Félix el acosador.

Hubo una época en la que ostentar un puesto de responsabilidad en la televisión pública española era casi tanto o más, que ser ministro. Entonces, ni siquiera había oposición o por ser más exactos, estaban casi todos fuera de España, o en la cárcel, o desterrados y nadie osaba alzar la voz por si los informativos eran objetivos o no. Lo que se decía allí iba a misa literalmente. 

Además del monopolio de la televisión, porque sólo había una cadena, había un sector público de tamaño descomunal. Hoy que nos pasamos el día enfrascados en discusiones sobre si el estado debe asumir, o no, prescindir de ciertos servicios, en aquel entonces, el estado lo abarcaba casi todo. Campsa era la única red de gasolineras en toda España. Las empresas que no eran solventes terminaban en un cementerio de elefantes llamado Instituo Nacional de Industria (INI) que se encargaba de poner dinero de todos los españoles, sin demasiadas – o ninguna – expectativas de recuperarlo. Y Telefónica, la gran Telefónica, era por supuesto, del estado y las tarifas se aprobaban en Consejo de ministros.

Hoy muchos se escandalizan de ver en la prensa el tráfico de influencias de unos y otros y los puestos de trabajo que se otorgan a dedo, por «ser vos quien sois». Hoy, la gente se escandaliza y protesta con razón, pero entonces, eso era lo natural, lo normal. Así es que, una vez más, no se ha inventado nada en esta España supuestamente democrática y progresista. Bueno, hemos adelantado, que ahora puedes hacer publicidad, patalear y levantar polvareda, pero poco más. 

Fue así, medrando con las influencias de su padre, como el inútil de Félix llegó a desempeñar un puesto de escasa relevancia en una de las innumerables empresas públicas que existían por aquellos días. De escasa relevancia en general, pero crucial para mí, porque tuve la desgracia de que fuera uno de los muchos inútiles que he tenido por jefes. Tal vez el mayor y sin duda, el más torpe.

Como corresponde a un niño de papá influyente – que lo fue en su momento – el tal Félix se pavoneaba por la oficina como si fuera Florentino Pérez paseando por el Bernabéu. Presumía más que una miss en la pasarela y tenía tanta idea de gestión de recursos humanos y motivación, como yo de teología. Lo malo que tienen estas personas, es que, a su alrededor, entre sus subordinados, crean una atmósfera de burla, desprecio y cachondeo generalizado. Tal era la manifiesta torpeza del individuo, que no sabía hacer la «o» con un canuto.

Quiso el destino que algunos de los que tuvimos la desdicha de trabajar en ese nido de aduladores, rastreros, chivatos y pelotas, tuviéramos que usar unas batas blancas para salvaguardar nuestra propia ropa de los posibles percances que pudiera sufrir a consecuencia del desempeño de las tareas diarias. El uso de las batas comenzó como una iniciativa a título personal de un compañero, y como quiera que pareció una buena idea, la mayoría le copiamos.  

La lista de los excelsos directivos del departamento la formaban: José Luís, – alias “Heidi” o «Richelieu”; el jefe de todos, Juan “Johnny Walker”, también conocido por el alias «General Custer», además del ya nombrado Félix.

Pronto comenzó a causar impresión la imagen de los operarios con sus batas blancas y lo que comenzó siendo una iniciativa a título personal, alguno pretendió convertirlo en norma de departamento. Siempre he creído que semejante medida tenía como principal finalidad la de regalar a los visitantes que acudían al centro de trabajo, la visión de unos esclavos bien uniformados, que desarrollaban su tarea a través de unos cristales y en un piso inferior al que estaban los ojeadores, lo que confería a la escena, una cierta similitud con un parque zoológico en el que la gente se detiene para ver lo graciosos que son los monos.

Aun tuve que soportar varios años más al tal Félix. Hasta que un día nos reunieron a todos y nos presentaron al cuñado de «Richelieu». La presentación la hizo el propio Félix, el cual, haciendo gala de la delicadeza y el tacto que siempre le caracterizaron, nos indicó que el «cuñado» iba a ostentar un puesto de mayor responsabilidad que todos los que estábamos allí y que (sic) “si descubro que alguien no colabora y no le ayuda, lo mando a la oficina del paro que está enfrente». Sin duda alguna, una novedosa y arriesgada manera para la época de motivación del personal y gestión de recursos. 

Como no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista, después de más de seis angustiosos años, pude zafarme de aquella plantación de esclavos blancos y me marché de la empresa.

Pero el destino, a veces, ofrece dulces venganzas o al menos, lo más parecido a una dulce venganza.

Habrían transcurrido unos quince años desde mi estancia en aquel miserable departamento de víboras. Estaba pasando una jornada en Lisboa, por motivos de trabajo, y a la hora de la comida un grupo multinacional de personas compartimos mesa y mantel. A mi lado había una chica con acento argentino y que al igual que yo, estaba de paso en aquel cliente. No sé cómo empezó la conversación, pero la chica en cuestión nos empezó a contar una historia de acoso que sufrió en una empresa anterior.

Nos contó que un individuo, casado y con hijos, compañero de ella del trabajo, empezó a acosarla. Que si vamos a tomar una cerveza, que si ahora te llamo, que si vamos para acá, y luego para allá. La chica empezó a sentirse mal, porque desde luego, no sentía el más mínimo interés por ese tipejo, que, además, le hacía la vida imposible. Al parecer, en cierta ocasión, el individuo llegó a manipular su coche para que se estropeara y como quiera que la estaba siguiendo apareció como por casualidad para ayudarla. 

Entonces, la chica, tomó la decisión de atajar por el camino de en medio. Llamó a casa de su acosador y habló con la esposa de éste contándole lo que estaba pasando. La esposa se debió de quedar a cuadros y terminó por pedir el divorcio del marido. Pero a pesar de eso el individuo continuó con su acoso. Finalmente, la chica, desesperada, fue a poner en conocimiento del director de recursos humanos lo que estaba pasando y consiguió que le despidieran del trabajo. Luego, además, ella también se cambió de empresa y después de mucho tiempo, consiguió hacer desaparecer al acosador de su vida.

  • ¿Y cómo se llamaba ese angelito?, le pregunté.
  • Félix xxxxx, – me respondió.

Me debí quedar con los ojos muy abiertos y luego, después de unos breves segundos, lancé una carcajada. Ella, no entendió, claro. Cuando recuperé el aliento le expliqué la relación que tuve yo con el tal Félix. 

Nos reímos mucho. Y me sentí bien al comprobar que efectivamente, yo tenía razón: Félix, era imbécil.

Carlos Usín

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