IDENTIDAD, MEMORIA, IMPUNIDAD, OLVIDO

By Jesús Marchante Collado                           

Patricio Guzmán es un director de cine chileno que ha realizado grandes películas, dentro de la categoría llamada documental. No obstante, películas, al fin y al cabo. Aún recuerdo, con emoción, la primera vez que pude ver en una sala cinematográfica, su legendaria trilogía: La Batalla de Chile. Documento exquisito para poder rastrear y analizar la experiencia chilena del gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende. La trilogía acaba con los aviones pasando en vuelo raso sobre el Palacio de la Moneda, bombardeándolo. El palacio en llamas da cuenta de lo que acaba de empezar. El presidente y alguno de sus allegados mueren defendiendo las últimas defensas de la democracia popular chilena.

Muchos años después, ya metidos en el siglo XXI, me reencuentro con Patricio Guzmán de la mano de dos magníficos documentales-películas: Nostalgia de la Luz y El Botón de Nácar. La memoria y la identidad hechos poesía absoluta. Eso rezuman esas filmaciones de los años 2010 y 2015.

Ahora, ayer mismo, por casualidad, mirando la cartelera, me encuentro con su última película, de 2019, La Cordillera de los Sueños. Decido ir a verla inmediatamente. La dan sólo en una sesión, en uno de los cines de mi ciudad, Madrid. Así que ya sé que, casi con toda seguridad, en una semana habrá desaparecido de las pantallas, o, mejor, de la única pantalla que da espacio a Patricio Guzmán: a pesar de haber ganado el premio al mejor documental, en Cannes, ese mismo año. En la sala, a pesar de ser una única sesión, y ser sábado por la tarde, sólo somos ocho personas. Fantasmas de un pasado que, por desgracia, ha construido el horroroso presente que habitamos.

La cordillera que filma Guzmán, es la cordillera de los Andes, esa que protege y, al mismo tiempo, aísla a Chile. Supone el ochenta por ciento de todo su territorio; siempre ha estado ahí. Esa línea infinita montañosa ha sido el testigo mudo de la explosión del horror que supuso el golpe de estado de Augusto Pinochet, también de Richard Nixon y de su secretario de estado, Henry Kissinger. Siempre me ha llamado la atención que estos dos personajes, inteligentes y malvados, estaban sumidos en el caso Watergate que los arrojaría al basurero de la historia. Sin embargo, hicieron todo lo necesario para que un país, democrático y libre como Chile, saltara por los aires y fuese arrojado a las tinieblas de la economía salvaje y asesina de la llamada Escuela de Chicago, al frente de la cual estaba el economista “vulgar” Milton Friedman. Eso sí, a ese tipejo “charlatán”, como lo habrían definido Marx y Engels, le concedieron el premio nobel de economía, tres años después del golpe de Pinochet, en 1976.

En este último documental de Patricio Guzmán, el director chileno se encuentra con otro director de documentales, y fotógrafo, Pablo Salas, que lleva filmando todo lo que pasa en Chile desde los años ochenta del pasado siglo. Salas es una persona buena, se ve inmediatamente en sus gestos y en su mirada ante la cámara. Vive en una habitación rodeado de miles de cintas de video y, también, digitales.

Salas, que era un adolescente cuando estalló el golpe, y, por lo tanto, seguramente eso le salvó, nunca ha querido abandonar su país, Chile. En el film de Guzmán dice algo terrible: “Yo he filmado muchas cosas que hacen entender qué demonios fue la dictadura de Pinochet. Sin embargo, es algo ínfimo, porque ni yo, ni nadie, hemos podido filmar las torturas y los asesinatos que cometió, con total impunidad, la dictadura…”

Recuerda, también, como en esos años ochenta, pasados ya bastantes desde el golpe de estado, una madrugada, a golpe de megáfono y de fusil, los militares entraron en uno de los barrios populares de Santiago, La Victoria, y se llevaron a todos los sujetos varones de dicha barriada: hombres, adolescentes y niños. Lo cuenta, al día de hoy, aún estupefacto.

