¿DISCAPACIDAD O DIVERSIDAD FUNCIONAL? by Ana de Lacalle

Mi metabolismo parece estar ralentizado y los artículos surgen tras las efemérides algo desacompasados. Así, el pasado día tres de diciembre, tal y como estableció la ONU en 1993, fue el día internacional de la discapacidad. Aunque sea con una semana de retraso, creo importante proponer alguna reflexión, no sobre los días internacionales de, que ya la he hecho en alguna ocasión, sino en concreto sobre la discapacidad.

El término, como se ve, está compuesto del prefijo dis- y el sustantivo capacidad. El significado más conocido de este prefijo es el latino que implica negación. En este caso, pues, se acostumbra a entender no-capaz. Sin embargo, el prefijo en su origen griego tiene un sentido menos excluyente porque expresa dificultad o anomalía. En el caso que nos ocupa esta se referiría a la capacidad, es decir, toparse con un obstáculo mayor de lo normalizado en alguna capacidad concreta.

Si nos apoyamos en la acepción de origen griego, al hablar de discapacidad nos referimos a una merma en una capacidad física, psíquica, …—existe una clasificación de los tipos de discapacidades que se puede consultar[1]— no a una negación absoluta de una capacidad, ya que en muchos casos no es así.

Dicho esto, el propósito es analizar la terminología dispar que se propone respecto de cualquier discapacidad por considerarla más inclusiva. Es decir, disolviendo el término de normalidad algunos sectores —que paradójicamente no son siempre el conjunto de afectados, bastantes de los cuales se oponen a la nueva nomenclatura— apuestan por utilizar la expresión diversidad funcional.

Desde mi perspectiva, esta opción lingüística puede comportar un perjuicio para las personas con la discapacidad que sea. Fijémonos que diverso es variado, plural, heterogéneo. Así, la diversidad funcional es tan extensa como individuos humanos hay. Nadie ejerce sus capacidades de forma idéntica a otra persona, porque cada uno es único. Dicho de otra forma, considerando que todos somos diversos -únicos- en el despliegue de nuestras capacidades, se disuelve el  concepto de discapacitado ya que constituiría un punto más en la amplia gama de funcionalidades, y con esta supresión, fulminamos los apoyos funcionales, económicos y apoyos sociales que deben recibir estas personas por poseer una  mayor dificultad que el la media de ciudadanos en el desarrollo de su vida cotidiana sea por la merma de la capacidad que sea.

Así que, buscando la inclusión los disolvemos en lo normal que se llena de diversidad, como si no poder caminar o ver u oír fuese una peculiaridad identitaria más que no merece un soporte social para que la vida de estos individuos pueda desplegarse de la manera más autónoma posible, y equiparando la igualdad de oportunidades respecto de lo que no poseen ninguna, ahora sí, discapacidad.

La integración de las personas en la sociedad no se logra negando sus discapacidades; al contrario, considero que lo único que se logra es negar su existencia, anularlos, aunque no sea este el propósito de algunos sectores que apuestan por esta expresión. Diría aquí que la normalidad está sobrevalorada, porque pertenecer al rango de individuos que por sus capacidades se ubican dentro de lo normal no es ninguna conquista, sino a menudo la constatación de pertenecer a la masa mediocre considerada igual, cuando de hecho tampoco lo es, ya que existen factores sociales y económicos que sin ser discapacitantes, implican barreras difíciles de superar. Aunque este sería otro tema.

Así es que desde aquí, entiendo que normalizar las discapacidades es aceptarlas y facilitar socialmente la vida de estas personas, y educar -primero en el seno familiar- para que nunca sean motivo de discriminación o marginación.

Los discapacitados, muchos de ellos son plenamente conscientes de su discapacidad y lo que quieren es que se reconozca el escollo con el que se topan y que se les proporciones medios para poder llevar una vida lo más normalizada posible, valiéndose de su propio trabajo si es posible, disponiendo de una vivienda adaptada o del soporte de personal especializado en su cotidianidad.

Tal vez, deberíamos escuchar más a las personas que padecen alguna discapacidad y no decidir por ellos cómo y en qué términos hay que considerarlos.

Ana de Lacalle

[1] https://www.sunrisemedical.es/blog/asociaciones-de-discapacitados

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Scarlet Cabrera dice:

    Una reflexión que anima otras sobre el mismo tema. Te cito: «Tal vez, deberíamos escuchar más a las personas que padecen alguna discapacidad y no decidir por ellos cómo y en qué términos hay que considerarlos.» Sin duda, lo esencial sería escuchar a las personas, intentar sentir sus sentimientos porque racionalizar e imponer, es tradición en nuestra sociedad, lamentable costumbre que en vez de resolver muchas veces hiere, en vez de ayudar, complica y en vez de educar, satiriza y lo peor, supuestamente, con «buenas intenciones».

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