PASIONES by Pedro Martínez de Lahidalga

 “Yo, como don Quijote, me invento pasiones para ejercitarme” (Voltaire)

 Como Francisco Umbral observara, Voltaire vio bien que el hombre en madurez (don Quijote es cincuentón y soltero) o pega el salto cualitativo y cambia la realidad de los libros por la irrealidad de la vida, más palpitante y vibrátil, o le coge ya la postura a la vida y no dará más de sí. Por lo que el hidalgo incluso se inventa, entre las pasiones militares y andantes, una nueva pasión amorosa, una moza lejana que viera en mercado, dejando que el propio amor la ascienda a princesa. Esta primera reflexión ajena me va a permitir sacar este tema -las pasiones- de los chiqueros donde se encuentra encerrado (sean la abstracción filosófica, la doctrina psicológica o la literatura) y recibirlo a porta gayola, sin otro engaño para enfrentarme al morlaco que el del propio cuerpo y mi actitud personal. Pero antes de eso, por seguir con el símil taurino, pongamos al toro en suerte.

 Al indagar en su significado y etimología me encuentro con algo en lo que no había reparado, la palabra tiene su origen en el latín passionis, copia del griego pâthos, que significa acción de padecer (mistificada en la pasión de Cristo) y queda conceptuada como lo contrario a la acción o como el estado pasivo del sujeto. No es sino a partir de su quinta acepción cuando ya por fin nos encontramos con lo esperado: perturbaciones, inclinaciones y apetitos varios.

 La epistemología filosófica la mantiene en esa posición sufriente y pasiva de la que va saliendo, no sin esfuerzo, a partir de los racionalistas y escépticos desde Espinosa – Spinoza– pasando por Descartes o Hume (con el precedente de Aristóteles) hasta llegar a Kant en su Antropología (finales del XVIII) describiéndola como ese tipo de emoción contenida y reflexiva “la inclinación difícil o absolutamente invencible por la razón del sujeto es una pasión.” Evitaré adentrarme en los tormentos existenciales de Kierkegaard, en la filosofía patética de Heidegger, el yo puro de Husserly otras fenomenologías, como la moralista de Hegel y no digamos la retomada -ya sin moralismos- por Marx, en las derivadas del capitalismo de Walter Benjamin o las tan propias, descritas en primera persona, por Sartre.

 Del chiquero psicológico cabría rescatar aquella clasificación esclarecedora de los tres círculos afectivos en los que nos movemos y que, enumerados de fuera a dentro, serían: las emociones, como rupturas del equilibrio intensas y breves; las pasiones, emociones igualmente intensas pero a la vez prolongadas e intelectualizadas y, por último, los propios sentimientos, como estados afectivos más profundos.

 Estaremos de acuerdo en que la pasión (negativa) más peligrosa es el odio. La naturaleza humana, cuando se encuentra ante ciertas tesituras, tiende al rencor por lo irónica -sentida como injusta- que es la vida; sentimiento que si se encona deviene en odio, fruto de una dinámica perversa que, más o menos, sigue este u otro parecido guión: el débil de carácter envidia al fuerte, el obtuso al inteligente, el menesteroso siente resentimiento hacia el rico, el que fracasa dirige su malevolencia contra el que triunfa, el mediocre siente animadversión contra el excelente, el que carece de dones o capacidades se carga de resentimiento contra quien los posee… Resultando a la postre un auténtico semillero de desdichas.

 Ya se oyen los claros clarines -Rubén Darío- y mi cuerpo (de pasiones naturales y ardientes) que no sabe de aliteraciones ni onomatopeyas, se aferra al capote (de pasiones afectivas y frías) para, con una larga cambiada, salir del lance. Esta aparente  dicotomía kantiana entre pasiones surgidas de la inclinación natural (libertad y sexualidad) o de la cultural (afanes de honor, de dominio o de posesión) me parece a mí que se resuelve de una forma espontánea en el ser humano que, al fin y a la postre, necesita convivir con el antropoide que todos llevamos dentro.

 Mi condición de mono (el mono calvo) me permite verlo con claridad desde una perspectiva diferente. Como tal antropoide me ha tocado convivir en un pretendido enteradillo pelmazo que no me deja actuar con naturalidad, no sólo me obliga a leer durante horas unos tochos aburridísimos sino que, cada vez que intenta relacionarse con las mujeres, me ata en corto imponiéndome una disciplina ridícula. Se lo perdono porque me he percatado de que a las chicas en ese primer contacto les suele gustar escuchar algo que suene bonito, pero eso sí, se lo he condicionado a que luego (metidos ya en faena) pueda proceder sin ataduras. Últimamente lo encuentro más tolerante y la verdad es que me tiene más suelto, me malicio de que obedece a su temor de que el día que yo decaiga él se considere acabado, tiene pavor a terminar convirtiéndose en un bibliotecario.

 Por lo demás, desde mi limitada visión de primate, nunca he apreciado en él ninguna otra pasión que pudiera reseñar, aun a pesar de las ansias y la codicia ambiente que sí hemos podido percibir y algunas veces padecer a lo largo de nuestro ya larga trayectoria juntos. En todos los lugares en los que habitamos nos hemos topado con no pocos individuos que, por falta de autoestima en unos casos (o por propio interés en otros) exageran hasta la extenuación sus ansias de pertenencia a algo (a una tierra, un país, partido, confesión, creencia, organización… o a un club de fútbol, en el caso más conmovedor) y tienden a desarrollar un sectarismo ciego que los hace intransigentes o, lo que es peor, aburridos. No sé porqué pero, de una u otra forma, estos personajes suelen estar estrechamente relacionados con los que proliferan en las organizaciones, empresas u otros lugares de trabajo, esta vez travestidos en adictos al poder en sus diferentes formas (político, económico, social…) y categorías (en el sentido de que cuanto más mediocres, mayor es su enardecimiento). Me pregunto si en el futuro tendré que seguir insistiendo en esa inventiva de pasiones que me permita continuar ejercitándome, como Voltaire, o sirva con seguir manteniendo la que aún hoy mantengo: la pasión por la vida ¡Chissà!

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