Guzmán, en cambio, después de ser detenido y haber estado en el Estado Nacional (donde fueron llevados, como campo de concentración en que fue reconvertido dicho estadio, miles de chilenos; donde fueron asesinados muchos de esos detenidos) logró salir de Chile y nunca más volvió, salvo para hacer alguna filmación. Afirma, en su película, que no reconoce Santiago, la capital, donde nació. Esa ciudad se perdió para él, y para otros muchos, con el golpe de estado y la llegada de la dictadura. No obstante, lo que ha tratado de hacer durante estos más de cuarenta años, ha sido dar testimonio de la memoria, de la identidad; de luchar contra el olvido y la impunidad. Vive en París desde hace veinte años. Los otros veinte anteriores, los pasó en Madrid.

En La Cordillera de los Sueños, la poesía se sobrepone sobre el horror de lo que sucedió en 1973, que llega hasta hoy con la constitución pinochetista, en vigor, y toda la política económica implantada por los Chicago Boys, de Friedman.

Hoy, cuando escribo, domingo 19 de diciembre, casualidad de las casualidades, hay elecciones presidenciales en Chile. El candidato de la ¿nueva Unidad Popular?, Gabriel Boric y el nuevo, o siempre viejo, pinochetista, José Antonio Kast. Incluso la vieja democracia cristiana está del lado de Boric. Esta vez, tal vez no quiera cometer el error histórico clamoroso de permitir, con su oposición radical a Salvador Allende, que no tenía la mayoría en el Parlamento, la llegada de Augusto Pinochet. Chile se juega mucho, o todo, diría yo, en estas elecciones de hoy.

Viendo La Cordillera de los Sueños, no puedo evitar acordarme de mi amigo Joan E. Garcés (Juan Enrique, como le llamaba el presidente Allende), que fue el principal asesor privado de Salvador Allende. La mañana del 11 de septiembre de 1973 estaba con el grupo de sus colaboradores más allegados, y de su guardia personal, en el Palacio de la Moneda. Allí, y pese a mostrarse en desacuerdo, siguiendo las instrucciones del Presidente, abandonará la Moneda, porque él era el mejor indicado para contar lo que había sido la experiencia del gobierno de la Unidad Popular y lo que acaba de pasar en Chile. Lo hará en un espléndido libro, que devoré en su momento, Allende y la Experiencia Chilena. Luego escribirá otros, entre ellos otro sublime: Soberanos e Intervenidos.

Tampoco puedo evitar, viendo cada imagen y escuchando el audio de la película, pensar en mi país: en la identidad, en la memoria de un pueblo que perece en el olvido de la experiencia, corta pero intensa, de la segunda república. No obstante, es el mal de la impunidad de la dictadura lo que lastra esta democracia incompleta que tenemos hace ya cuarenta años. Lo he escrito ya muchas veces, pero no me voy a cansar de decirlo una y otra vez. La derecha española, toda, es extrema, y no va a cortar sus lazos con la identidad de la dictadura, que la constituye; con esa identidad que, como en Chile, considera al otro, que no sean ellos mismos, un comunista, un rojo, un antipatriota, una alimaña, una mierda, en última instancia, a quien hay que eliminar, exterminar, dependiendo de la fase histórica, de manera explícita, asesinándolo, o, de manera implícita, denigrándolo hasta “aniquilarlo” como sujeto que no tiene derecho a vivir en España.

La deriva mercantilista de una ciudad como Madrid, regida desde hace más de veinticinco años (salvo el pequeño interludio de Ahora Madrid y Carmena, que tampoco hizo tanto por una ciudad que ha resistido, como ha podido, los años de la dictadura y lo que ha venido después) por esa derecha extrema estulta,  consigue que yo tampoco, aunque vivo en ella desde hace más de cincuenta años, acabe de sentirla, del todo, como mía.

Todo el espacio es una inmensa terraza, un inmenso mercado, en el que miles de estultos que votaron a esa derecha, entregándole el alma y todo lo demás, disfrutan de esa “libertad” contra el comunismo que proclamaba la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso. Sólo alguna arquitectura, aún en pie, por mucho que les pese, ilumina débilmente, en las tinieblas, esa identidad y esa memoria que quiere ser borrada, para siempre, con la impunidad en la que sigue permaneciendo toda la etapa de la dictadura franquista. En España, como en Chile; en Madrid, como en Santiago.

