ROUSSEAU, EL ADUANERO, PICASSO Y EL COVID-19

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By Jesús Marchante

Escribía Marx: “Las obras de arte, que representan el nivel más elevado de producción espiritual, serán acogidas favorablemente por la burguesía únicamente si hay posibilidades de que le generen directamente una riqueza material…”

En cualquier caso (al margen del valor de cambio de la mercancía llamada arte) el ser humano (desde el paleolítico) ha tratado de plasmar su desasosiego a través de la expresión artística. Si hubiésemos alcanzado la felicidad absoluta y viviéramos en una sociedad justa, igualitaria y sin explotación de ningún tipo, seguramente no tendríamos la pulsión, la necesidad de representar (y de dar salida) a nuestros fantasmas, creando bellas imágenes.

En estos días de zozobra, en los que una minúscula entidad invisible nos amenaza de manera continuada, me fijo en dos pinturas que comunican una cierta tensión. Son dos obras ejecutadas por pintores muy distintos (contemporáneos, que llegaron a conocerse y a respetarse mutuamente como artistas), realizadas casi al mismo tiempo. Una es de 1905, y la otra es de 1907.

El Arlequín Sentado, de Pablo Picasso, de 1905, a caballo entre el llamado período azul, del que apenas ha salido el artista, y el denominado período rosa, en el que está ya trabajando (en su estudio del Bateau- Lavoir), evidencian ese nuevo período caracterizado por colores pastel dentro de esa gama. Sin embargo, aún emergen pátinas azuladas del desolado período que ha caracterizado su obra anterior. Este arlequín, de mirada triste y ensimismada, parece querer atrapar (aunque no la parezca) la realidad que tiene delante. Una realidad que se le impone como definitiva. Impidiéndole resolver el conflicto, porque la dialéctica ha saltado por los aires. De hecho, está sentado entre dos líneas en el vacío más absoluto. Mirada picassiana, anticipadora de escenarios imprevisibles como el nuestro.

Dos años más tarde, en 1907, de la mano de un personaje iconoclasta y raro, Henri Julien Rousseau (llamado el aduanero Rousseau, por su trabajo en los servicios de aduanas), aparece una enorme tela titulada La Encantadora de Serpientes. Rousseau, que está al final de su vida (morirá en 1910), es un artista primitivo y autodidacta que ha seguido su camino al margen de todo y de todos. El cuadro desprende una extraña y fulgurante luz que proviene de un cielo entre el atardecer y la noche. La voluptuosa figura negra (que es la encantadora) sugiere lo imposible a través de sus ojos penetrantes, que se clavan en el espectador. Las aguas tranquilas, el ave de plumas rosáceas y la vegetación exuberante atrapan a cualquiera que contemple la escena al otro lado del cuadro. Las figuras obscuras de las serpientes no inquietan, como tampoco los pájaros estáticos que hay sobre las ramas de los árboles. Todo aparece como quieto en esta visión de Rousseau. Pero a pesar de esta aparente inmovilidad (en realidad no lo es), el cuadro emana una sensualidad (y una sexualidad) de una potencia descomunal. No sólo. Esa representación fuertemente abstracta del artista, se impone sobre cualquier realidad material de la existencia. La Encantadora de Serpientes puede saltar por encima de cualquier absoluto. Su proyección es liberadora.

El pintor (que ha sido capaz de realizar obras de una originalidad inesperada años atrás, como Tigre en una Tormenta Tropical, La Guerra o La Gitana Dormida), logra apropiarse de la infinitud de la vida. Y nos la devuelve con La Encantadora de Serpientes.

Ese mismo año (1907) Picasso va a romper la línea de continuidad de la pintura occidental con Las Señoritas de Avignon. Todo va a saltar por los aires (casi todo). Sin embargo, ahí está La Encantadora de Serpientes, oponiendo su enorme potencia vital a la racionalidad cubista picassiana.

También el covid-19 ha roto la línea de continuidad de la somnolencia humana. De manera brutal e inesperada. Hemos despertado de golpe y avanzamos incrédulos sobre la realidad que dibuja el virus. La matemática que dibuja su curva de infección hace que descarrilen muchas certezas. Parece que la vieja afirmación marxiana: “El motor de la historia es la lucha de clases”, queda anulada por la afirmación vírica. No obstante, es un espejismo, un sueño. Destruida esta fuerte materialidad que nos impone (ahora) el covid-19, la lógica de la dominación capitalista (el verdadero confinamiento social), intentará apoderarse, otra vez, de nuestra vitalidad, de nuestra vida. Sin embargo, como decía el viejo Hegel: “El hombre aprende de las experiencias absolutas”.

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