En el horizonte que nunca termina by Mercedes Freedman

A todos y todas con la valentía de dejar volar sus palabras

Soy Lucricia. Sí, Lucricia. Llevo un nombre todos proclaman no haber oído antes. Tal vez el escribano erró al registrar mi nacimiento y la e, ya de tono musical agudo,en el corazón de Lucrecia fue destronada por la i,  con sonoridad musicalaún más aguda. «Pobre Lucricia, de estable a impredecible» han repetido muchos con alguna certeza. O, quizás, mis padres decidieron llamarme Lucricia más tarde, cuando tuvieron conocimiento de que el nombre Lucrecia cargaba un lastre desde los tiempos romanos: Lucrecia, la que fue violada y que, por vergüenza, se encargó de su propia muerte. Sólo la sabiduría del niño que era mi hermano entendió que la L de Lucrecia es una con la de libro.

Detrás de las paredes y jardines de esta Finca Cruz Verde, he perseguido adentrarme al misterio que habita en las entrañas de la palabra. He buscado, rastreado, escudriñado la palabra escrita que nace de mí y la que habita en el horizonte de mis libros. Ahora quiero salir al encuentro de ese horizonte allá donde exista. 

Tendré que morir para llegar allí; y pronto, antes de que me aten al matrimonio que se espera de todas nosotras. Nunca me será permitido descubrir el mundo más allá de las paredes de esta ciudad, cuyas calles cruzo a menudo mientras alguien me mira de reojo con un «Ahí va Lucricia con sus libros, la de la Finca Cruz Verde. No se sabe si es extraña o desequilibrada». Otros han penetrado mi alma con palabras aún más crueles. 

Así es. Hombres y mujeres nacemos para perder  la libertad  con el primer aire que exhalamos, siempre por amarre a convenciones. De mí, mujer, se espera que ate mi vida en matrimonio y deje  el polvo acumular sobre mis libros, mientras uso mi tiempo limpiándolo en el resto de la casa.  Mi hermano, hombre, vive el día encadenado a la finca que debe retener el apellido familiar y ser heredada por la siguiente generación. Sólo le queda la noche hasta la llegada del amanecer para, frente al caballete, pintar sus sueños de pintor. Él comprende lo que estoy a punto de hacer. 

Iré a dormir a la hora de siempre. La leche en la mesa de noche tendrá un sabor amargo que me hará parecer sin vida cuando mi hermano venga a mi dormitorio a la hora que hemos acordado. El tronco de un árbol ocupará mi ataúd mientras me despido de esta finca hasta que mi alma, libre de carne y huesos, regrese a pasear por sus jardines. Mi testamento leerá que la Biblioteca acoja mis libros y la Sociedad de Investigación todo lo que he adquirido por mi cuenta. En la finca nada quedará de mí. Mi destino ya no importará, aunque sólo requiere comprender que busco en el horizonte que nunca termina los caminos leídos en mis libros y libertad para mis palabras.

 Entonces, y como siempre, seré Lucricia en voz alta, pero Lucrecia en mi silencio.

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