Viendo La Cordillera de los Sueños, las imágenes filmadas por Salas, dan cuenta, muchos años después del inicio de la dictadura de Pinochet, de la salvaje violencia policial contra los manifestantes pacíficos en las calles de Santiago. Me digo, en un determinado momento, que esa extrema violencia, jamás será castigada. Los sujetos policiales anónimos se irán a la tumba tranquilamente, sin que nadie pueda haberlos sentado en un banquillo.

En Madrid, una vez muerto el dictador, con la democracia ya en marcha, la violencia brutal (que también produjo muertos) de los cuerpos represivos, siempre lo son, tampoco será jamás juzgada. La rabia se apodera de mí en la obscuridad de la sala donde las imágenes de esa cordillera infinita pasan una tras otra.

Lo he escrito ya en otras ocasiones. La impunidad de la dictadura, refugiada en una justicia donde la mayoría de los jueces tampoco han cortado, del todo, sus ataduras con esa experiencia atroz y terrible, echa para atrás de manera continuada, y persistente, la justicia que exigen sus víctimas. Unas víctimas, más de ciento cincuenta mil desaparecidos, con los torturados, y asesinados, en la última fase de la dictadura (sangrienta y dura como al principio de ella), que sólo encuentran apoyo a cientos de miles de kilómetros, en la Argentina.

Sin embargo, no soy un idiota políticamente hablando. Me congratulo de que tengamos (espero que hoy Chile, también, vote mayoritariamente por Boric, y salga del laberinto pinochetista) un gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos, que de momento cierra el paso a la derecha fascista española. A pesar de que los pasos en la dirección contra la impunidad sean tan pocos, y tan lentos. No ocurre lo mismo con las víctimas del terrorismo de E.T.A.; éstas encuentran el reconocimiento y la justicia debidas. Pero, también, la solidaridad y la comprensión de la mayoría de los ciudadanos españoles. Sobre ellos no pesa la impunidad.

No sucede lo mismo con los miles de víctimas de la dictadura. Hay, además de un empeño del Estado español por hacer que la impunidad perviva, una falta de solidaridad mayoritaria con esas víctimas. La mayoría de la población, permanece aún sumida en la amnesia producida por cuarenta años de dictadura y otros cuarenta de una democracia que no ha querido ajustar cuentas, como si lo hicieron Alemania, Italia, Argentina o, incluso, Camboya, con la odiosa y genocida dictadura del General Francisco Franco.

Es, a estas alturas, muy evidente, que la mayoría de los mass-media (los aparatos ideológicos del Estado, como los denominaba, de manera acertada, el filósofo materialista, Louis Althusser), no tienen en su agenda mediática este asunto crucial para que España salga de la ignominia y del olvido. No obstante, hay asociaciones, como La Comuna, y otras, que siguen empujando y denunciando para que todo este olvido y toda esta impunidad llegue a su término. Para que la memoria, la identidad, y la justicia, florezcan de una vez por todas.

La imagen de la izquierda es un fotograma de la trilogía de Patricio Guzmán, La Batalla de Chile. No es necesario comentar lo que está sucediendo.

La imagen de la derecha, es también otro fotograma del último documental del mismo cineasta, La Cordillera de los Sueños. En ella, bajo un cielo azul espléndido, podemos visualizar esa mole que empuja a Chile hacia el mar. No obstante, no lo ha hecho en millones de años, y tampoco lo va a hacer ahora. Más bien, protege al país de otras posibles catástrofes, aún peores.

PD. Las noticias que llegan de Chile, esta noche, no pueden ser más alentadoras. Gabriel Boric será el Presidente de Chile. Le sacó más de diez puntos de ventaja. Se desvanecen, así, de manera definitiva, las esperanzas pinochetistas de Kast. Él mismo, ha reconocido su derrota. Espero, con Patricio Guzmán, “que las cosas vayan, poco a poco, por el buen camino”.

No cabe duda que, al final, se abrieron las alamedas que pronosticaba en su discurso de despedida, antes de morir defendiendo el Palacio de la Moneda, Salvador Allende. ¿Será 2022 un nuevo 1970? Veremos qué pasa.

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