DESMITIFICAR LA INFANCIA  by Ana de Lacalle

La infancia no es ese idílico edén que la cultura occidental ha mitificado, quizás de manera más evidente a partir del siglo XX. Nos complace creer que tuvimos ese periodo feliz y que la existencia empezó a complicarse después. Tal vez, hemos estado poco atentos al esfuerzo, el padecer, el miedo y la inseguridad que produce en una mente virgen el impacto de ir tropezando con la realidad. Ese exigente mundo que, empezando por la familia, moldea e impone la forma de percibir el entorno y de responder a él.

Desde el recién nacido que va lentamente adquiriendo la conciencia de sí, hasta ese niñ@ que lidia con los otros para ser aceptado, integrarse con sus iguales y sentir que hay un lugar para él en el mundo, hasta los aprendizajes necesarios que implica su socialización en la escuela. La adquisición por ensayo y error, a menudo, de lo que está bien y de lo que está mal, a fin de interiorizar los patrones morales de su cultura y las costumbres y convenciones sociales.

Seguramente la ventaja con la que juega esta etapa de la vida es la falta de memoria. Esa carencia es su mejor aliada porque no retiene en la conciencia emociones y sentimientos que se han experimentado con dolor.

Intuyo también que la idea de la infancia feliz es la característica culturalmente correcta para no cuestionarse, ni uno mismo ni en público, el trato, el amor y la educación que recibimos de nuestros padres. Existe un cierto tabú, y tal vez la expresión sea exagerada, sobre las figuras parentales que se asienta en la adultez, y que parece impedir que se reconozcan los defectos, los fallos y el daño que, con voluntad o sin ella, los padres nos hicieron. Cuando somos madres o padres y si poseemos una conciencia y una actitud autocrítica nos apercibimos que hicimos lo que supimos, aunque no siempre. A veces priorizamos nuestras necesidades de adultos en relación con las perentorias y cruciales de los hijos. Esa es la realidad. No siempre actuamos con la generosidad y el desprendimiento que se nos presupone.

Sin embargo, eso es muy difícil de admitir por ambas partes, llegados a determinades edades. Aquí la culpa adquiere un protagonismo crucial: en unos por no haber hecho lo que debían y sabían, en los otros porque les resulta una actitud de desagradecido, un juicio voraz y propio de un@ mal hij@.

Reconocer la propia historia es un tramo indispensable por el que hay que transitar para entenderse a uno mismo, ser benevolente y poderlo ser a su vez con la familia. Los secretos que se incrustan en el alma solo generan dolor, rencor y odio. Y todas las familias tienen secretos innombrables.

Desmitificar la infancia es una condición necesaria para captar el padecimiento que implica crecer y poder acompañar con el máximo amor del que se sea capaz. Dialogando, ayudando a manifestar emociones y sentimientos que nunca pueden ser objeto de juicio, y gestionar ese mundo interior que se tambalea cada vez que lo que se recibe no es lo que se espera.

No desearía para nada que este texto se interpretara como una sobreprotección de los niñ@s. Al contrario, una cosa es prescindir de su vida interior, que la tienen y muy fluctuante, y otra no educar poniendo límites y mostrando que la existencia exige esfuerzo que, sin este, poco se logra y que la satisfacción de conquistar la propia autonomía luchando por lo que cada uno quiere es un camino saludable, estimulante y refuerza la autoestima.

No creo que haya etapas de la vida más fáciles que otras, antes entiendo que hay vidas más llevaderas que otras, y que más que con el periodo vital que recorremos lo que enturbia y perturbar el existir son las condiciones familiares, sociales y económicas en las que uno vive.

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  1. Reblogueó esto en FILOSOFIA DEL RECONOCIMIENTOy comentado:

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