Congelador multiusos.

Imagen de OpenClipart-Vectors de Pixabay

Desde hace unas semanas que lanzamos la serie ¡Por fin es viernes! hemos querido abordar asuntos más livianos, más propios para el inicio de un largo período de descanso.
Estamos a las puertas de la Navidad y hoy queremos traer un tema que sin duda está relacionado: EL CONGELADOR.

A lo largo de la historia de los relatos, los protagonistas han encontrado en el congelador múltiples usos, tales como realizar balas de hielo que después de matar a la víctima, se deshacen y desaparecen, o congelar una pierna de cordero con la que después se hace un magnífico guiso que es devorado por los propios policías que investigan el crimen…y se quedan sin el arma homicida.

En esta ocasión, estoy seguro que el uso que le encontró la protagonista de la historia, será sorprendente.

***

Como abogado en ejercicio que soy desde hace más de veinte años, puedo afirmar que por mi despacho he visto desfilar todo tipo de gentes y circunstancias, lo cual me ha llevado a convencerme de que por mucha imaginación que le ponga, jamás podré llegar a las cotas de asombro que, en ocasiones, han alcanzado algunos asuntos y el comportamiento del ser humano en general.

Por razones de discreción y de secreto profesional, no puedo dar demasiados detalles de los casos que han pasado por mis manos, pero sí puedo mencionarlos, de modo abstracto, en ocasiones, o cambiando el nombre de las personas, o una mezcla de ambas. Y hay casos que me han llamado mucho la atención. Este es el caso que llamaremos de los preservativos en el congelador.

Contactar por primera vez con un cliente al que no conoces de nada y no tienes referencias de ninguna clase, es toda una aventura. En realidad, no sólo debes dedicarte a analizar, aunque sea de modo superficial, la cuestión que te plantea, sino que de alguna forma tienes que sondear, indagar, averiguar, qué tipo de persona es. ¿Es un delincuente que quiere hacerse pasar por honrado? ¿Sus intenciones son las que dice tener o hay algo oculto? ¿Qué pretende en realidad cuando acude a un abogado? ¿Quiere justicia, venganza, ambas?

La cita la había concertado una señora a la que llamaremos Lupe.

A la hora convenida, mi secretaria, fue a recogerla a la salita de espera y le hizo entrar en mi despacho. Venía acompañada por un caballero, quien más tarde, quedó aclarado que era su pareja actual. Le llamaremos Rafa.

Tras la presentación y saludos protocolarios, entramos en materia.

  • Ustedes dirán en qué puedo ayudarles.

Entonces, Lupe, respondió

  • ¿Cuál es el procedimiento a seguir en un caso de abusos deshonestos?

El comienzo no estaba mal. El tema prometía, pero debía conocer muchos más datos. Me acomodé en mi sillón y adopté la postura que suelo, cuando necesito pensar deprisa y hablar despacio. Apoyé el mentón en mi mano derecha y comencé a balancearme despacio, pero sin pausa, de derecha a izquierda, mirando tanto a ella, como al caballero.

Ambos aparentaban unos cuarenta años. Ella hablaba muy deprisa, de forma algo atropellada, como si estuviera nerviosa y en un tono ligeramente alto. Tenía el rostro redondo, los ojos grandes y oscuros, y su figura era tendente a rellenita sin llegar a ser gorda. Tal vez lo que más sobresalía físicamente de ella, era su escaso cabello. Gesticulaba mucho con las manos. Usaba un pañuelo para secarse continuamente el sudor de las palmas de las manos. Tenía una pierna cruzada sobre la otra y aunque no podía verla entera porque la mesa lo impedía, era evidente que no paraba de columpiar la pierna. Todo ello me hacía pensar que estaba incómoda.

Él, Rafa, por el contrario, mostraba un rostro serio, casi hierático. Sentado en su silla, con el tobillo apoyado sobre la otra rodilla, su postura cambiaba entre apoyar el mentón en alguna mano o cruzar sus dedos sobre su regazo. Su mirada raramente se dirigió hacia Lupe en ningún momento. Creo, de hecho, que, a lo largo de la reunión, no la miró en ningún momento.

