LA RESPONSABILIDAD SOCIAL DE LITERATOS Y FILÓSOFOS by Ana de Lacalle

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Los que intentamos dedicarnos a la literatura y a la filosofía —con más o menos acierto, pero esfuerzo y voluntad no falta— tenemos de inicio dos grandes retos, uno en relación con la forma y otro al contenido.

El primero, la forma, consiste en hacer un uso fluido, ágil y riguroso del lenguaje —lo cual no excluye, a mi juicio, ensamblar figuras retóricas—, para que lo que escribimos, aparte de corrección gramatical, exprese sin ambigüedades lo que queremos decir. Si hubiese ambigüedad que sea por estrategia discursiva. El lenguaje, en cuanto constituye la cara visible de nuestro pensamiento, presenta escollos que, en ocasiones, nos parecen insalvables. Por ejemplo, ese momento de clara intuición que, sin embargo, no halla correlato lingüístico que lo manifieste en toda su profundidad. Esto puede suceder por deficiencias del sujeto que se afana en expresar eso que mentalmente le parece nítido, o también, porque entre intuir algo y que la lengua usada nos proporcione algo que, tal vez, no ha sido dicho, o ni tan siquiera pensado, se produce una distancia que debe ser superada por la creatividad del escritor-pensante o casi, en ocasiones, por su genialidad. Y genios sabemos que hay muy pocos.

En cualquier caso, esa imbricación entre lenguaje y pensamiento no es la que se da entre dos conjuntos simétricos. Si así fuese, la aplicación de las correspondencias sería casi un quehacer mecánico, y ni de lejos escribir consiste en eso.

En el segundo reto, el contenido, no solo tenemos la obligación de construir un discurso coherente que sea comprensible —al margen del acuerdo o el desacuerdo con este—, sino cierta responsabilidad en aquello que estamos sosteniendo ante el lector y lo que estamos estimulando en él; incluso en lo que puede interpelarlo y llevarlo a realizar determinadas acciones.

Estamos hablando dicho en otros términos, de la responsabilidad social con nuestros congéneres, aquellos con los que mantenemos una interdependencia —ese término según mi juicio atinadísimo que utiliza Judith Butler, y que podría servirnos como ejemplo de esa habilidad de hallar el correlato lingüístico de nuestra intuición— y que recae de manera más evidente en los escritos filosóficos. Y no me refiero a que hay cosas que no se pueden decir, sino a que debemos ser plenamente conscientes de las implicaciones que tiene decirlas, las consecuencias posibles y sus repercusiones. Así, podemos dedicarnos a deconstruir sistemáticamente todo cuanto merece una crítica atroz, mas deberíamos también, de vez en cuando, intentar buscar otras maneras de construcción de lo denostado. También puede suceder que en el marasmo globalizado mundial en el que nos hallamos, en el que la reflexión ética se fue a tomar viento hace tiempo, no demos con ninguna piedra filosofal, aunque sea parcialmente. Entonces, desparramado el desánimo, la decepción y la impotencia del filósofo, siempre resta aquello que cada uno hace en su entorno más próximo. Y la cuestión no es tan simple, porque algunos de los que podríamos denominar grandes del pensamiento y que fueron capaces de reinventar alternativas a lo que se daba en su momento, se me ocurren como ejemplos Marx y Rousseau —el primero con mayor calado, obviamente, que el segundo—, eran, en su vida privada, personas que no fueron precisamente de fácil trato con los más próximos, según diversas fuentes.[1]

La literatura, por su parte, no está totalmente exenta de esta responsabilidad, aunque el hecho de que pueda ser mera ficción le otorga una mayor licencia. No obstante, recordemos que lo pensado, aquello que podemos llegar a imaginar o fantasear está delimitado por el lenguaje —Wittgenstein: los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo— y en este sentido, si el lenguaje me permite imaginarlo tal vez es que la mayor depravación que se me ocurra sea posible.

En síntesis, los literatos y filósofos escribimos en el contexto de una comunidad política con la que interactuamos y mantenemos una interdependencia. Esto nos lleva a tomar conciencia de la responsabilidad que tenemos porque aquello que decimos parece que se convierta en real, y eso antes que con las redes sociales entiendo que ocurrió con la escritura, cuyo origen hay que situar en la voluntad de mantener vivo el pensamiento, lo que hemos sido y los que somos.


[1] Karl Marx. Su vida y su entorno, del ilustre Isaiah Berlin (Alianza Editorial) / Rousseau, juez de Jean-Jacques. Diálogos de Jean-Jacques Rousseau, Ed. Pretextos,  junto a “Las confesiones”

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Interesante y atinada reflexión, hay que cuidar la forma y el fondo. Saludos!

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