras ocasiones. Valgan los ejemplos de la gasolinera de la calle de Alberto Aguilera, en Madrid, obra de Casto Fernández Shaw; o el Pabellón Alemán de Mies Van der Rohe de la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, reconstruido en Montjuïc, en la ciudad catalana.

Tal vez, de momento, como hice aquella vez, después de descubrir la Estación de las Delicias, me he puesto a hacer lo único que puedo hacer para consolarme de una perdida que considero muy mía. Y es recrear el interior y el exterior del Frontón Recoletos. Evocar un fantasma que ahora que he acabado de realizar ese trabajo plástico hace que me sienta un poco menos triste.

La imagen de la izquierda muestra el exterior del Frontón Recoletos, en una fotografía de los años sesenta, coloreada, tomada desde la calle del Cid.

La imagen de la derecha muestra el interior de esa maravilla. Se pueden apreciar los palcos de la zona más baja, casi en la cancha. Se observan algunos de los elementos decorativos de diseño racionalista. Sobre todo, esos dos lucernarios longitudinales de diseño tan radical y exclusivo.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Carlos Usín dice:

    Mis recuerdos de aquel Madrid de los años sesenta, también están dominados por el gris. Por aquellos años, los inviernos eran inviernos. Fríos, con nevadas no infrecuentes, con puestos de castañas asadas por las aceras. Luces de la ciudad mortecinas e inexistentes en la periferia. Únicamente en Navidad, Madrid se llenaba de luz, aunque no de demasiados colores. Ya sabes, la austeridad castellana.
    Pero me gustaría hacer un pequeño matiz de índole de percepción individual.
    En los años sesenta y más a finales cuando te sitúas en el 69, muchos españoles (no sé si una gran mayoría, pero me atrevería a decir que sí), disfrutaban de sus vacaciones. Y viajaban. No a EEUU o Croacia como ahora, pero Benidorm empezó a ser Benidorm por los españoles y no por los ingleses, como ahora.
    Sin ir más lejos, yo pasaba todo el verano en Galicia desde una década antes y te aseguro que en casa comíamos pollo los domingos. Sólo los domingos. Y sólo pollo.
    Y en cuanto a la política, evidentemente, yo era un niño (del 56), pero sólo te diré que mi padre, que estudió en un colegio de curas y se pasó la guerra civil currando en un hospital en Madrid, tuvo la oportunidad de ser invitado en varios campos de concentración, diversas cárceles y hasta tuvo la suerte de ser destinado a un Batallón de Trabajadores Forzosos. Y todo eso por estar en el sitio equivocado en el momento menos oportuno. A pesar de lo cual, no le impidió llevar una vida normal, familiar y disfrutarla.
    Es célebre la frase que se atribuye a Franco que dijo en cierta ocasión: «Usted, haga como yo, no se meta en política».
    Es decir que, imagino que si alguien estaba interesado en meterse en política, sin duda habría tenido problemas. Pero ya se sabe: así son todas las dictaduras. Ahora, por ejemplo, ha desaparecido una jugadora de tenis china porque ha acusado de abusos a un pez gordo del gobierno.
    Por lo demás, muy interesante ese viaje a lo largo del tiempo.
    Un saludo cordial.

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  2. Jesús dice:

    Muchas gracias Carlos por tus comentarios. Un saludo. Jesús Marchante

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