Tras la pregunta de la señora, me pareció detectar un gesto de asombro por su parte. ¿Sería posible que él no supiera de qué estaba hablando ella? En ese caso, ¿qué hacía acompañándola?

Después de unos segundos, la pregunta era obligada:

  • ¿Quién ha sufrido los supuestos abusos, usted?
  • Sí, – respondió Lupe.

En ese momento me pareció descubrir en Rafa un levísimo gesto de sorpresa. Para mí estaba claro: no sabía de qué iba el tema.

  • Por favor, dígame cómo se produjeron los hechos.
  • Pues verá, yo me tenía que comprar una casa que debía estar cerca de la casa de mi madre. Como soy divorciada y tengo dos nenes pues muchas veces mi madre tiene que quedarse con ellos. Yo trabajo como profesora de Instituto y los horarios de los nenes y el mío, coinciden. El caso es que mi madre es algo mayor y para favorecer su trabajo de canguro y evitar que los críos tengan que desplazarse lejos, necesitaba que nuestras casas estuvieran cerca. Había una casa en venta en la calle contigua a donde vive ella y me decidí a comprarla.

Por el momento, no veía donde nos iba a llevar aquel relato. Me resultaba complicado encajar en el mismo concepto de abusos, a una madre anciana, unos hijos y una casa. Tendría que esperar unos minutos. De todas formas, iba anotando aquellos aspectos que me parecían más importantes.

  • ¿Cuántos hijos tiene usted?
  • Dos. Dos niños.
  • Continúe.
  • El caso es que es una casa muy grande – cuatro habitaciones, un amplio salón, cuarto de baño, una zona de lavandería enorme, cocina y una terraza – y cuando iba a los bancos a solicitar el préstamo, todos me lo denegaban.  Hasta que una vez, una amiga, me habló de una sucursal concreta. Mi amiga me aconsejó que para que me concedieran la hipoteca, sería conveniente que me pusiera un escote generoso y una minifalda. A ella, le funcionó. Así es que un día, fuimos las dos a verle y le planteé al director la situación. El director, prometió estudiar el caso, pero me pidió que le llevara toda la documentación al día siguiente, a partir de las 15.00, que es cuando ya han cerrado.
  • ¿Y usted qué hizo?
  • Pues me puse la minifalda y el escote, cogí toda la documentación y fui a verle a su oficina.

Silencio expectante.

En ese momento miré tanto a Lupe como a Rafa. Él, continuaba completamente mudo, como una estatua de sal en su silla, pero al mismo tiempo cada vez más tenso. Era más que evidente que a él le sorprendía todo mucho más que a mí, que ya estoy acostumbrado a escuchar de todo.

  • Y bueno, pues al final, me concedieron el préstamo, claro. Más adelante- continuó Lupe-, el mismo individuo, me citaba en mi propia casa, después de salir de su trabajo y antes de que los nenes llegaran del colegio.
  • ¿Y para qué se citaban en su casa?
  • El pretexto era firmar algunos papeles. La verdad, para mantener relaciones íntimas, claro.

Dicho así, todo parecía natural, casi inevitable. Volví a mirarle a él y su cara era ya un poema. Ni siquiera la miró a ella cuando escuchó la frase. Me dio la impresión de que quería salir corriendo cuanto antes y olvidar todo eso que estaba oyendo, como si nunca hubiera ocurrido. ¿Era ese gesto una sensación de asco, de desprecio, de vergüenza, de tristeza, de arrepentimiento, de revelación? A mí me dio la sensación de que sí. De todo eso y tal vez algo más.

  • ¿Durante cuánto tiempo mantuvo esa relación?
  • Más de dos años.  Terminé con ello al conocer a Rafa, – dijo mirándole a él.
  • ¿Cuánto tiempo hace que están juntos ustedes?
  • Un mes.

Hace mucho que, como abogado, intento no juzgar a las personas. Para mí, representan asuntos legales que debo afrontar, pero procuro que mis principios morales no interfieran con el caso. 

