Objetos, objetos. ¿Por qué son tan queridos? (Segunda Parte)

By Mercedes Freedman

¿Dónde está mi maleta azul?

En Objetos, objetos. ¿Por qué son tan queridos? (Primera parte) se exploró nuestra fuerte conexión con objetos en términos de la teoría de impronta/apego, la cual argumenta que, al nacer y por motivos innatos, estamos predispuestos genéticamente a apegarnos a una figura humana, lo cual nos aporta protección y una base desde donde explorar nuestro mundo alrededor. También se planteó razonable asumir que, con cierta similitud, nos sentiremos atraídos por objetos asociados con un aporte benéfico hacia nuestro bienestar emocional, lo cual puede conllevar a una relación tan estrecha con ese objeto que se diría  es apéndice de nuestro ser. 

Un objeto puede provocar bienestar por sí mismo. Una obra de arte trae consigo elementos de estética que hablan directamente. Otros nos hacen sentir bien por su asociación con otros objetos, personas, situaciones, etc. que nos aportan beneficio emocional. Este segundo caso se pone de manifiesto  en una gran variedad de circunstancias. El aeropuerto es un lugar excelente para una de estas observaciones, y hacia  allí nos dirigimos. 

¿Dónde está mi maleta azul?

Después de aterrizar y pasar por el control de policía, los pasajeros aceleramos el paso en dirección al punto de recogida del equipaje. Sin dejar de caminar, nuestros ojos buscan la pantalla con  información sobre el número de la cinta correspondiente a nuestro vuelo. Nada más llegar a la cinta, algunos se apresuran a identificar por dónde exactamente salen las maletas a la superficie. Otros no son tan impacientes. La mayoría sentimos entonces una extraña añoranza por reencontrarnos con aquella maleta que en casa vive en el ático o en un armario. Los ojos de los pasajeros alrededor de la cinta viajan sin parpadeo por cada pieza de equipaje que un ser invisible en las entrañas del aeropuerto expulsa al aire para que aparezca allí, casi a nuestros pies.

“¿Será mi maleta la próxima? Ya han salido varias. Esa, esa azul marino se parece a la mía. Pero no, no es mi maleta. Esta tiene una etiqueta de piel con los datos del dueño, la mía es de papel y de Iberia”.

La cinta se detiene y todos fijamos nuestros ojos en la boca que vomita las maletas. Algunos caminan, sin detenerse, alrededor de la cinta, como intentando acelerar lo que pasa allá abajo para que las maletas aparezcan con más rapidez. 

“¿Estará mi maleta en el siguiente grupo por salir? ¿Y si no aparece? ¿La habrán metido en el avión equivocado con vuelo a quién sabe qué lugar del mundo lejos de casa? ¿O la dejaron detrás, sola y con otras almas perdidas? ¿Regresará algún día a aquel ático donde siempre vivió? ¡Ah, menos mal! Están saliendo más maletas. Esa es azul. ¡Ah, pero no es la mía! Está claro que esa cintita rosa chillón ayuda a identificar desde lejos si la maleta es la nuestra o no. Vengo diciendo que debo ponerle una cita a  la mía y sigo sin hacerlo. Esta, esta que se acerca sí es la mía.”

Encuentro camino entre la gente para no perderla cuando pase frente a mí, y tropiezo con una chica que se ha dado cuenta de que su maleta pasó de largo. La veo dar unos pasos ligeros y, como si saltara sobre barreras en una competencia hípica, brinca por encima de una de las maletas que otro de los pasajeros acaba de poner en el suelo y rescata su maleta con un suspiro.

“¿Y mi maleta? ¿También pasó de largo? Esa, esa sí es la mía”.

La bajo de la cinta y la miro como si fuera ese amigo con parecido a la persona que conocí hace años pero algo irreconocible después de tanto tiempo sin verle. 

“Si es mi maleta tendrá algunas de las cosas que metí en el último momento en este bolsillo de un lado y que no me dio tiempo de cerrar. No, esto no es mío. Además, mirándola bien es un azul mucho más claro que el de la mía y no tiene mi etiqueta de Iberia, aunque eso pudo perderse por el camino”. Y la pongo de nuevo en la cinta.

“¿Dónde está mi maleta?”

Los que quedamos somos cinco personas con los ojos fijos en la misma mochila que salió con las primeras piezas de equipaje y que parece añorar que alguien la rescate de aquel monótono e incesante dar vueltas.  Algunos suspiramos y miramos alrededor para, finalmente, deducir que nuestra maleta está en algún sitio que no es allí con nosotros. 

“Mi maleta es mi otra mitad. ¿Qué haré sin ella?”.

En el mostrador de reclamo de pérdida de equipaje, describo mi maleta detalladamente, o sea lo que me parece recordar porque hay mucho que no recuerdo claramente, igual que no sabría decir cual es el color exacto de los ojos de amigos que veo con frecuencia. Después de unos minutos angustiosos, me confirman que ha sido localizada, que no salió con mi vuelo pero que llegará en el siguiente y que puedo recogerla de la cinta dos o dejar que sea entregada en mi destino. Me apresuro a decir que esperaré en la cinta dos. Sin embargo, tampoco allí tengo mi reencuentro con mi maleta azul. Cuando reclamo de nuevo, la persona que ya me había atendido  me dice que la  acompañe a la cinta. Como si hablara lejos de allí, le oigo decir que solo quedan dos maletas dando vueltas, que ninguna coincide con la mía y, después de una pausa,  me informa que no, que mi maleta no parece haber llegado.  Yo sigo mirando la cinta dar vueltas con la sensación de vacío que queda al no poder reencontrarnos con ese amigo querido.

¿Cómo explicar esa sensación de haber perdido algo de nosotros? Lo que metemos en una maleta puede ser reemplazado (con algunas excepciones). Sin embargo, aquello representa quienes somos en el lugar que vivimos, en esa base que llamamos casa (la física y la metafórica): el cepillo y la pasta de dientes de dientes que nos gusta,  únicos para cada uno de nosotros; el champú que llevamos de casa porque es el favorito de siempre, aunque el hotel provee;  las sandalias cómodas para mucho caminar; el pijama que nos gusta en época de calor. Son todos objetos físicos que nos dan un bienestar interior.  El equipaje es el vínculo con nuestra casa y hogar, la  base desde donde construimos, alteramos, aceptamos nuestras vidas, y que, aún estando lejos de allí, representa seguridad y protección.

La pérdida del equipaje es obviamente trivial cuando se compara con pérdidas de significancia mucho mayor pero ilustra cuán fácil conectamos con objetos que asociamos con bienestar y solidez.  Otros objetos, también aparentemente triviales, nos causan al perderlos, por la misma razón, aún mayor angustia. En esto, el rey es, indudablemente, el teléfono móvil, un objeto que  nos aterroriza perder. Esto lo veremos en la tercera parte de esta serie de ensayos: Objetos, objetos. ¿Por qué son tan queridos?. Yo soy mi móvil. El móvil soy yo.

2 Comments

  1. Hace muchos años, vi una película que se titulaba «Los dioses deben estar locos».
    En ella se trataba del impacto que causa en una tribu africana, perdida y desconectada de la llamada civilización, cuando desde el cielo, el piloto de una avioneta tira por la ventanilla una botella de Coca-Cola.
    De pronto, empiezan a encontrar las más diversas utilidades a la botella, creándose entre los miembros de la tribu un deseo irrefrenable de poseer el objeto que les enviaron los dioses.
    Al final, el jefe, tira la botella a un precipicio.

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