DESEOS by Pedro Martínez de Lahidalga

 “El hombre es mortal por sus temores e inmortal por sus deseos” (Pitágoras, siglo VI a. C.)

 Para establecer un marco a esta serie de reflexiones, propongo en convenir para la ocasión esta sencilla metáfora culinaria: el estado mental de cada uno es la sopa que el cerebro cocina con los ingredientes de sus actitudes (deseos, creencias, juicios e intenciones) y de sus experiencias conscientes (emociones, imágenes y resto de vivencias sensoriales). Teniendo en cuenta que los cerebros son tan variados y variables como los paladares, el que este caldo resulte apetecible va a depender de la calidad de esos ingredientes y de la mano -del estado de ánimo- del cocinero, tú mismo. Así como las creencias son las especias que le aportan más sabor, los deseos vendrían a ser la sal de este brebaje, que hace que su falta lo deje insípido y el exceso lo arruine.

 En todas las corrientes del pensamiento filosófico, desde los presocráticos, el deseo se encuentra vinculado a la esencia del ser -constitutiva del individuo- como motivación fundamental de su acción. Hasta bien entrada la Edad Moderna el deseo se consideró algo objetivo e inherente al individuo, en todo caso una servidumbre del sujeto ante él. Espinosa (Spinoza) en su tratado sobre la Ética, lo saca de ese registro de lo imaginario y lo materializa articulándolo al poder de la voluntad: por primera vez al deseo se le añade la razón como el otro componente esencial constitutivo de toda acción humana. Nos quedamos con eso.

 La epistemología apuntada nos adelanta una idea cabal de la esencia del deseo mas, para avanzar en su conocimiento buscamos una definición más ajustada, al modo de la doctrina psicológica, como noción  exclusivamente humana formando parte del circuito de la acción: el deseo en la búsqueda del placer definido como satisfacción temporal, producido por el reconocimiento del sujeto consciente de sí mismo, de su valor personal y colectivo. Eludo mencionar por infumables, aunque influyentes, las peroratas psicoanalíticas de Freud y su ejército de adeptos con eso del sueño como realización disfrazada de deseos reprimidos… y toda esa verborrea colgando.

 Huyamos de academicismos. Estaremos de acuerdo en que no todos lo deseos, al igual que ocurre con las creencias, comparten un mismo rango. Comprenderemos que no es lo mismo anhelar una justicia planetaria que, pongamos por caso, desear  sustituir  el móvil de hace un año por el último modelo que acaba de salir al mercado. Para poder explicarlo de una forma gráfica me invento esta jerarquía de los deseos, que vendría a ser algo así:

– En lo más alto de la pirámide, aunque contradiciendo su propia naturaleza temporal, se encontraría el único capaz de satisfacer definitivamente al sujeto: una hipotética beatitud -nirvana- o el deseo de la contemplación divina en otra vida después de la muerte. Como deseo nos queda grande, super-deseo al que no todos aspiramos (mucha sal para tan poca sopa).

– Justo detrás colocaríamos a los grandes deseos abstractos, con mayúsculas: Libertad, Justicia, Verdad, Belleza, Amor… y en ese plan. Caza mayor pero escurridiza, difícil de apuntar a la pieza.

– Seguidamente vendrían lo que yo entiendo como los deseos por antonomasia para el común de los  mortales, esos que partiendo de necesidades reales les añadimos un grado de sofisticación o dicho a lo  cursi: el deseo excede y sobre-determina la necesidad.

– Como base de todos los deseos se encuentran las necesidades humanas (ver Maslow y Manfred Max-Neef) que contienen las pulsiones fundamentales del personal: comer, vestir, hacer el amor… y en ese plan.

– Por último y no considerándolos como tales, sino como subdeseos o, mejor, caprichos, colocaría al consumismo rampante (el móvil del ejemplo) que, aún partiendo de una necesidad previa, la banaliza por agotamiento.

 Retornando al Yo, como diría el otro, al cabo de los años vuelvo a hacerme la pregunta introspectiva  sobre mis deseos y constato que apenas han variado desde que ya me la contesté (verano de 2009) sutilmente incorporados en un pequeño poema esencial que titulé Ensueño y subtitulé paraíso artificial, formado por seis versos de una sola línea en la que se entrelazaban presencias -emociones- y esencias -deseos-, en clara retroalimentación. Por si hiciese falta aclararlo, el subtítulo no era una referencia subliminal a los paraísos artificiales relatados por Baudelaire (aunque por aquellos lares el hachís rulase con cierta naturalidad) sino el intento de trasladar la íntima convicción de que cada sujeto debe ser el artífice de su propio paraíso (la utopía personal frente a las alambicadas utopías igualitarias pretendidas por Marcuse y compañía). A continuación del poema, a modo de comentario de texto, a cada verso le he desplegado su significante original (las piezas con el que fue construido): íntimas emociones y sencillos pero hondos deseos, con los que en este tiempo he ido conformando mi paraíso.

                                      Ensueño (paraíso artificial)

                          junio atardece en Cádiz                           mar
                          espacio blanco de Campo Baeza             luz
                          tensado por Sultans off swing                  armonía
                          líneas muy puras de M. Vicent                belleza
                          Marijose en el jardín                                amor 
                          y mis adorados hijos                               ensueño

 junio atardece en Cádiz                                                                                                                         mar

Ese mar que confundo con la libertad, el mayor de los deseos. Atardeceres de junio, interminables ocasos en las playas de Trafagar, la magia de ese instante eterno y de esos lugares imposibles donde todos los monos somos guapos.

 espacio blanco de Campo Baeza                                                                                                             luz

La luz es el tiempo que modula los espacios de la casa soñada. Casas del arquitecto Alberto Campo Baeza en los que la gravedad construye el espacio y la luz el tiempo, que él mismo describe poéticamente:

Mi casa en el verano es una sombra, entre cuatro paredes levantada. Sombra que a fuer de oscura es transparente de tan llena de luz que allí batalla… Cuatro altos muros blancos bien trazados, dispuestos con frugal sabiduría. Con un adentro en sombra bien medida, que con la brava luz porfía siempre.

 tensado por “Sultans off swing»                                                                                                      armonía

Así como la luz modula el espacio, la música lo tensa con resonancias armónicas que, según sus cadencias, despiertan o sosiegan el espíritu. En todo caso, lo elevan.

 líneas muy puras de M. Vicent                                                                                                           belleza

El afán de Belleza reflejada en las artes. Sea la literatura, al saborear una frase perfecta evocadora de sueños irrealizables al alcance de la mano; sea la pintura, contemplando la sensualidad, la fuerza del color y la fresca vitalidad de las geishas de Wallasse Ting; la escultura, en la belleza convulsa de las figuras espectrales de Giacometti; la danza, el cine, el teatro…

 Marijose en el jardín                                                                                                                           amor

 El jardín te pertenece, cualquier jardín, es tu posesión natural e indiscutible. Apareces entre plantas, te observo desde la distancia de mis jardines interiores y siento que te amo.

 y mis adorados hijos                                                                                                                        ensueño

Sí, ensueño como aspiración de vivir lo anhelado junto a los hijos, adorados de tan queridos. Fantasía de inmortalidad perfumando de trascendencia el círculo imaginado.

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