Nuevamente, le miré a él brevemente. Su lenguaje corporal hablaba por todas las palabras que no pronunció. Rafa, tenía la mirada fija en sus zapatos y sus manos entrelazadas sobre su vientre o agarrando en ocasiones una rodilla. Su postura me hizo reflexionar sobre lo que podía estar pasando por su cabeza. Sólo pude imaginar. Parecía petrificado en su silla, como si estuviera invadido por el pánico de volver la mirada hacia ella, y que fuera a descubrir en el fondo de sus ojos, el profundo rechazo que sentía en esos momentos. Me pareció descubrir un gesto de tristeza, de arrepentimiento más sincero y absoluto por haber puesto sus ojos en un ser, capaz de acostarse por dinero con alguien para conseguir sus objetivos.

Por su parte, Lupe, me dio la impresión de que, aunque algo incómoda al principio, comenzaba a saborear una dulce venganza que, indudablemente, debía llevar planificando desde hacía tiempo. Sólo así puedo entender que después de aceptar prostituirse por conseguir un préstamo hipotecario; después de aceptar ser tratada como una profesional del sexo con la que te acuestas siempre que te apetece y en casa de ella, pretendas dos años más tarde, denunciar al individuo por abusos deshonestos. Eso olía a venganza pura y dura.

  • ¿Por qué no terminó antes con esa situación?
  • Porque como tengo problemas para pagar la hipoteca, tenía miedo de que endureciesen las condiciones y tuviera que sacar la vivienda a subasta y claro, ¿qué hago yo con los nenes? ¿dónde viviríamos?
  • Ya, pero ahora sigue teniendo problemas para pagarla y sin embargo ha tomado la decisión de romper.
  • Claro, pero es que ahora tengo esta relación.

¿Qué significaba aquella afirmación? ¿Decoro, arrepentimiento, vuelta a empezar? ¿O lo que quería era que su nueva pareja se hiciera cargo de una hipoteca que ella no podía pagar? ¿No era eso el mismo perro con distinto collar? ¿Acaso no estaba pasando de depender de un hombre, director del banco a depender de otro para hacer frente a sus compromisos? ¿Ese era el motivo oculto de traer a esta reunión a Rafa? ¿Informarle de la situación pasada y anunciarle lo que se esperaba de él en el futro inmediato?

La verdad es que todas esas cuestiones no eran de mi incumbencia, pero no pude evitar pensar sobre ellas a tenor de lo que estaba viendo y escuchando. En el fondo, esa información también es útil para manejar los asuntos porque a los abogados nos proporciona un perfil del cliente. No es juzgarle, se trata de saber cómo respira.

Intenté centrarme en aquello para lo que se me había requerido: asesorar a un posible cliente.

  • Hombre, en principio, el tiempo transcurrido desde el final de la relación hasta la actualidad, está dentro de lo que marca la ley para ser admitida la querella, aunque está rozando el límite. Pero hay otro aspecto importante.
  • ¿Cuál?
  • Usted, lógicamente, ¿no tiene testigos de que ese señor mantuviera relaciones sexuales con usted, no?
  • Bueno, en casa vivía un señor, Salvador, que me envió mi hermano. Era amigo suyo y le había alquilado una de las habitaciones de la casa para que, con esos ingresos, me ayudaran un poco. Pero resulta que, al poco tiempo, el buen señor, dijo que se había quedado en paro, que no podía pagar la habitación y entonces yo le tenía a cargo de los nenes mientras yo estaba trabajando. De todas formas, él veía cuando venía el director y nos metíamos en mi habitación y se marchaba a los 20 minutos. O sea que, Salvador, tampoco le vio físicamente.
  • Ya, pero eso para un juez, podrían haber estado jugando a las cartas.
  • ¿Y si tuviera pruebas irrefutables?
  • Como cuáles.
  • Tengo guardados en el congelador los preservativos que usó y de ahí, se puede extraer el ADN.

Carlos Usín

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