Herederos y desheredados.

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El COVID-19 ha tenido – y sigue teniendo – una incidencia en nuestras vidas que va más allá de las estadísticas de afectados, fallecidos y pacientes con COVID persistente. Uno de esos aspectos que los medios de comunicación no suelen abordar, es la relación directa entre el COVID y – como consecuencia de los fallecimientos -, las herencias. Y es un tema muy interesante porque tiene diferentes vertientes a contemplar y ofrece unos números que, de modo indirecto, nos muestran el verdadero problema de la mortalidad del virus y sus consecuencias.

“La pandemia del Covid-19 ha disparado hasta cifras récord el número de viviendas transmitidas por herencia hasta alcanzar registros históricos en Andalucía en este primer cuatrimestre del año y situar en niveles nunca vistos este tipo de operaciones en Málaga. Así, en marzo de este año se contabilizó el mayor dato en la provincia desde que en 2007 arrancara la serie histórica que elabora el Instituto Nacional de Estadística (INE) tras anotar un total de 666.” ([1]).

Estos datos contrastan – como es lógico – con los obtenidos en los años anteriores, los más duros del virus, por el encarcelamiento domiciliario y la ralentización de la vida en sí.

Es decir, que, por un lado, la pandemia y sus mortales consecuencias han alterado las situaciones habituales en cuanto al mercado inmobiliario, poniendo en el mercado propiedades que, de haber pervivido el dueño, no habrían salido a la venta en ese momento. Pero al mismo tiempo, también se viene produciendo desde hace años un fenómeno bastante preocupante, como es la renuncia obligada de los herederos a su derecho, al comprobar que no disponen de fondos suficientes para aceptar la herencia. Es decir, el nivel impositivo de lo heredado les imposibilita poder aceptarlo.

Una herencia conlleva asumir todas las cargas y deudas que tuviera la persona. Ante esta situación muchas personas optan por renunciar a las herencias.El año pasado la renuncia de herencias alcanzaron un total de 46.683, según las estadísticas del Consejo General del Notariado, lo que supone un máximo histórico desde 2011. Así, en los últimos ocho años, las renuncias a las herencias se han disparado un 146,6%.” ([2])

Renuncia pura y simple de herencia o legítima (incluida la futura)
 20112012201320142015201620172018
Andalucía24433452480959786829708283418800
Aragón50563572586399392711191085
Asturias 713894109015011626163616972183
Baleares 72881988411521187129215011581
Canarias64571888112181301144915741710
Cantabria210297393420477494543632
Castilla y León13581584171720422156211026302714
Castilla-La Mancha59265682510141169130113251661
Cataluña48155843689773677820777981938994
Comunidad de Madrid20502371309237154120431946184922
Comunidad Valenciana16151955248932323320360939814302
Extremadura311401519645756775883957
Galicia10511288168320492306232325372982
La Rioja197306301322300357418430
Región de Murcia 390579708768962108011981362
 Navarra207295453506528550619564
País Vasco11031142131715481773174318241804
Total nacional1893323235287833434037623388264300146683
Fuente: Consejo General del Notariado.

Este problema de verse abocado a renunciar a lo que te pertenece, es fruto de la avaricia de ciertas comunidades autónomas y su insaciable capacidad de fagocitar recursos ajenos, a través – en este caso – de los impuestos de Sucesiones, Donaciones y Patrimonio.

Las CC.AA. son las responsables de gestionar estos impuestos y, por tanto, no es lo mismo heredar en Oviedo que en Canarias  o en Madrid.

Esto, por lo que se refiere al proceso hereditario y sus consecuencias.

Pero el COVID, también ha repercutido en algunos aspectos que, por otra parte, sospecho que ya estaban latentes con anterioridad: la desafección familiar, sobre todo paterno-filial. Es decir, que, como consecuencia de la alteración de la vida cotidiana que hemos sufrido, muchas personas mayores, que han estado en peligro o al borde la muerte, se han sentido desatendidos afectivamente. Como consecuencia de ello, se han replanteado el supuesto derecho de esas personas a heredar lo que es suyo y de ahí, que el procedimiento para desheredar a hijos, se haya disparado.

En nuestro Código Civil los artículos 852 y 853   disponen como iusta causa de desheredación respecto a los hijos y descendientes que éstos hubieran maltratado de obra o injuriado gravemente de palabra. Interpretando laxamente este supuesto, el desinterés por una buena llevanza o fraternidad dentro de la familia más cercana, es decir, entre la primera y segunda línea de parentesco, se convierte en fundamento directo del aumento de casos de desheredación.

De hecho, el Tribunal Supremo afirma que el maltrato psicológico a los padres es causa de desheredación a los hijos, «si bien habrá que atender a los hechos y circunstancias concurrentes, pues de ellos dependerá alcanzar la convicción de la existencia del citado maltrato psicológico«.

Esta interpretación más flexible de los mencionados artículos está más en consonancia con los tiempos actuales, en los que la comunicación entre las personas puede realizarse por multitud de medios electrónicos a nuestra disposición. Cuando el Código Civil fue promulgado en el siglo XIX, evidentemente, en esos momentos, si el padre o el hijo debía emigrar a otra provincia, la relación se veía profundamente afectada por la imposibilidad física de mantenerla. Pero hoy en día, disponemos de medios de transporte rápidos y seguros, además de los ya mencionados.

Así es que, como vemos, el asunto de heredar o no heredar puede convertirse en tema peliagudo y con múltiples aristas, ya que, a los problemas derivados de la fiebre impositiva del gobierno de turno, se pueden añadir los deseos del propietario legal de desheredar a quien considere digno de ello.

Lo de los conflictos legales entre hermanos por la herencia de los padres fallecidos, a pesar del testamento, ya lo dejo para otro día.

Carlos Usín


[1] Diariosur (21/06/21) Susana Zamora

[2] Bankinter (27/06/2019)

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